Opinión

Juristas y juristos

TRIBUNA

José María Méndez | Viernes 25 de noviembre de 2022

Las palabras que indican una función social, un oficio o profesión, a veces un hábito, pueden ser de género gramatical masculino o femenino. Abundan las terminadas en la letra “a”, como jurista, maquinista, motorista, telegrafista, etc.

De suyo, esas palabras no tienen nada que ver con el sexo de la persona que realiza los trabajos. Si el lenguaje ordinario lo hubieran construido los lógicos, hubieran atribuido género gramatical neutro a lo que hacen habitualmente las personas, con independencia de su género fisiológico. Pero el lenguaje ordinario lo ha construido el pueblo de manera caótica y caprichosa. Atribuye género femenino a un trabajo que realizaban exclusivamente hombres, como eran los maquinistas de los trenes con carbón, por ejemplo. Y hasta asigna sexo a los astros del cielo como el Sol y la Luna. Aquí llegan al máximo la aleatoriedad y el arbitrio. El idioma alemán dice “la Sol” (die Sonne) y “el Luna” (der Mond). Justo lo contrario que nosotros.

Así pues, desde niños se nos debiera haber enseñado que no hay que confundir el género gramatical de lo que hace una persona con su género fisiológico. La palabra “género” es usada con dos sentidos distintos, que no deben confundirse.

Con todo, cuando salimos de la infancia no supone un excesivo esfuerzo intelectual evitar tal equívoco. El infantilismo del lenguaje ordinario atribuye sexualidad a los metales -“el oro”, “la plata”- y a los árboles -“la higuera”, “el chopo”-. Pero el sentido común más elemental se encarga de que eso no sea una dificultad insalvable para la comunicación correcta del pensamiento. El problema es que ahora la ausencia de ese sentido común nos devuelve a la infancia, y nos obliga a decir “unos y unas”, “otros y otras”.

En consecuencia, salta a la vista el ridículo de esta estólida moda. Es una manera de hablar o de escribir que, aparte de ser una pérdida de tiempo, indica la más supina ignorancia de la gramática. El contexto deja siempre suficientemente claro todo lo suficiente para no incurrir en el grueso error de confundir los dos sentidos de la palabra “género”.

Sin embargo, haremos bien en buscar las raíces últimas de la ridícula moda de “unos y unas” y “otros y otras”.

Sin duda estamos asistiendo a una enorme revolución cultural en Occidente. Se suele situar el punto de inflexión en las revueltas estudiantiles en París y en mayo de 1968. Esto es sin duda una simplificación histórica. Con todo, me adhiero a esta simplificación a causa de un detalle, que es muy significativo para los amantes de la lógica. En aquella ocasión se acuñó la consigna “prohibido prohibir”. Estas dos palabras juntas son ahora el símbolo o la bandera que mejor recuerda aquel estallido en las calles, y el enorme alcance que tuvo y sigue teniendo. Se trató en realidad de una traición a la racionalidad y al sentido común.

La lógica enseña que no se pueden repetir dos conceptos modales. “Prohibido

prohibir” es tan absurdo como “permitido permitir” o como “obligatorio obligar”. En efecto, “prohibido prohibir” es una prohibición. Debe ser prohibida a su vez. Por tanto “prohibido prohibido prohibir”. Y así “ad infinitum”. El lector puede comprobar que lo mismo sucede con “permitido permitir” y “obligatorio obligar”.

Así pues, el símbolo de la Revolución de mayo 1968 “prohibido prohibir” es una expresión mal escrita y carente de sentido No dice nada. Otra cosa es que el ignorante de la lógica la interprete erróneamente como “que me dejen hacer lo que me dé la gana”. Que el símbolo de aquella Revolución sea un solemne idiocia es más simbólico todavía.

Este apartamiento de la lógica es justamente lo que, a mi juicio al menos, es tan significativo y cargado de consecuencias. En el fondo, la actual decadencia de la cultura occidental tiene como causa profunda la renuncia a la racionalidad y a la coherencia lógica. Dicho de manera llana. Nos estamos volviendo idiotas, tontos, imbéciles, lerdos, necios, mentecatos, o como queramos decirlo, en la medida en que nos dejamos arrastrar por la moda “unos y unas”, “otros y otras”. Según esa deriva, deberíamos decir y escribir también “juristas y juristos”, como reza el título de este artículo. O incluso “seminaristas y seminaristos. Si las mujeres consiguen acceder al sacerdocio, tendrán que pasar antes por la condición de “seminaristos”.

Es obligado enfatizar que esa moda proviene de la izquierda política y social. Antes de la actual degradación mental de Occidente podría decirse que la idiocia y la ignorancia estaban repartidas por igual entre lo que entendemos por “izquierdas” y “derechas”. Si el número de tontos en la izquierda era del 10%, en la derecha era también del 10%. Pero en estos principios del siglo XXI parece que la identificación entre “ser tonto” y “ser de izquierdas” ha saltado del 10% al del 60% o más. Sin que eso suponga, por supuesto, que el número de tontos en la derecha haya bajado del 10%. La “deconstrucción”que propugnaba Derrida ha conseguido hoy día su esperable efecto. La gran mayoría de las ideas que vienen de la izquierda política y social no son otra cosa que escoria mental, basura intelectual. Sentimientos ciegos, desprovistos de la brújula de la racionalidad. Basta recordar al movimiento LGTBI. Lo curioso es que la gente de derechas se deje arrastrar igualmente por la ignorancia de la gramática más elemental. Abrimos un periódico abiertamente de derechas y nos encontramos con algún articulista, o articulisto, que incurre también en el craso error de confundir el género gramatical de la acción con el sexo de quien la realiza.

Igualmente, es sorprendente que los lingüistas, o lingüistos, de la Real Academia de la Lengua Española no hayan combatido esta perversa costumbre desde el primer momento y con la debida contundencia. Su primera obligación es enseñar gramática a los españoles. Pero ahora la RAE ni limpia, ni fija ni da esplendor.

Insistamos. A partir de la Revolución cultural de 1968, la incultura y la ignorancia se han hecho más de izquierdas que de derechas. Quizá alguien se sienta insultado u ofendido por esta afirmación. Pero mi intención no es ofender ni insultar, sino describir la realidad objetiva tal cual es.

Nadie ha hecho una encuesta en que, además de quedar patente la orientación política del encuestado, éste responda a una batería de preguntas, que pongan en evidencia la incultura del que se equivoca. Como por ejemplo, ¿5 elevado a cero es

igual a cero?, ¿Ceylán y Sri Lanka designan el mismo país? o ¿César y Anibal lucharon entre sí?

Quien se sienta ofendido o insultado por mi afirmación tiene abierta la posibilidad de encargar a alguna empresa solvente e imparcial que haga la referida encuesta. Aunque supongo que no se atreverá, por lo que los medievales calificaban como “ignorantia affectata”. No se trata de saber y fingir que no se sabe, como pudiera pensarse apresuradamente. La expresión era usada para designar al que prefiere permanecer en la ignorancia, no vaya a ser que salir de ella implique lo contrario de lo que ahora piensa y quiere seguir pensando. Mejor permanecer en la ignorancia. Mejor no hacer la peligrosa encuesta.

Si vamos al fondo de la cuestión, la moda “unos y unas” y “otros y otras” no es sino la más llamativa y estridente consecuencia de la traición a la racionalidad y al sentido común, que fue perpetrada en mayo 1968 por la izquierda político-social de Occidente. Y sobre todo por los siniestros intelectuales que la instigaron y atizaron.

¡Ojo!, la palabra “siniestro” también tiene dos sentidos. Aunque casualmente aquí coinciden. Y esa coincidencia sea además la substancia de este artículo.