Jueves 09 de octubre de 2008
Los días que estamos viviendo quedarán marcados a fuego en los libros de historia. Quienes relaten nuestro presente como su pasado, harán referencia a los pasos que se siguieron para combatir la otra gran depresión, la de comienzos del siglo XXI. Y una fecha que quedará para el recuerdo será la de este ocho de octubre en que los seis principales bancos centrales decidieron, al unísono, rebajar en medio punto sus tipos de interés de referencia. Nunca, ni cuando la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra actuaban de forma coordinada antes de que estallara la crisis de 1929, se había llegado a tal grado de entendimiento y acción entre los reguladores monetarios.
La cuestión es, ahora, saber si tal movimiento es juicioso o no, si es suficiente o si a la larga resultará contraproducente. Olivier Blanchard, del Fondo Monetario Internacional, ha declarado que la actuación es insuficiente, y que dado que la política monetaria está agotando su margen de actuación, que pronto comenzará a ser ineficaz, los gobiernos tienen que pensar en actuar con la política fiscal.
La rebaja de tipos no es la panacea. Desde luego, no ayudarán a fomentar la inversión en un momento en que la primera preocupación de empresas y bancos es mantener el valor del capital más que adentrarse, con las nuevas facilidades, en proyectos que entrañen riesgos, por muy lucrativos que puedan ser. Pero sí evitarán que varios proyectos emprendidos y que necesitan ser liquidados, sigan manteniéndose de forma artificial. La economía, en una crisis como ésta, necesita recapitalizarse. Pero para ello necesita deshacer las posiciones en proyectos "tóxicos" para permitir que el ahorro se comprometa sólo con los que son económica y financieramente viables. Esta rebaja coordinada de tipos en nada contribuye a esa recuperación. Es un alivio a corto plazo pero prolonga la agonía.
En su mensaje, los bancos centrales inciden en que, merced a la caída en la actividad, la inflación (especialmente por los precios de las materias primas) está remitiendo, por lo que pueden permitirse reducir los tipos. Pero saben bien que el mercado está inundado de medios de pago y que los riesgos inflacionarios en absoluto han desaparecido.
Pero, más allá de la conveniencia de tal o cual medida, cuando la larga crisis que nos espera haya pasado, llegará el momento de reflexionar sobre la realidad de los bancos centrales. Son una creación muy reciente en términos de la historia monetaria, y la principal razón de su existencia, casi la única, es que no tengan lugar episodios precisamente como el que estamos viviendo. Acaso debamos volver a plantearnos su funcionamiento, cuando no su misma existencia.
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