Si se enfrentan en un campo de fútbol Portugal y Uruguay, el césped emana aroma a tradición aunque el partido se dispute en la Municipalidad de Al Daayen, Catar. El choque entre estos dos competidores añejos destila grandeza, historia. No en vano, los charrúas se proclamaron campeones del mundo en 1930 y 1950, gesta que rozaron los lusos en 1966, con el Balón de Oro Eusebio portando su bandera. Y entre clásicos del balompié como son estas dos selecciones acaban por surgir rencillas, cuentas pendientes. La suya se remonta al pasado Mundial, en Rusia 2018, cuando Edinson Cavani mandó a casa a los ibéricos -que por entonces eran campeones de Europa- en los octavos de final. De ese 30 de junio en Sochi siguen vigentes 16 futbolistas entre los convocados para el encuentro que les citó este lunes. Ambos se manejan entre los veteranísimos y los jóvenes llamados a tomar el relevo.
Para vanagloria del aficionado de vieja escuela, además, en el duelo de esta noche ofrecieron una colisión de estilos. De esas que resultan tan exóticas a la élite que propugna el fútbol moderno. El bloque de Fernando Santos tuvo la pelota y la iniciativa, con presión y posesión; los dirigidos por Diego Alonso, en cambio, se agazaparon y esperaron para cazar contragolpes, con dos delanteros que debían bajar pelotazos -Darwin Núñez y el propio Cavani-. Nada más anacrónico en un deporte que se está repensando hasta recortar la duración del minutaje para conectar con la 'generación zeta'. El técnico uruguayo favoreció esta anécdota con su valentía. Pasó a jugar con cinco defensas y sentó a Luis Suárez. Afirma que con él no hay galones que valgan, y lo ha demostrado tras empatar en su debut con Corea del Sur.
Escogió protegerse y tratar de hacer largo el encuentro. Empezó atrincherándose hasta que se cumplió la media hora. Ese posicionamiento puede parecer arriesgado ante el potencial del ataque portugués, pero si la carga la soportan nombres como Diego Godín, José María Giménez y Sebastián Coates, la cosa cambia. Además de dicho muro, en el que el central del Atlético mantuvo un cara a cara interesante -y provocador- con Joao Félix, construyeron más bloqueo Matías Vecino y Rodrigo Bentancur en el mediocentro. Y el mandato pasaba por cerrar con todo, como fuera, rascando los tobillos rivales si hacía falta. Nada más uruguayo. Y lograron que el arsenal europeo chutara mucho desde media distancia, y siempre topándose con alguna pierna, algún pie. Manteniendo al meta Sergio Rochet tranquilo.
Se gustaron los creativos lusos en su gestión de la pelota, hilvanando combinaciones armoniosas, tejidas con pases al primer toque. Bernardo Silva y Bruno Fernandes fluctuan por el centro, en la mediapunta, y tocan música. Sin embargo, aguantaron los uruguayos sin heridas ese segmento de claro dominio contrincante. Con chuts sin tino de William Carvalho -titular por la lesión de Otávio-, del artista del Manchester United y de Cristiano Ronaldo. El delantero de 37 años volvió a demostrar su lejanía con respecto de lo que fue. Sobre todo, en un gran control de pecho en el área -en uno de los centros laterales que se cansaron de apilar los ibéricos- al que le faltó chispa para encontrar remate.
Llegó a vestuarios el escuadrón charrúa feliz. No obstante, protagonizaron las mejores ocasiones a partir del minuto 30. Bentancur, que como su equipo acumula más fallos que aciertos con el balón en lo que va de torneo, a punto estuvo de hacer diana en dos jugadas iniciadas por sus conducciones poderosas. En una de ellas, en el minuto 33, sentó a Ruben Dias y a Carvalho en la frontal pero topó su remate en la salida del providencial Diogo Costa. Esa llegada y un testarazo alto de Giménez en un córner botado por Olivera representaron el bagaje atacante de los latinoamericanos. Suficiente, según el libreto de Diego Alonso. Aunque la realidad estadística señalara que con un empate a Uruguay se le complicaba la clasificación a la siguiente fase.
Se debió debatir en el camarín el estratega uruguayo sobre si había que mantener el plan hasta el desenlace, y no arriegarse a sufrir contras, o ganar ambición y ver si encontraba la fluidez que le faltó en el estreno. Contemporizar o apostar. Eligió lo segundo, adelantando todas las líneas y queriendo discutir el control luso. Buscaba exigir, al fin, a una línea defensiva europea a la que se le cayó Nuno Mendes -lesionado- y en la que bregó, y muy bien, Pepe -alineado, a sus 39 años, por el infortunio clave de Danilo Pereira-. Y ahí, cosas que pasan a veces, recogió lo contrario a lo sembrado. En el minuto 52 Bruno Fernandes -verdadero líder de su delegación- dibujó un centro venenoso que se coló después de que el intento de cabezazo de Ronaldo engañara a Rochet.
El 1-0 en contra, ahora sí, convenció al entrenador de 'La Celeste' para ir a por el gol. Dio entrada al aclamado Giorgian De Arrascaeta -único elemento de visión desequilibrante de su plantilla-, a Pellistri, Luis Suárez y a Maxi Gómez. Y ordenó asediar a la meta rival, estableciendo un ida y vuelta excitante. Diogo Costa, promesa de 23 años del Oporto, se sintió acuciado por vez primera. De verdad. En el último cuarto de hora, Maxi estrelló en la madera un derechazo desde la frontal, Suárez perdonó un balón suelto en el área y el '10' del Flamengo examinó al arquero de cerca. Todo ello abonado por una imprudencia de Fernando Santos, que en lugar de ahondar en el equilibrio de su estructura, vació su medular y metió a un atacante (Rafael Leao). Dio marcha atrás cuando constató la debacle incipiente. Y le salió bien. Entre otras cuestiones, porque goza de Bruno Fernandes. Este estilete, de golpeo proverbial, bajó el teltón provocando un penalti y marcándolo con maestría -minuto 92-. Y bordeó el hat-trick con otro remate al poste. Venganza certificada.