Opinión

Unas memorias de la Transición imprescindibles

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 29 de noviembre de 2022

He participado con sumo gusto en alguna presentación del libro de memorias recientemente publicado por Oscar Alzaga La Conquista de la transición (1960-1978), que merece atención, desde luego por su contenido pero también por la propia personalidad del autor y el enfoque general de la obra, cuestiones estas a las que se ceñirá mi comentario en esta ocasión.

Oscar Alzaga, es un querido y admirado colega, verdadero maestro constitucionalista. Le aprecio y estimo desde que le conocí. Precisamente en el Seminario de derecho político que dirigía don Luis Sánchez Agesta, allá a comienzos de los años setenta y que se celebraba, aunque pueda resulta difícil de creer, a las nueve de la mañana de los sábados. Yo preparaba mi tesis sobre el primer nacionalismo vasco, y en la referida sede nos reuníamos una variada pléyade de estudiantes de doctorado, opositores, jóvenes letrados… Oscar llegaba siempre puntual, le recuerdo perfectamente con su maleta negra, y abandonaba la reunión tan pronto como terminaba, mientras los demás nos quedábamos ronroneando. Siempre me pareció con mucho el más listo de todos nosotros. Ya enfilaba una prometedora carrera académica, que entonces simultaneaba con el ejercicio de la abogacía y la militancia política. Por la pulcritud de su atuendo no le era ajeno un aire kennedyano. Terminé mi tesis en la Complu; el debía de andar ya por la Autónoma. Después desaparecí en Londres. A mi vuelta, Alzaga era catedrático o agregado y acababa de publicar o estaba a punto de hacerlo un valiosísimo comentario a la Constitución, escrito casi a vuela pluma. El libro denotaba dos cualidades académicas de Alzaga: un estupendo fondo de su armario constitucionalista, lecturas y reflexión, y una notable capacidad de trabajo, que le permitía desenvolverse con llamativa facilidad en diversos ámbitos de actividad.

El libro a que nos referimos es un libro de memorias. A veces se pueden aducir razones o argumentos contra este tipo de trabajos: su narcisismo, que puede hacerlos incurrir en extravagantes extremos, protagonismos inexcusables, exculpaciones innecesarias, tergiversaciones, frivolidad. En términos generales sigo pensando en su utilidad. Llevaba razón Goethe cuando encarecía nuestro gusto por las biografías, las memorias, lo individual; y, de otra parte, el testimonio de un acontecimiento enriquece el conocimiento de lo sucedido, dando una versión más, precisamente la de un protagonista, del acontecimiento. Estas memorias además tienen otros dos rasgos que refuerzan su interés: están fundamentadas, apoyadas por referencias documentales, con acceso al público general pero también dependiente de archivos privados, caso de la Fundación Francisco Franco, Manuel Giménez Fernández, Joaquín Satrústegui; y se han consultado para su realización colecciones de prensa extranjera, comprendiendo los periódicos cuyos corresponsales se movían en los años de la transición española (Le Monde, The Guardian, Corriere, Frankfurter, etc.).

Las memorias de que hablamos poseen asimismo otra característica que no es común, cuando se explica la transición o los años del tardofranquismo, en que suele incurrirse en la autocomplacencia.Ya se sabe: todo se hizo bien, aunque se tratase de un milagro -a cargo del Rey, Suárez y Fernández Miranda-; el cambio discurrió con las pautas de un proceso ineluctable, que necesariamente había de suceder; y no dejó de consistir en una operación lógica diseñada desde fuera y ejecutada de modo autómata. Alzaga es más bien crítico con la transición, aunque no hay, o no se formule abiertamente, un reproche contra ella, y naturalmente constate que el régimen se transformó: no simplemente mudó, y en efecto se pasó de una verdadera dictadura a una verdadera democracia. Lo que ocurre es que ello no se realizó como tuvo lugar en Europa tras la Segunda Guerra Mundial en los países en los que hubo sistemas totalitarios como en Alemania o Italia, en donde persistieron partidos como la Democracia Cristiana. En España, por contra, quedaron elementos de manipulación política en el sistema político constitucional que tienen su origen en una transición realmente peculiar, hablemos por ejemplo de la desproporcionalidad del sistema electoral, la persistencia de una fuerte provincialización o un Senado retardatario.

Lo que muestra el libro de Alzaga es una Sociedad viva, la española del momento, con múltiples protagonistas, que dejan su huella en el libro, donde aparecen y desaparecen figuras de variados ámbitos, bullendo, quizás de modo algo profuso.

El amplio espectro de personajes y situaciones referidos, con todo, da un interés innegable al volumen, cuya dispersión se evita en función de la presencia del autor de las memorias en muchas ocasiones; pero ha de quedar claro que el libro no se limita a contar aquello que Oscar Alzaga hizo o, mas aún, protagonizó, sino aquello que vió o incluso que le contaron.

Debo decir que el formato mas bien académico del libro, no empece momentos francamente divertidos que le esperan al lector. Por ejemplo cuando el autor relata la visita que le hace a Peces Barba en el episodio de su confinamiento en la localidad burgalesa de Santa María del Campo y se encuentra con nuestro hombre redactando su tesis doctoral sobre Jacques Maritain, seccionando sus buenas tronchas de jamón que Peces Barba tenía colgado de un pincho en la habitación de la casa donde se hospedaba. Resulta también divertido el relato del desayuno campestre de Alzaga con Martín Artajo, democratacristiano oficialista y a la sazón secretario general del Consejo de Estado, en el monte del Pardo, adonde el y Alzaga se trasladaron para hablar de política . El trance suministra la ocasión de calibrar las posibilidades de la oposición con un interlocutor que conversaba prácticamente a diario con el Caudillo. En fin chispeante a más no poder es el testimonio del alto nivel de las elucubraciones en el Consejo Nacional del Movimiento del un tanto esotérico catedrático de Derecho Político, autor del famoso slogan “Después de Franco las instituciones”, que se desempeñaba, dice Alzaga, con una belicosidad acompañada de dosis de elegancia y de oscuridad sublimes, y al que se refería Torcuato Luca de Tena en el ABC: «Con un discurso de excelente factura polémica, pero mucho más atento a triturar a las personas que a rebatir sus argumentos —discurso ágil, mordaz, inteligente, irónico, despectivo, a veces acre e insolente en ocasiones— respondió ayer Jesús Fueyo, desde la ponencia [...]. El discurso de Jesús Fueyo fue, sobre todo, muy hábil. Yo no lo entendí. Y no [...] porque no fueran muy de mi agrado vocablos como los siguientes: axiología, platonismo político, excojitación, puritanismo metafísico, partidocrático, expresión diabolizada, monocracia, macrosindéresis o la normatividad ex ante [...]. No. La razón por la que no le entendí es muy otra: porque no quiso que se le entendiera”.