Opinión

El Japón en Los Ángeles

TRIBUNA

Luis Bravo | Miércoles 30 de noviembre de 2022

La tarde quitaba la idea de callejear. En torno a las cinco y media, nadie hubiera puesto en duda la seriedad que el otoño quiso demostrar. Al fondo, recortando los tejados de los hoteles y la Puerta del Sol, las nubes se llagaban por los últimos rayos que hubieran merecido otra duración, pero la tormenta oscureció el tramo de Alcalá como si el suspiro cristiano fuera echado y tocase temblarnos el alma y arrepentirnos antes de salvarnos o perecer. El viento ayudaba con sus arreones a diestro y siniestro. Muchos se refugiaban en los portalones o rescoldos que dejaban las vallas metálicas de las obras, que ahí parecen estar desde los tiempos bíblicos del mencionado suspiro.

Saliendo del metro, el panorama era fantástico. Por los que aguantaban y por los que se recogían espantados. Las parejas con niños funcionaban por sus respectivos papeles: unos tirando del carro, y las jóvenes bestias divertidas por esos vaivenes que les ponían las bufandas en las caras y hacían reír sin hartazgo, salvo a sus padres. También los que osaban encenderse un cigarrillo cara a la ventisca, más para el disfrute ajeno y el posible coreo que pudieran arrancar que por verdadera necesidad. Restos y hojillas bajaban a igual velocidad que los coches, y caminar a la contra requería agilidad si no quería correrse la misma suerte.

Toda esa algarabía contrastaba con la exposición de Amalia Avia, a la que uno se dirigía movido por la curiosidad de los cuadros que había tenido ocasión de ojear por recomendación ajena y la posibilidad de observar (hacía tiempo que no) el comportamiento de la gente en una galería de arte, robando siempre la atención que merecería lo expuesto y no quienes van a exponerse. Respecto a la atención, es de agradecer que la galería incluya un único texto largo al inicio, en la pared que abre la trayectoria. Esos textos, aparte de los datos biográficos, no suelen decir mucho y distraen de los lienzos. En el caso que nos concierne, tampoco era una excepción. Confuso y decorativo, muy moderno. Son peculiares los textos sobre arte, hagan crítica o simplemente recalquen algo de la persona como artista. Cuando se toman en serio, su capacidad de convencer se acerca al tono de quien te lee las líneas de la mano.

Pero dejemos a un lado el humor, pues es el gran ausente cuando uno empieza a pasearse entre las pinturas de Avia. De esta artista nacida en Santa Cruz de la Zarza, Toledo, integrante de los llamados ‘Realistas de Madrid’ junto a Esperanza Parada, Isabel Quintanilla, Julio López Hernández o el afamado Antonio López, poco o nada sabía hasta la apertura de la contundente retrospectiva, y reconozco que ha causado un mayor y mejor impacto que si hubiera acudido con alguna información previa. De sus compañeros de generación sí, pero ella ha resultado la diferencia por descubrir. Ese cariz secreto permite que el trabajo artístico conserve su razón de ser para el gran público, y que este deba hacer un cierto esfuerzo para entender, o simplemente sugestionarse de, lo que se ha sentido y pintado. Dicha concentración, ya digo, es dificultosa cuando quienes merodean por las salas lo hacen mirando por encima del hombro o sin dejar de comentar ni uno de los cuadros. Es poco corriente la virtud del silencio cuando estamos entre nuestros semejantes, pero si una enseñanza puede extraerse de la contemplación de sus óleos es precisamente esa: el momento en el que debemos retraernos, no decir más porque todo se nos está presentando nítido. Como no vamos a mejorar ese silencio, formemos parte de él.

Los colores y tonos que imperan son los grises, los ocres, los pardos, los verdosos, los blancos ensuciados y ocasionalmente relucientes. Son calles vacías o trasegadas, portales, cierres metálicos de tiendas, abandonadas la mayoría de estas ―la que da nombre a la exposición, la de timbre más exótico, y por tanto la más desgarradora por lo lejano que quedaron esos sueños ahora arramblados y conservados en una tela, al menos―, y en el pasillo superior, objetos cotidianos, habitaciones, fotografías recuperadas que sirvieron de modelos para sus obras, cuadernos de bocetos. A juicio de uno, las impresiones más fuertes que puede llevarse quien decide hacer el recorrido con el tempo apropiado, las dan los que reproducen esos negocios en ruinas, con los letreros barridos por las inclemencias y comidos por grafitis o la indiferencia ciudadana. La ciudad, que siendo homenajeada con un portal antiguo, imponente, o con la vista de algún edificio reconocible, tiene el aspecto de un lavajo, tal es su esencia como las aguas lluviosas, juntadas porque no hay más remedio.

Dos en especial me conmovieron, representantes el primero de la juventud y el segundo de su madurez pictórica: un descampado del barrio de Carabanchel, de 1961, y una puerta del Retiro, hacia 1988. Aunque en el primero hay un grupo de chicos reunidos, jugando, imaginamos, entre lo desangelado, en el segundo son los árboles que despuntan sobre las verjas y columnas de la entrada los que reclaman la atención. La nada en ambos es protagonista. Por el día que era, me pareció oportuno pensar que el viento de la calle entraba y salía a su antojo de aquellas imágenes. Lo escribió Eliot: ‘¿Qué ruido es ese?/ El viento bajo la puerta./ ¿Qué ruido es ese ahora? ¿Qué hace el viento?/ Nada, como siempre. Nada.’