Cultura

Reseña. La memoria del alambre, de Bárbara Blasco

LIBROS

José Manuel López Marañón | Viernes 02 de diciembre de 2022

Bárbara Blasco (Valencia, 1972), autora de La memoria del alambre, ha ganado en 2020, con Dicen los síntomas, el XVI Premio Tusquets Editores de Novela. Ello ha animado a la editorial catalana a reeditar una obra de 2018 de esta escritora (también profesora y periodista) que hoy reseño. La única pega que puede ponérsele a novela tan bien pensada y desplegada como La memoria del alambre es que se devora; cómo uno desearía que, por lo menos, tuviera el triple de extensión. A ningún autor molesta ya que lo acusen de brevedad; menos cuando hay solución para quitarse las ganas de seguir leyendo a Bárbara Blasco: hacerse ahora mismo con Dicen los síntomas.

Desde un tiempo actual, pero congelado por la monotonía de una gira de cinco meses que la Orquesta Maravillas realiza entre pueblos de España, la narradora innominada de La memoria del alambre –la propia cantante– refiere a la madre de Carla –fue su mejor amiga– hechos significativos de sus adolescencias valencianas, muy parejas. Amelia ha remitido un email a la cantante solicitando todo lo que recuerde de su hija, atropellada a los quince años por un tren en un suceso que quedó sin aclarar. Nunca se supo si aquello fue accidente o suicidio.

Para dar entidad a su cínica vocalista, Bárbara Blasco combina primera y segunda persona del singular (esta, envuelta durante muchos capítulos en certeros dardos destinados a la compungida madre. Así: «sobrevivíamos con la calderilla que te robábamos del bolso»). La suma de ambas voces me hace disfrutar con la redacción de esta carta en progreso que acaba siendo la novela: de sus correcciones y bloqueos (la narradora se lía visitando el pasado, «ese limbo sin coordenadas fijas al que no sé bien cómo regresar»); disfruto como un voyeur asistiendo a las epifanías que cualquier proceso de escritura genera y que, también aquí, saltan desde su más íntimo escondrijo.

Las actuaciones de la orquesta y las interrelaciones de sus integrantes en unos pueblos que sin querer homenajean a los años ochenta (bares de barras metálicas, cafés con leche en vaso y precios amables) quedan ajustadamente apuntadas. Esa atmósfera de derrotada resignación retrotrae a las vicisitudes de El viaje a ninguna parte, novela y película de Fernando Fernán-Gómez que plasmaban los periplos de la compañía teatral de Arturo Galván en una eterna postguerra española. Aunque en cualquier parte del país ya se coma bien y abundante, y los músicos se alojen en hoteles de tres estrellas, en esta orquesta –que de maravillosa nada tiene– no existe corporativismo alguno: demasiados kilómetros y rencillas marcan. Por si no bastara, la cantante-narradora detesta la música actual. Versionar temas de Bisbal o ese de Baute con Marta Sánchez, Colgando en tus manos, la aniquila: «Me avergonzaría cantar algo así si no fuera porque hace tiempo que prescindí de la vergüenza».

El grueso de estas páginas con tono confesional, camusiano (al igual que en La caída un impalpable sentimiento de culpa desea corporeizarse y salir a la luz), que conforman La memoria del alambre dibuja una poco complaciente evocación de la década ochentera. Salvo su música, que aguantó (se citan temas de Radio Futura, The Cure, The Smiths, La Mode, David Bowie, Soft Cell, Violent Femmes…), nada se salva, a partir de entonces, para nuestra vocalista. «La música aún nos pertenecía, ese dios de la melodía que no había muerto». Letras de canciones incomprendidas en la época pero recorridas por la melodía interna resultan, hoy, un auténtico milagro.

Coincidiendo con la muerte de Carla, en octubre de 1987, aparece la música electrónica: el «bacalao», la «mákina», y nuevas clases de droga. Se acaban las tribus urbanas y desde ese momento sólo quedan entontecidos supervivientes hermanados por el éxtasis y el chumpa chumpa.

De ella misma y de su amiga Carla dice la cantante: «No éramos chicas de barrio, íbamos a un colegio pijo aunque teníamos alma de barriobajeras, no éramos pobres aunque sobrevivíamos en la indigencia emocional». Sexo desbocado que roza la prostitución, donde «repetir amante es peor que morir»; alcohol y drogas en discotecas que organizan concursos de camisetas mojadas y cierran al amanecer; pellas y expulsiones del colegio; superficiales relaciones con compañeros de clase (Alfonso, el menos oligofrénico, del que tanto la protagonista como, sobre todo, Carla se enamoran, es definido como un chaval sobrado pero pijo que escucha a Los Inhumanos). Semejante maremágnum de sensaciones, bastante extremo para dos adolescentes que aún no cumplieron los quince, acaba arrastrando a la futura vocalista a la edad adulta, la de la razón: a «ese callo forjado a fuerza de acumular perplejidad tras perplejidad hasta la insensibilidad».

Pero peor destino tiene Carla, arrollada en las vías de una estación…

Esta autobiografía en forma de declaración oral, notarialmente transcrita por la narradora que ha creado Bárbara Blasco sin establecer un solo juicio de valor, resulta ser –ante todo– un desolado testimonio sobre la incapacidad femenina a la hora de establecer duraderas relaciones con el otro sexo. En la brutal e imprescindible La memoria del alambre los promiscuos recuerdos de juventud acumulan un poso negro y corrompido: «El asco, igual que vino, se marchó, con las mismas alas que aquel dinero».

A una edad válida para el amor, la vocalista de una orquesta sin pretensiones queda atrapada en un escepticismo demoledor: «Porque ya no creo en el amor, porque el amor no es más que un túnel oscuro cuya luz al final es el deseo».

«El alambre posee memoria (…) una vez que se ha doblado, por más que trates de enderezarlo (…), siempre tenderá a combarse (…). La adolescencia es como ese momento en que se tuerce el alambre».