Opinión

Mari Lola Higueras, artista, arpista

TRIBUNA

Alfredo Arias | Lunes 05 de diciembre de 2022

El hecho de que el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid esté ofreciendo la primera exposición dedicada a una concertista de arpa, Mari Lola Higueras: una arpista en la España de los 40`, en toda su historia centenaria, no ha mucho habría tenido pronto reflejo en la prensa y otros medios de comunicación. No parece ser el caso por el momento, si exceptuamos alguna noticia en Twitter o Facebook (ya sabemos que hoy las redes sociales compensan los silencios). En lo que a mí respecta, qué mejor lugar que esta mi modesta tribuna de El Imparcial para reclamar lo que antes era más común: hacerse eco de noticias del arte que no necesariamente repliquen informaciones a nivel planetario, o coincidan con modas y modos de lo actual. Hablo, pues, de un hecho exquisito como la música para arpa, y de una mujer que no sólo ha aportado valía y contenido durante el tiempo de su carrera sino que también ha dado nombre a uno de los premios de su especialidad.

Para ir abriendo boca, digamos que siendo precoz artista, a sus catorce años pidió a Joaquín Turina que le compusiera una pieza para arpa al haber comprobado el limitado repertorio español del instrumento; a lo que el maestro accedió de buen grado. La circunstancia de que el compositor fuese su padrino de bautismo explica caso tan insólito (como insólito tampoco deja de ser que una adolescente de los años cuarenta tuviera ya ese conocimiento musical, el dominio que lo justificara, y desde luego una audacia más que notable). Igualmente revela el contexto familiar y artístico en el que creció Mari Lola, algo a lo que tengo que destinar un párrafo, ya que como bien sintetizó Susana Cermeño, catedrática de Arpa de la institución, en la mesa redonda del acto inaugural el pasado 24 de noviembre, el talento artístico «le venía de serie».

Sí, María Dolores Higueras Domínguez (Madrid, 1930) es hija de un matrimonio de puro arte: Lola Domínguez Palatín (violinista) y Jacinto Higueras Fuentes (escultor), relevantes ambos. En el primer caso y por genealogía, los Palatín es familia muy relacionada con la música, con presencia eminente registrada ya en el siglo XVI. Lola Palatín, como era conocida, fue realmente una pionera: primera mujer en recibir el premio Sarasate de fin de carrera, y primera en tocar el violín en la orquesta del Teatro de la Zarzuela. Su exitosa trayectoria profesional la hizo conectar con músicos como Joaquín Turina y dramaturgos como Federico García Lorca (de hecho intervino en el reparto de Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín en su estreno), participando también en la compañía de Margarita Xirgu en el Teatro Español. Por otro lado, discípulo de Benlliure, Jacinto Higueras destacó en la escultura a tal punto que no sólo recibió el reconocimiento que dan menciones y medallas, sino el asiento en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (dicho sea de paso, desde 1976 se convoca un certamen de escultura con su nombre). De los hijos que tuvo con su primera esposa, de la que enviudó, Jacinto Higueras Cátedra siguió sus pasos, aparte los de las veredas de la pintura y la actuación, y Modesto Higueras se significó, y bastante, como hombre de teatro: fue ayudante de dirección de Lorca en La Barraca (donde también colaboraba Jacinto), y progresivamente, director del Teatro Español Universitario, del Teatro Español y del Teatro de Cámara y Ensayo, combinando con igual fluidez lo clásico y las obras de autor. El que José Luis López Vázquez se formara con él da noción de lo que ha representado para la escena española.

Así pues, en ese ambiente familiar y amical por donde podían pasar o tertuliar García Lorca, Benlliure o Joaquín Turina, es claro que Mari Lola surgía ya de un humus propicio por demás. Su carrera, que apenas rondó la decena de años (1945-1954), cuyos tramos se encuentran documentalmente reflejados en las vitrinas de la exposición en la biblioteca del RCSMM hasta el día 22 de diciembre, siete décadas después da o sigue dando que hablar, máxime ahora, en el buen sentido. La propia Mari Lola me ha relatado el punto cero de su redescubrimiento: poco antes de la pandemia, asistió a un acto en la Residencia de Estudiantes donde alumnas aventajadas del Conservatorio interpretaban unas piezas al arpa. Al finalizar, la curiosidad le hizo subir al escenario a observar de cerca los instrumentos. Entonces se le acercó la citada catedrática Susana Cermeño e intercambiaron impresiones. Mari Lola dijo que ella también había estudiado arpa; poco a poco, conforme discurría el diálogo, al indicarle que había ampliado estudios con Lily Laskine en Paris y con Marcel Grandjany en Nueva York, puedo imaginar cómo la docente iría abriendo cada vez más los ojos hasta pronunciar la frase definitiva: «¿Es usted Mari Lola Higueras?». Resulta que piezas del repertorio arpista que se estudian en el Conservatorio están dedicadas a ella, y que fue la primera que, lógicamente, las tocó. Es decir, un nombre, una persona que hasta entonces era un dato académico significativo se encontraba delante de ella, rozando su novena década. Ahí empezó todo, o mejor dicho, volvió a empezar.

Las obras de las que fue dedicataria (naturalmente solicitadas con ese cordial valor suyo), aparte de la de Turina, Tema y variaciones (Ciclo plateresco, I) para arpa y piano, que estrenó el 25 de abril de 1945 en el Círculo Medina de Madrid, con acompañamiento del pianista Enrique Aroca al no poder el propio autor por enfermedad, son: Impromptu, del compositor navarro Jesús García Leoz, estrenada en Avilés el 30 de abril de 1946, y Viejo Zortzico, del alavés Jesús Guridi (una de las diez piezas más tocadas por las arpistas en todo el mundo), estrenada en el Ateneo de Madrid, el 9 de junio de 1950. En esa misma velada, y es algo que recuerda con emotivo orgullo, su madre la acompañó al violín en la Fantasía para arpa y violín de Camille Saint-Saëns, a quien Lola Palatín conoció en París. Del resto de su carrera de concertista, mojones como el singularísimo Doble concierto para arpa y flauta, de Mozart, con la Orquesta de Cámara dirigida por Ataúlfo Argenta en 1949, o la retransmisión de su actuación por New York City Hall Radio en 1954 jalonan una estadística de unos ochenta conciertos. ¿Fue eso que se conoce como popular? Baste con decir carismática, o no tendríamos tres obras en el repertorio arpista, de parte de tales creadores. El muy cumplido catálogo del RCSMM da detallada cuenta del paso de los dedos de hada de Mari Lola por las cuerdas de esa década. Y todavía al visitante de la exposición, nutrida en buena parte por el archivo personal de la arpista (que fue comentando con Margarita Ramírez en el día inaugural), pueden llamar su atención dos portadas de Ritmo de los años cincuenta en las que aparece, o un recorte de la revista Garbo quizás orientativo: «Mari Lola se marcha a Nueva York» (28-XI-1953).

Las tres citadas piezas, cuya existencia le debemos en lo que la compete, fueron interpretadas en el Auditorio Manuel de Falla del Real Conservatorio en el acto de inauguración: las Variaciones de Turina por Assumpció Janer (arpa) y Enrique Lapaz (piano); Viejo Zortzico, de Guridi, por Elizabeth Cerra (arpa), e Impromptu, de García Leoz, por Alicia Griffiths, la celebrada arpista, que dio un salto a Madrid desde Navarra para honrar a Mari Lola, tocando una de las obras más queridas de su repertorio, que justamente no hubiera conocido sin ella. Griffiths también participó en la mesa, trazando una detallada y cariñosa semblanza biográfica de la protagonista. Asimismo intervinieron la catedrática de Musicología de la UCM, Cristina Bordas, quien hizo hincapié en el mérito del alza de esa carrera partiendo de las dificultades de la postguerra; la ya citada catedrática Susana Cermeño, que al margen de presentar el acto, moderó la mesa, y la propia Mari Lola, que dio en las debidas dosis su testimonio vital, en lo que no fue lo menor aludir a las vicisitudes de cargar con un arpa en aquellos viajes primerizos. Tema para un libro, sin lugar a dudas.

Llegado el turno de preguntas, levanté la mano y pedí a la homenajeada que nos contase lo que le ocurrió con el arpa y un gato. Verán, llevo un as en la manga: me honro con ser amigo de Mari Lola desde hace algunos años, gracias a que es muy buena amiga de mi tía madrina (así son las cosas); de modo que la primera vez que la conocí fue en una fiesta familiar. Me dejó con la boca abierta cuando conversó conmigo, con entusiasmo y sin ningún tipo de afectación, sobre Mozart o ¡Ian Dury! No sólo conocía al detalle lo más sublime de la música sino que estaba puesta no ya digo en lo último, en lo último de lo último del punk-rock o la New Wave. Y si torcíamos por el cine, aparecía Muerte en Venecia por ejemplo: Visconti, Bogarde; por supuesto, Mahler… Entendí que las puertas no estaban hechas para el campo, ni para ella. También supe entonces que se había dedicado al arpa, y que su casa tenía algo como artísticamente mágico; por si fuera poco, allí pasó sus últimos días el celebérrimo tenor Julián Gayarre cuando le llevaron tras sufrir el desvanecimiento dando una nota aguda en Los pescadores de perlas, de Bizet, desde el cercano Teatro Real. En ese recinto culturalmente sagrado, un buen día Mari Lola me contó lo del gato. ¿Padrinos, madrinas, arpas, gatos? Puede que todo esto les suene a fábula, y que lo que cierra este artículo se les antoje un cuento navideño (ahora que estamos casi en vísperas), puro Dickens; pero los mejores relatos son los auténticos, y sí, ella accedió a mi petición. Aquí lo resumo:

En un día de invierno, de una gran nevada, los ayudantes del escultor Higueras abrieron el estudio, situado en lo que es ahora la Taberna del Alabardero, y encontraron que por una oquedad había entrado un gatito negro a resguardarse; los hermanos de la camada que alguien había echado tan cruelmente a la calle aún deambulaban en lo blanco buscando refugio. Naturalmente, don Jacinto, la familia entera, lo adoptó. De origen vagabundo, mucho de bohemio y sensible debía de tener el animalito porque en las largas horas en que Mari Lola practicaba diariamente en una de las habitaciones, se acercaba, se ponía a sus pies y no se apartaba hasta que dejaba de tocar. Pero Mari Lola consiguió la beca para su perfeccionamiento en el extranjero («Mari Lola se marcha a Nueva York», recuerden), y en el becqueriano ángulo del salón quedó silenciosa el arpa. Bien: todos y cada uno de los días, el gato se aproximaba a la puerta de la habitación, rasgaba, maullaba, tenían que abrirla; entonces llegaba donde el arpa y se pegaba a ella; todos y cada uno de los días. Le salieron pelillos blancos. Sí, encaneció. Hasta que regresó ella, y volvió la música, y su ángel. Recuperó todo el pelaje negro. «No lo creerán, lo entiendo –nos dijo al auditorio–, pero fue así». Yo sí la creo, porque así son los gatos. Y así es Lola Higueras.