Nuevamente, un país iberoamericano da la nota en el quebrantamiento del orden constitucional. Y no solo es desde su presidente, sino desde sus opositores, acorralándolo. Todo análisis del caso implica, entraña, mencionar a ambas partes. No ha sido una acción unilateral.
Nos conduele Perú por ser un país destacado en la región, de bien forjado prestigio, de carácter e identidad propias, solidario y siempre está presente. Su determinación es ingrediente necesario para comprender mejor los procesos regionales y siendo invariablemente, amigo de México, nos afecta de manera sensible los acontecimientos dramáticos acaecidos allí. El golpismo no es opción.
Pedro Castillo fue rebasado por una realidad que le fue adversa desde que se postuló a la presidencia peruana. Venía de un país que es políticamente inestable hace ya un par de décadas. No fue bien recibido por los mandamases de siempre, no aniquiló a esa plaga que parece siempre ser el fujimorismo y no consolidó un gobierno que transmitiera un programa de acción claro, robustecido con estrategias y acciones contundentes que propiciaran mejor aceptación al interior e idea de estabilidad al exterior. Se hizo frecuente y norma el cambio de ministros, por las razones que fueran –señaladamente, presiones opositoras y de las élites– conformando en suma, un panorama sumamente complejo que terminó arrinconando al sujeto. No es la primera vez que sucede en la región sudamericana, de manera muy particular. Y no pudo sacudirse el halo de corrupción que le endilgaron. Eso selló su destino al ser tal tema un ariete opositor como argumento.
La acción desesperada por disolver el Congreso de la nación, tan elegido por el pueblo como al disolvente, se antoja como una medida desesperada, extrema y atentatoria de la democracia, de la misma calaña que las acciones emprendidas para derribar al sujeto, innegables, presentes y que también apuntan a la autoría agentes diversos, tales como los grandes capitales y para variar, hasta a Estados Unidos y ese esbirro llamado OEA, Organización de Estados Americanos, como de costumbre de un tiempo a la fecha. Castillo apostó por una medida extrema y perdió la apuesta.
Cómo le cuesta a la región iberoamericana sacudirse fantasmones del pasado: lo mismo echar de sus sitios de privilegio a sus mandones criminales – verbigracia, Queipo del Llano– que poner quietos a los intereses saqueadores y sus clases dirigentes emblemáticas, que igual el sostener la institucionalidad, tanto desde quienes detentan los cargos públicos, como desde quienes la derriban a la primera oportunidad o las que haga falta hasta conseguirlo.
Un apuntamiento: mientras la OEA merodeaba días atrás al gobierno de Castillo sondeando el pulso para saber qué tan moribundo estaba, disfrazada de demócrata, aunque tan necesitada de reforma interna, desenmascarados como siempre sus afanes antidemocráticos y con Almagro al frente, se sabe que el embajador mexicano en Perú, Pablo Monroy Conesa, cabildeaba a favor de apoyos a Castillo entre congresistas peruanos. Eso también es un acto injerencista reprobable. Cuando al presidente Castillo se le negó asistir a la cumbre de la Alianza del Pacífico so pretexto de creerlo prófugo en México, el presidente López Obrador extendido su apoyo trasladando la sede a Lima para arropar al peruano con los mandatarios de Chile y Colombia. Fue un acto audaz y loable. Sin embargo, no ha podido evitar que se sostenga que el mexicano mantiene un apoyo al mandatario peruano con tintes injerencistas o así ha facilitado el discurso a sus opositores. Caído Castillo, la cumbre fue suspendida.
Aunque López Obrador ha señalado respeto al proceso peruano y alardeado de que se respeten las instituciones y, por ende, avala más la permanencia de Castillo que su apresamiento y destitución, ha extendido la opción del asilo político si fuera solicitado, faltándole condenar la injerencia de nuestro embajador en Lima. No nos hace falta en México que al país se le tilde de todo lo que considero que no es. Y eso sirva de respuesta a opositores internos en México que, desde luego, se cuelgan del zipizape peruano para hacer su agosto extrapolando ideas sin ton ni son. Salieron “peruanólogos” en menos de lo que canta un gallo. Días atrás, la loca senadora Lilly Téllez, cuya salud mental se ha deteriorado con el paso de los años, se había pronunciado amenazando a López conque le pasará igual que a Cristina Fernández, no obstante que olvidó las palabras de la vicepresidenta argentina, que bien le aplican: López no será su mascota. Desquiciada, la legisladora, al menos en el tema peruano, por una vez ha hecho algo correcto: callarse.