Opinión

Patxo Unzueta, el periodismo como autenticidad moral

TRIBUNA

Juan José Laborda | Viernes 09 de diciembre de 2022

Patxo Unzueta (Bilbao,1945-27 junio 2020), periodista vocacional, ha sido un destacado ejemplo de la generación de 1978.

Patxo es un gran argumento a favor de lo que significó en España el acuerdo constitucional . Hablamos de la virtud y de la fortuna, dos conceptos definidos por ese moralista llamado Maquiavelo, que constituyeron, en mi opinión, la clave de la rica vida de Patxo Unzueta; que fue un microcosmos de lo que supuso la democracia constitucional, después de 1978. Pero como escribió el famoso florentino, la libertad en el Estado -vivere civile, en frase de Maquiavelo-, necesita del cuidado, del ejemplo y de la prudencia de los políticos.

No podemos olvidar a Patxo, y su pensamiento crítico, aunque la desmemoria en estos tiempos de memoria legalizada tienda a borrar lo fundamental y lo complejo.

Patxo Unzueta fue un revolucionario.

Su hermano Eneko, en sus emocionantes palabras del día de su entierro, el pasado mes de junio, nos contó lo siguiente: “aquel día ya de noche, nuestro padre había discutido contigo. Se debía de haber enterado de los líos en los que estabas metido. Te tenías que ir de casa... y yo no entendía nada; todavía no había cumplido 10 años, y tu tenías 23. La búsqueda de justicia y libertad te llevó a dejar a tu familia en el año 69. Los cinco hermanos seguimos con nuestras vidas, pero perdimos algo muy valioso, nuestro hermano mayor. A la hora de marcharte sólo necesitaste coger una cosa, que doblaste y guardaste bajo la gabardina; era el periódico... siempre el periódico.”

Veamos el drama de un revolucionario desde otro ángulo: en uno de sus libros, Los nietos de la ira. Nacionalismo y violencia en el País Vasco (1989), Patxo Unzueta le pidió a Jorge Semprún un prólogo. Y Semprún escribió lo siguiente: “Hace años -casi veinte, ya- a comienzos de los setenta, se presentaba en mi casa de París, tras previo aviso telefónico en lenguaje convenido, un muchacho vasco, enjuto de carnes y de discursos, que yo sólo conocía por el nombre supuesto de “Bilbao”.

Si mi archivo personal está bien ordenado, la última nota manuscrita del tal “Bilbao” que obra en mi poder, dice así: “Jorge, te paso esto y espero verte pronto, pues tenemos que hablar a fondo. Desearíamos que Claudín también viniese a la cita en que nos veamos.”

Más adelante, Semprún sitúa la escena: “Eran los tiempos, poco antes o poco después del juicio de Burgos y de la consecuente popularización de la lucha antifranquista en Euskadi, en la que había comenzado entre los jóvenes revolucionarios vascos una discusión teórica y estratégica que culminó en torno a la Sexta Asamblea de ETA. Los militantes que redactaron el documento “Sobre el problema nacional vasco” (no formaba parte de esa corriente mi lacónico “Bilbao”, aunque, según me aclaró, las tesis que allí se exponían le pareciesen suficientemente interesantes para ser incorporadas a los materiales de nuestras conversaciones ), arremetían de forma argumentada contra el grupo que monopolizó la sigla, atribuyéndose derecho de pernada y de pistola sobre una identidad nacional mistificada.”

Seguidamente, explica Semprún: “Fruto de ese trabajo sistemático, apasionado y riguroso, que fue ya el anterior libro de Patxo Unzueta (…), los artículos se inscribían, como dijo su prologuista de entonces, Javier Pradera, en el “esfuerzo por liberar a los vascos de la pesada carga formada por el fanatismo, la ignorancia y la mala conciencia”. Y concluye: “el enigmático “Bilbao”, joven compañero en el camino de ida de la lucha antifranquista, ha florecido en un talento analítico, en un talante de rigor intelectual que caracterizan el maduro trabajo de Patxo Unzueta, compañero en el camino de la vuelta desde el dogmatismo izquierdista hasta la incansable tolerancia democrática.”

La autenticidad no fue exactamente marcharse de casa en 1969, convencido de la revolución, sino que la transición de los años setenta lo transformase en un demócrata racional; bien es verdad que Patxo no fue un estúpido, según el tipo de Carlo Cipolla, sino que estuvo dotado de una poderosa inteligencia crítica.

En varios artículos y libros de Patxo Unzueta hay párrafos -bien es verdad que con su proverbial discreción- referidos a su eureka personal, el tránsito de la revolución al Estado de Derecho.

Ese descubrimiento, por su singularidad, lo adivinamos en el prólogo que Patxo escribió al segundo tomo de las memorias de Mario Onaindía, que falleció en agosto de 2003.

Patxo escribió en ese prólogo: “No hay libertad sin ley. Ese descubrimiento, traducción de la idea de Montesquieu de que la libertad es “el derecho de hacer aquello que las leyes permiten”, todavía no se ha abierto paso en Euskadi”. Hace unos años, en Cuadernos de Alzate, perfilé un retrato político de Mario Onaindia. Mario y Patxo tuvieron sus correspondientes descubrimientos políticos, sus eurekas o epifanías correspondientes, pero creo que es más fácil seguir a Mario en su conversión a la democracia parlamentaria, porque él, según sus propias palabras, compartió el romanticismo activista de Carlyle -el héroe, como ideal político- , que investigar la hermética personalidad de Patxo a lo largo de sus escritos, la casi única fuente de su pensamiento.

En efecto, en Patxo, su activismo fue fundamentalmente intelectual, y la acción la desarrolló con el lenguaje. De ahí su discreción y su renuencia a hablar en público: estaba convencido que escribiendo las ideas se cometían menos errores, y sobre todo, si eres honradamente lógico, podrías equivocarte, pero nunca mentirás. Creo que su compleja vida política, antes y después de su eureka, constituyó el crisol de su pensamiento.

A esta característica, se añade que Patxo tenía una formación de economista. Roberto Velasco, amigo suyo, y catedrático de economía en la facultad de Bilbao, conocida por Sarriko, cuando intervino en el tanatorio de Basurto, tuvo particular interés en recordar que Patxo conocía las teorías y doctrinas económicas. Roberto Velasco leyó un escrito de Patxo -su opinión, siempre escrita- , para resumir su ideología económica: “Adam Smith -escribió Patxo en una crítica del neoliberalismo económico- desarrolló en la Teoría de los Sentimientos Morales su concepción de la “moral de la simpatía”: un sentimiento por el que los sujetos son capaces de aprobar las acciones de los demás con independencia del propio interés y cuyo fundamento es la capacidad del ser humano para ponerse en lugar del otro.”

Roberto Velasco afirmó a continuación: “Ese “ponerse en el lugar del otro” ha sido, no tengo duda alguna, el hilo invisible que fue cosiendo la bondad machadiana de Patxo.”

Personalmente, me vino a la cabeza aquella ocasión en la que hablando con Patxo llegamos ambos a pensar que con el capitalismo no nos quedaba otro remedio que sobrellevarlo orteguianamente, o por puras gónadas. (continuará).