La democracia, y por tanto la sociedad, funciona mejor cuando dispone de funcionarios del Estado que se distingan por su calidad e independencia. Las máquinas de poder de partidos y gobiernos promueven el partidismo, que es una forma de hacer sectaria. Les molesta lo que no sea el sometimiento absoluto a sus directrices, y por esto rechazan de facto el carácter de quienes, por encima de todo, trabajen por los intereses generales, que es lo propio de los probos (honrados) funcionarios. Así que los dejan solos ante el peligro. Cuando les convenga, los abandonarán con falsas excusas. No cabe duda de que todo ello redunda en perjuicio del bien común. Desde este maniqueísmo práctico, se desaprovecha mucho talento y se dejan escapar innumerables oportunidades de progreso.
He leído con gusto un libro escrito hace ya algunos años: El anticuario de Teherán (Península). Su autor es el mallorquín Jorge Dezcallar, integrante de una familia diplomática con varios de sus miembros embajadores de España. Cabe señalar que fue Director general para África y Oriente Medio, entre 1985 y 1993, y embajador en Marruecos entre 1997 y 2001. Fue el primer civil que dirigió el Centro Nacional de Inteligencia; con él pasó el CESID a denominarse CNI. Entre 2004 y 2006, representó a España ante la Santa Sede. Fue asimismo nuestro embajador en Washington entre 2008 y 2012. Estados Unidos, ese país donde en 2016 hubo más muertos por armas de fuego (38.000) que por terrorismo en todo el mundo (25.000).
Yo quisiera aquí sacar a la superficie sólo un par de cosas de entre esas páginas. No se trata de que sean las más importantes, pero sí son significativas y valiosas. La primera consiste en una anécdota, la segunda es una reflexión histórica de futuro.
Fernando Morán fue un Ministro de Asuntos Exteriores de España que dio lugar a muchos chistes y chascarrillos. Lo cierto es que Dezcallar lo define como un hombre “bueno, idealista y entrañable”, una magnífica e infrecuente carta de presentación. Cuenta que una vez Morán le dijo con toda naturalidad que ganaba más escribiendo artículos en prensa y revistas que con su anterior cargo de titular del Palacio de Santa Cruz, “lo cual no me extrañó nada”. Esto hoy parece impensable, ciertamente. A mí me hace sonreír puesto que colaboro gratis et amore en algunos medios, quizá no tendría que hacerlo.
El segundo asunto es a propósito de Bernardo de Gálvez. ¿Quién conoce este nombre y lo que hizo? Natural de un pequeño pueblo malagueño, Gálvez fue militar y gobernador de la Luisiana (donde promovió un sistema educativo bilingüe, en francés y en español) y favoreció muy activa y exitosamente la labor de las Trece Colonias estadounidenses para separarse de Gran Bretaña; él y sus tropas obtuvieron decisivas victorias bélicas sobre los británicos. Tan importante fue su ayuda que George Washington reconoció de forma explícita su deuda con España. El presidente Barack Obama firmó en 2014 la resolución del Congreso que le concedía a Gálvez, a título póstumo, la ciudadanía honoraria de los Estados Unidos
A pesar de todo, los estadounidenses lo ignoran todo sobre la aportación de España a su independencia; pero también los españoles. La historia de los Estados Unidos, resalta Dezcallar, ha sido escrita por los WASP (blancos, anglosajones y protestantes), un sector del cual dice que va perdiendo su posición de dominio, tanto demográfica como económicamente. El diplomático mallorquín afirma que un día lo hispanos cambiarán la historia de Estados Unidos que se enseña a los niños en los colegios, y “nosotros desde España debemos contribuir a ese cambio aprovechando que el viento sopla a favor de nuestros intereses”.
Jorge Dezcallar recuerda que el Capitolio de Utah en Salt Lake City, está presidido por una pintura de los padres Domínguez y Escalante, quienes culminaron una expedición, que incluía al cartógrafo Bernardo de Miera, y abrieron desde Nuevo México una ruta hasta las misiones españolas de California. Destaca también que en los confines del estrecho de Juan de Fuca, en lo que hoy se llama Neah Bay (en tierra de los indios Nakaa), junto a Seattle, hubo un fuerte español por el que Canadá no llegó a extenderse más al sur: “Visité a esos indios cuando era embajador en Washington y me enorgulleció ver que, aunque del fuerte original de madera no queda nada, los propios Nakaa han edificado una réplica que llaman Fort Núñez Gaona y que en ella ondea aún hoy a diario la bandera de España”.
Es asombroso que la inmensa mayoría de nosotros no tenga ni idea de estas cosas, ni le interese. Por contra, el estado de error sobre nuestra historia es inconmensurable. ¿Tiene arreglo?