Cultura

"Hoy tiene mala fama la nostalgia pero la literatura está hecha en gran medida de ella"

ENTREVISTA A BÁRBARA BLASCO

José Manuel López Marañón | Lunes 12 de diciembre de 2022

Tras la reseña de La memoria del alambre, publicada el pasado 1 de diciembre en El Imparcial, entrevistamos a su autora, la valenciana Bárbara Blasco.



  • En el capítulo [1] la protagonista-narradora de La memoria del alambre se recuerda a finales de los ochenta, cuando era adolescente. Sobre sí misma declara: «No me interesa conversar, no tengo mucho que decir sobre ningún tema. No poseo opiniones, no poseo juicios, sólo sensaciones». Tres décadas después, convertida en resignada cantante de una orquesta veraniega que versiona canciones, a esta mujer ya adulta que detesta las muestras públicas de afecto la domina un profundo escepticismo a la hora de encarar el amor.
  • El atento lector de su historia (del género bildungsroman o novela de iniciación) acaba comprendiendo que a esta vocalista frustrada la domine el cinismo, un radical cinismo que tiene mucho de defensiva barrera para uso de supervivientes de la prodigiosa década.

    Para quienes aún no leyeron su estremecedora historia… ¿Qué destacaría Bárbara Blasco en este viaje del personaje principal, durante el cual, partiendo de una desubicada juventud llega a convertirse en adulta descreída?

    Creo que a la protagonista después de la novela le está yendo mucho mejor, se ha suavizado su carácter y es más feliz. En la novela la hemos pillado en un momento difícil.

    De ese viaje, destacaría lo importante que es perdonarse a uno mismo y también la necesidad de encontrar al interlocutor correcto a quien contar nuestra historia.

    Destacaría también que crecer es perder pero también ganar. Como apunta la frase que rescatas, en la niñez, en la adolescencia, las sensaciones son muy intensas, y luego se va ganando en pensamiento. Para mí hacerse mayor es sobre todo eso: sentir menos y pensar más. Y me gusta y a la vez me entristece. La literatura es una forma de recordar y de repensar todas esas sensaciones. Aunque hoy tiene mala fama la nostalgia, la literatura está hecha en gran medida de ella, de tratar de atrapar el tiempo, que por supuesto, no se deja atrapar.

  • Al igual que la protagonista, y a pesar de la corta edad, Carla, su inseparable amiga, lleva una desenfrenada vida nocherniega en la que nada falta: bailar sin parar, alcohol, drogas y sexo sin tasa. Con sus ligues de discoteca, así como con esos flirteos con alumnos de su colegio, ambas buscan el placer más inmediato. Pero al aparecer Alfonso, ese chaval de diecisiete años un poco más guapo y rebelde que el resto de sus compañeros, la novela se abre a nuevas trayectorias. Tanto a su amiga como a Carla el chico les gusta, pero es Carla quien a pesar de ocultarlo apuesta fuerte por conquistarlo…
  • ¿Hasta qué punto cree usted que «ese amor que no se atreve a decir su nombre» modifica la errabunda existencia de Carla?

    Yo creo que no es la causa fundamental aunque sí es la gota que colma el vaso.

    Claro que el amor es importante para cualquiera. El amor no como sumisión, no como forma de ganarse la vida (hasta hace no mucho, una mujer no podía abrirse una cuenta bancaria propia, tenía que vivir la ilusión del amor casi como una forma de vida) sino como lo único que nos salva del sinsentido.

    Pero el germen del amor (y del dolor) en la novela está mucho antes, en lo familiar, y es ese el que mata a Carla.

  • Tanto César como Amelia, los padres de Carla, son vistos negativamente por la narradora de La memoria del alambre. A sus ojos, ella se muestra como alguien instalada en la hipocresía, aferrada a su idea social de esposa y madre. Él, violinista en la orquesta sinfónica de Valencia, un hombre atractivo descrito como «una especie de dios doméstico o gran hermano», oculta una arrasadora promiscuidad cuya ola devora hasta menores. A pesar de estos devastadores retratos, en el capítulo [8] la narradora reconoce que«Los padres de antes parecíais padres de verdad, padres por derecho, padres con carnet. Nosotros seguimos siendo niños que juegan a ser adultos, que engendran criaturas imposibles».
  • En estos tiempos más domesticados desde un punto de vista educacional que aquellos otros, de mayor rudeza, durante los años ochenta y noventa, ¿no resulta paradójicamente más complicado enderezar a los hijos?

    Sí, se da esa paradoja. Yo siempre digo que los de mi generación somos un poco pringados en este tema: nos tocó ser hijos cuando los hijos no pintaban nada, cuando los padres mandaban y los niños obedecíamos sin rechistar, y nos ha tocado ser padres cuando los hijos deciden mucho y todo gira a su alrededor. Como dice Zygmunt Bauman en Amor líquido, hubo una época en las que los niños eran productores, suponían incrementar la riqueza para sus padres. Hoy los hijos son un lujo, un objeto de consumo emocional.

    Respecto a cómo nos influyen, yo creo que la familia (o las personas con las que nos criamos) nos marcan muchísimo, más de lo que podemos racionalizar. Incluso negándolos, nos construimos a partir de ellos, forman parte de nuestra identidad. El hogar del niño es una maqueta a gran escala del mundo, configura su idea primigenia.

    Claro que tampoco hay que caer en el determinismo, hay algo por encima en el carácter, en la esencia, que no sé bien de dónde viene y que tira con fuerza.

  • Estoy convencido de cómo lo que diferencia realmente a una generación es su música, una música muy difícil de compartir con otras generaciones (bien posteriores o venideras). La cantante de la Orquesta Maravillas permanece anclada en grupos y canciones de los ochenta («se oían guitarras en las discotecas, aunque fueran las de Hombres G, antes de la mákina, el house, la electrónica… La victoria del frio», se lee en el capítulo [1]). Tocar éxitos del momento supone despersonalizarse. Las puyas de esta vocalista hacia Bisbal, Baute, Marta Sánchez o La oreja de Van Gogh son sangrantes. «No tendremos música, pero ¿a quién le importa la música cuando está hasta el cuello de mierda?» dice en el capítulo [2].
  • Hago propias las sensaciones que a esta mujer produce lo que se escucha hoy (la música está peor que la literatura, hay que reconocerlo), pero ¿no estará procediendo nuestra generación con la música actual como hacían nuestros padres con los cantantes que tanto nos gustaban?

    Esto es un mantra que se repite mucho últimamente, no critiques el reggeatón so pena de ser tachado de viejuno. Creo que vivimos tiempos de terror al envejecimiento, de adoración extrema a la juventud. Pues no, con todos los ritmos latinos maravillosos que hay, que se haya impuesto el reggeatón es una pequeña tragedia. A uno le puede gustar más o menos una música, pero si tiene criterio, reconoce su calidad.

    Yo viví la adolescencia ochentera, por lo que la música de aquellos años tiene connotaciones emocionales imborrables para mí. Y sin embargo, objetivamente, me parece mejor la música de los 60 o la de los 70. Hay que tener criterio además de opinión y sentimiento.

  • La vocalista; Paco, guitarra y clarinete; Lucas, el líder de la Orquesta Maravillas que debe dejar la gira porque va a ser padre y que es sustituido por Chip; Jaime el baterista, consumidor de sexo de pago; Juan Carlos, el que hace el giro de Bisbal y tiene sexo, en la parte de atrás del escenario, con espectadoras… Ha creado usted un sugerente grupo humano el cual, aun prodigiosamente perfilado, me deja la particular impresión de haber sido poco aprovechado…
  • ¿No tuvo tentaciones de ampliar la parte de La memoria del alambre que ocurre en la actualidad?

    Sí, tal vez debí profundizar más. Y sí he tenido ganas de arrastrarla hasta la actualidad, al menos musicalmente. Porque la historia transcurre en el presente en el año 2008, con esas canciones tontorronas y muy producidas. No sé qué pensaría hoy la protagonista del reggeatón.

  • Para todos los que hemos quedado seducidos con este libro…
  • ¿Qué puede decirnos de su premiada novela Dicen los síntomas? ¿Es tan contundente y despiadada como La memoria del alambre?

    Contundente y despiadada, jeje. Puede que lo sea también aunque tiene un final esperanzador. Para mí la literatura es ese lugar donde hablar sin tapujos, donde poder mostrar las caras ocultas de la realidad, donde la conciencia interior fluye y se habla con toda sinceridad (no confundir con la «sinceridad» de las redes sociales, donde muchas veces no hay espacio para el matiz y sí para el insulto impune). Es verdad que mis protagonistas pueden parecer bordes pero es porque viven situaciones difíciles. La literatura es conflicto y también alguna luz sobre cómo resolverlo, o al menos manejarlo.

    Por último, ¿puede darnos noticia de algún escritor que especialmente aprecie, tanto como lectora como a la hora de ser una referencia en su trabajo de autora?

    Pues en estilo, creo que no hay nadie que supere a Umbral. Me encanta la ironía y el humor inteligentísimo de Lorrie Moore, me gusta la mirada literaria de Alejandro Zambra, la tensión y el increíble trabajo con el lenguaje de Mariana Enríquez. Recientemente he descubierto a Kathryn Harrison con El beso, a HélèneBesset con Veinte minutos de silencio, y ahora estoy disfrutando mucho con la estadounidense Joy Williams.

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