Tras la reseña de La memoria del alambre, publicada el pasado 1 de diciembre en El Imparcial, entrevistamos a su autora, la valenciana Bárbara Blasco.
El atento lector de su historia (del género bildungsroman o novela de iniciación) acaba comprendiendo que a esta vocalista frustrada la domine el cinismo, un radical cinismo que tiene mucho de defensiva barrera para uso de supervivientes de la prodigiosa década.
Para quienes aún no leyeron su estremecedora historia… ¿Qué destacaría Bárbara Blasco en este viaje del personaje principal, durante el cual, partiendo de una desubicada juventud llega a convertirse en adulta descreída?
Creo que a la protagonista después de la novela le está yendo mucho mejor, se ha suavizado su carácter y es más feliz. En la novela la hemos pillado en un momento difícil.
De ese viaje, destacaría lo importante que es perdonarse a uno mismo y también la necesidad de encontrar al interlocutor correcto a quien contar nuestra historia.
Destacaría también que crecer es perder pero también ganar. Como apunta la frase que rescatas, en la niñez, en la adolescencia, las sensaciones son muy intensas, y luego se va ganando en pensamiento. Para mí hacerse mayor es sobre todo eso: sentir menos y pensar más. Y me gusta y a la vez me entristece. La literatura es una forma de recordar y de repensar todas esas sensaciones. Aunque hoy tiene mala fama la nostalgia, la literatura está hecha en gran medida de ella, de tratar de atrapar el tiempo, que por supuesto, no se deja atrapar.
¿Hasta qué punto cree usted que «ese amor que no se atreve a decir su nombre» modifica la errabunda existencia de Carla?
Yo creo que no es la causa fundamental aunque sí es la gota que colma el vaso.
Claro que el amor es importante para cualquiera. El amor no como sumisión, no como forma de ganarse la vida (hasta hace no mucho, una mujer no podía abrirse una cuenta bancaria propia, tenía que vivir la ilusión del amor casi como una forma de vida) sino como lo único que nos salva del sinsentido.
Pero el germen del amor (y del dolor) en la novela está mucho antes, en lo familiar, y es ese el que mata a Carla.
En estos tiempos más domesticados desde un punto de vista educacional que aquellos otros, de mayor rudeza, durante los años ochenta y noventa, ¿no resulta paradójicamente más complicado enderezar a los hijos?
Sí, se da esa paradoja. Yo siempre digo que los de mi generación somos un poco pringados en este tema: nos tocó ser hijos cuando los hijos no pintaban nada, cuando los padres mandaban y los niños obedecíamos sin rechistar, y nos ha tocado ser padres cuando los hijos deciden mucho y todo gira a su alrededor. Como dice Zygmunt Bauman en Amor líquido, hubo una época en las que los niños eran productores, suponían incrementar la riqueza para sus padres. Hoy los hijos son un lujo, un objeto de consumo emocional.
Respecto a cómo nos influyen, yo creo que la familia (o las personas con las que nos criamos) nos marcan muchísimo, más de lo que podemos racionalizar. Incluso negándolos, nos construimos a partir de ellos, forman parte de nuestra identidad. El hogar del niño es una maqueta a gran escala del mundo, configura su idea primigenia.
Claro que tampoco hay que caer en el determinismo, hay algo por encima en el carácter, en la esencia, que no sé bien de dónde viene y que tira con fuerza.
Hago propias las sensaciones que a esta mujer produce lo que se escucha hoy (la música está peor que la literatura, hay que reconocerlo), pero ¿no estará procediendo nuestra generación con la música actual como hacían nuestros padres con los cantantes que tanto nos gustaban?
Esto es un mantra que se repite mucho últimamente, no critiques el reggeatón so pena de ser tachado de viejuno. Creo que vivimos tiempos de terror al envejecimiento, de adoración extrema a la juventud. Pues no, con todos los ritmos latinos maravillosos que hay, que se haya impuesto el reggeatón es una pequeña tragedia. A uno le puede gustar más o menos una música, pero si tiene criterio, reconoce su calidad.
Yo viví la adolescencia ochentera, por lo que la música de aquellos años tiene connotaciones emocionales imborrables para mí. Y sin embargo, objetivamente, me parece mejor la música de los 60 o la de los 70. Hay que tener criterio además de opinión y sentimiento.
¿No tuvo tentaciones de ampliar la parte de La memoria del alambre que ocurre en la actualidad?
Sí, tal vez debí profundizar más. Y sí he tenido ganas de arrastrarla hasta la actualidad, al menos musicalmente. Porque la historia transcurre en el presente en el año 2008, con esas canciones tontorronas y muy producidas. No sé qué pensaría hoy la protagonista del reggeatón.
¿Qué puede decirnos de su premiada novela Dicen los síntomas? ¿Es tan contundente y despiadada como La memoria del alambre?
Contundente y despiadada, jeje. Puede que lo sea también aunque tiene un final esperanzador. Para mí la literatura es ese lugar donde hablar sin tapujos, donde poder mostrar las caras ocultas de la realidad, donde la conciencia interior fluye y se habla con toda sinceridad (no confundir con la «sinceridad» de las redes sociales, donde muchas veces no hay espacio para el matiz y sí para el insulto impune). Es verdad que mis protagonistas pueden parecer bordes pero es porque viven situaciones difíciles. La literatura es conflicto y también alguna luz sobre cómo resolverlo, o al menos manejarlo.
Por último, ¿puede darnos noticia de algún escritor que especialmente aprecie, tanto como lectora como a la hora de ser una referencia en su trabajo de autora?
Pues en estilo, creo que no hay nadie que supere a Umbral. Me encanta la ironía y el humor inteligentísimo de Lorrie Moore, me gusta la mirada literaria de Alejandro Zambra, la tensión y el increíble trabajo con el lenguaje de Mariana Enríquez. Recientemente he descubierto a Kathryn Harrison con El beso, a HélèneBesset con Veinte minutos de silencio, y ahora estoy disfrutando mucho con la estadounidense Joy Williams.