Opinión

¿Existe el Diablo?

TRIBUNA

José María Méndez | Miércoles 14 de diciembre de 2022

Esta pregunta no tiene respuesta racional. Nadie puede probar que existe el Diablo y nadie puede probar que no existe. No es cuestión de conocer o no conocer, sino de creer o no creer. No cuenta aquí el entendimiento, sino la voluntad. Personalmente, yo creo que existe. Pero mi voluntad o libertad positiva tiene pleno dominio sobre una única persona, yo mismo.

Con todo, y sin salirnos del ámbito de lo racional, tiene sentido hablar de la posibilidad de que existan ángeles y demonios. O sea, como hipótesis. Pueden existir, dado que el concepto que nos hacemos de ellos es incontradictorio. Se trata de seres no corporales como nosotros, aunque con algún tipo de materialidad que les constituya como individuos repetibles. Además serían poseedores de los operadores lógicos. Serían capaces del pensamiento y estarían dotados de libertad positiva. Podrían crear el bien y el mal ”ex nihilo”. Serían los únicos y exclusivos responsables de sus decisiones y acciones.

En realidad, se trata de la vieja distinción materia-forma. Lo curioso es que nos hacemos perfecta idea de su forma, que en substancia consiste en el don de los operadores lógicos. En esto son iguales a nosotros. En cambio, no tenemos la menor idea de cuál pueda ser su materia, lo que les convierte en individuos distintos unos de otros. En nuestra ignorancia, los imaginamos como si fueran niños.

¿En qué terreno intelectual habría que colocar, por tanto, el texto que viene a continuación en este artículo? Ya lo hemos dicho: lo razonable como hipótesis, lo que sin ser racional “in toto”, tampoco es irracional. En este intermedio nivel intelectual brindo un par de comentarios al lector, no con el ánimo de convencerlo de nada, sino únicamente con el deseo de facilitarle una información, que puede serle útil para tomar la decisión, obligada para todos, de elegir entre creer que sí existe el Diablo o creer que no existe.

En el libro titulado ”Informe sobre la fe” (BAC 1985), en que Vittorio Messori transcribe las respuestas del entonces Cardenal Ratzinger a sus preguntas, éste último relata que, cuando fue nombrado Arzobispo de Munich, un colega suyo en la docencia universitaria le regaló un libro con el significativo título “Adiós al Diablo”. No se menciona el nombre del autor, ni merece la pena averiguarlo. Sólo se dice que era profesor de exégesis en la Universidad de Tubinga. Intentaba probar la inexistencia del Diablo.

Pretender demostrar que el Diablo no existe es ya ir contra la lógica, como se dijo al principio. Pero en este caso se añade la sandez complementaria de buscar razones para la propia opinión en la misma Biblia. O sea, forzar a la Escritura a decir todo lo contrario de lo que paladinamente afirma. Como observa el propio Ratzinger, “la autoridad a la que apela no es la misma Biblia, sino la visión del mundo predominante en la época del biblista” (Pag. 159). O sea, la vigente actualmente en nuestra sociedad occidental.

El primer comentario que ofrezco consiste en que, si nos instalamos en la

hipótesis de que el Diablo existiese de hecho, nada le podría convenir tanto como convencer a la gente de que no existe. Si estuviese en su mano inspirar a un profesor de exégesis para que escribiese tal libro, estaría ciertamente apuntándose un éxito de gran utilidad para su intereses.

Dicho de otro modo. Si yo recibiese el libro en cuestión, por supuesto no haría caso alguno de su contenido. Intenta demostrar lo que es imposible demostrar. Sin embargo, se levantaría en mí la sospecha de que el mismísimo Diablo estuviese detrás de tal profesor de exégesis. O sea, todo lo contrario de la intención del autor del libro.

Igualmente, si ahora se ha extendido socialmente la convicción de que el Diablo no existe, este hecho es ya igualmente sospechoso en sí mismo. Hay que tomarlo en principio como un indicio a favor de la existencia del Diablo. Es lo que más le conviene, lo que más le favorece. Que la mayoría de la gente esté convencida hoy día de que el Diablo no existe hace surgir de nuevo la sospecha de que el Diablo esté también detrás de este hecho social.

Repito. No digo que el Diablo exista, sino que, si existiese, nada le convendría tanto como pasar desapercibido y no llamar la atención.

El segundo comentario se refiere a dónde o en qué ámbito podemos esperar que sea detectable una hipotética acción diabólica.

No ciertamente en las personas corrientes, que ya nos dedicamos a introducir suficiente mal en el mundo con nuestra avaricia, lujuria, envidia, rencores y demás pasiones humanas. La gran mayoría de los humanos le damos el trabajo hecho al Diablo. Puede dispensarse del esfuerzo de empujarnos hacia el mal. Ya nosotros nos encargamos con acreditada eficacia de llenar este mundo de crímenes, traiciones, abusos e injusticias.

Lo razonable, por tanto, es que el Diablo se reserve para los casos excepcionales de los santos. Ese sería su mejor éxito, su mayor satisfacción, su más codiciado trofeo. Así se hace constar ya en el Libro de Job. Se trata de tentar y vencer la resistencia de un verdadero santo. Ese sería el desafío o el reto adecuado para el Diablo. En cambio, tentar a los que ni siquiera le opondrán resistencia, no merece la pena. El hombre medio o normal ya se encarga de hacer el mal, sin necesidad de que el Diablo le estimule, como antes dicho.

Por citar un santo al que muchos de los que ahora vivimos pudimos verlo en televisión, o quizá en persona, recordemos al Padre Pío de Pietralcina. Contó que el Diablo le atacó en forma de un enorme perro de color negro. Pero puedo ofrecer un testimonio de primera mano. Yo oí contar a San Josemaría, el Fundador del Opus Dei, cómo en una ocasión, al abrir la puerta del ascensor, éste no estaba. Si hubiera efectuado rutinaria y mecánicamente los movimientos a que estamos habituados en tales ocasiones, hubiera caído por el hueco del ascensor. Y añadió el comentario de que quizá pudo haber sido el Diablo.

Las empresas constructoras de ascensores se esfuerzan de modo especial en que esa eventualidad no ocurra nunca. Y muy probablemente el amable lector coincidirá conmigo en que a él tampoco le ha sucedido nunca tal cosa. Lo razonable de esta segunda observación estriba en que eso le ocurriera precisamente a una persona de cuya santidad no tengo la menor duda. Es precisamente en la vida de las

personas santas donde con más probabilidad podemos encontrar las huellas de una posible acción diabólica. Así ocurre de hecho, al menos en la medida en que conocemos en detalle sus biografías.

¿Qué decir de la posesión diabólica en personas alejadas de esa excepcional santidad? Volvemos a las personas corrientes. Según el común parecer, se dan estos casos. En ellos se excita al máximo la atención del público curioso. Y nada menos que la Iglesia hace entrar en escena a sus exorcistas. No hay nada más truculento, morboso e intrigante para la gente que los espantosos gritos y las rabiosas pataletas de un “endemoniado”.

Pero, si lo que conviene al Diablo es pasar desapercibido, no se entiende bien que se dedique justo a lo contrario. No se entiende qué ventaja podría sacar del Diablo de estos fáciles e inútiles triunfos, que además son lo opuesto a su conveniencia de no llamar la atención. Pues ahora no se trata de santos, sino de personas corrientes y ordinarias.

Yo soy escéptico en este punto. No cuadra que el Diablo pierda el tiempo en estas pequeñeces, que además van contra su interés en que no se hable de él. Ya dispone en el mundo de colaboradores tan eficaces como Hitler o Putin. Los dos comentarios anteriores apuntan a esta sencilla conclusión.

Dicho de otro modo. No veo en estos truculentos casos nada de razonable en hipótesis. No conviene al Diablo llamar la atención, y no se trata de personas estimadas como santas. Más bien, sólo encuentro aquí el enorme vacío de la ignorancia de la ciencia médica en cuanto a las enfermedades y trastornos de la psique humana. Sin duda combinada con la no menos enorme capacidad de los humanos para hacer teatro, de modo más o menos inconsciente.

Supongamos, en cambio, que alguien me asegurase que detrás del movimiento LGTBI está al mismísimo Diablo, y que sus promotores y dirigentes ni siquiera se dan cuenta de esta influencia demoníaca. Eso ya me parecería más verosímil y en total acuerdo con las intenciones y habilidades que atribuimos a Satanás.

Terminemos recordando el dicho popular en Galicia: “yo no creo en las meigas… pero haberlas, haylas”. La frase es contradictoria en apariencia. Pero no lo es tanto, si tenemos en cuenta lo antes dicho. Deja margen para lo que aquí calificamos de “hipotéticamente razonable”. La vieja sabiduría popular refleja muy bien, a mi juicio, la hipótesis en que se sitúan los dos comentarios que antes he formulado.

En conclusión, antes de tomar la obligada decisión de creer o no creer, de admitir o no la existencia del Diablo, me permito aconsejar a quien esto lea que tenga en cuenta las dos reflexiones anteriores, pensadas únicamente en la hipótesis de que el Diablo “puede” existir. O sea, con independencia de que exista o no exista de hecho.