Cultura

El público del Real aplaude entusiasmado el estreno de La Sonnambula de Bellini

ÓPERA

Isabel Cantos | Viernes 16 de diciembre de 2022
Con este magnífico estreno el coliseo madrileño ha sabido satisfacer el gusto de su público más exigente. Ya desde el aria inicial de Amina en la escena primera del primer acto, los aplausos y los bravos se sucedieron en medio de la representación y ésta concluyó con una prolongada y muy merecida ovación a todo el equipo artístico. En definitiva, un estreno redondo como los que hacía tiempo que no se vivían en Madrid, con momentos cercanos al delirio colectivo y que bien podría convertirse en un referente.

Vuelve así y por todo lo alto una ópera injustamente poco representada (en el Teatro Real ha estado ausente de la programación durante veintidós años), pese a constituir una de las joyas del repertorio belcantista. Es uno de los frutos de los encargos que en 1831 el novel Teatro Carnano de Milán, inaugurado hacía tan solo treinta años, hizo a Vincenzo Bellini y a Gaetano Donizetti para que compusieran sendas óperas con las que competir en prestigio con la poderosa Scala milanesa, inaugurada en 1778.

Bellini (1801-1835), en cuyas óperas destaca la melodía enfática y románticamente desbordada, pero a la vez sensible y profunda (cualidades que influirían más tarde en Verdi, Wagner o Chopin), en respuesta al encargo del teatro Carnano pensó primero en musicar Hernani de Víctor Hugo, pero finalmente y para evitar los inconvenientes de una posible censura se decidió por el tema de la sonámbula. Basó la partitura en la pantomima para ballet La sonnambule o L’arrivée d’un Nouveau signeur (1827) de Eugène Scribe. Con su estreno en 1831, el compositor de Catania cosechó uno de los mayores éxitos de su carrera.

Paralelamente, los gerentes del Carcano habían contratado a algunas de las mejores estrellas operísticas del momento, entre las que se encontraban el tenor italiano Giovanni Battista Rubini, que daría vida a Elvino, pareja escénica de Amina (la sonámbula), y una indiscutible prima dona de la época, la soprano italiana Giuditta Pasta, que se encargaría del rol femenino protagonista.

Conviene detenerse un momento en comentar la voz de esta soprano, extraordinaria como la de su contemporánea Maria Malibran, y admirarse por los prodigiosos instrumentos de estas dos cantantes. Ambas acuñaron con sus voces dos términos sobre su tipo de voz, el de soprano sfogato (que corresponde a una cantante con registro de contralto o de mezzosprano dotada de una escala amplísima y, por lo tanto, con gran facilidad para los sobreagudos) y el de soprano dramatico d’agilità, o soprano dramática de coloratura (un tipo de voz muy poco común caracterizada por su tremenda versatilidad, que domina el trino, los staccati y la messa di voce, y que puede imprimir el carácter necesario tanto a los pasajes más dramáticos como a los más intimistas). En realidad, muchos de los roles que interpretaron estas magníficas sopranos habían sido creados específicamente para su voz, que ofrecía unas posibilidades a las que ningún compositor belcantista que se preciase estaba dispuesto a renunciar. En el siglo XX Maria Callas, que cantó el rol titular de La sonnambula en el Teatro alla Scala de Milán en 1966 bajo la dirección de Leonard Bernstein y de Luchino Visconti, inmortalizaría definitivamente al personaje. En los años que siguieron el papel sería interpretado habitualmente por sopranos lírico-ligeras y terminaría durante años encasillado dentro del repertorio de este tipo de voz, que satisface sobradamente el requisito de la coloratura, pero que carece de los quilates dramáticos que, tal como fue concebido por Bellini, impone el personaje.

El anterior comentario sobre las tesituras de soprano viene aquí muy al caso porque Nadine Sierra, la soprano neoyorquina que en el estreno del jueves deleitó al público con su interpretación de Amina, reúne todas las cualidades vocales que el exige el personaje, hasta el punto de que quien esto suscribe se atrevería humildemente a afirmar que su actuación es lo mejor que ha escuchado y visto en el Real. De su buen hacer vocal y dramático, igual en calidad durante toda la función (el personaje está casi permanentemente en escena) hay que destacar el último acto, que mantuvo literalmente en vilo a los asistentes durante prolongados minutos, dado que, encaramada al tejado de la iglesia y en ficticio estado de sonambulismo (un arnés apenas perceptible la aseguraba a la estructura mientras ella se tambaleaba y amenazaba con precipitarse al vacío, entre cambrés, estiramientos y otras maniobras corporales) protagonizó uno de los momentos más logrados que pueda haber acogido este teatro y dejó al público literalmente sin respiración; de tal magnitud fue el efecto conseguido por la directora de escena Bárbara Lluch.

De la apuesta escénica de esta sonnambula hay mucho que hablar; lo cierto es que merecería un comentario que excede de los objetivos de esta crónica. Hubo quienes echaron en falta algo de luz, al menos en los momentos argumentales que se desarrollan a pleno día (y es que la obra está ambientada en los Alpes suizos), y quienes valoraron el claroscuro -que podría haber alabado el mismo Zurbarán-, una constante en todos los cuadros escénicos. Otro elemento que se prestó a interpretaciones diversas fue el uso casi constante del ballet acompañando al personaje titular. Sus responsables han sido Iratse Ansa e Igor Bacovich, que han realizado un trabajo excelente en esta producción, facilitando ingeniosamente el movimiento escénico y captando en los momentos convenientes la atención del espectador.

El papel masculino protagonista corrió a cargo del español Xabier Anduaga, que recientemente cantó en el Real en Lakmé de Delibes. Este jovencísimo tenor tiene una proyección vocal franca y natural, ideal para su personaje. Premio Operalia en 2019, su juventud permite presentir que será protagonista de muchas gratas veladas en el coliseo madrileño.

En el papel de Lisa cantó la madrileña Rocío Pérez. Esta soprano ligera fue creciéndose y afianzándose durante la función y compartió ovaciones con su compañera femenina de reparto, rival en la ficción. También merece destacarse el bello color vocal, con un perceptible velluto, de la mezzosoprano italiana Monica Baccelli, en el papel de la madre de Amina. En el papel del conde Rodolfo cantó el bajo italiano Roberto Tagliavini.

Finalmente, el Coro del Teatro Real, al frente de Maspero, siguió aportando evidencias de su extraordinaria profesionalidad.

La sonnambula que ahora se ofrece en Madrid es una producción totalmente nueva del Teatro Real en coproducción con el Teatro Nacional de Tokio, el Gran Teatre del Liceu de Barcelona y el Teatro Massimo de Palermo, bajo la dirección musical del maestro italiano Maurizio Benini, especializado en este tipo de repertorio.

Se ofrecerán 13 funciones de La Sonámbula entre los días 15 de diciembre y 6 de enero.