Sir Elton John se despide de los escenarios en 2023, habiendo cumplido los setenta y cinco de sus años, los sesenta de dedicación al público (teclista de Bluesology en 1962, con su nombre de pila, Reginald Dwight) y los cincuenta de su obra maestra, el doble disco Goodbye Yellow Brick Road (1973), donde influyó para que costara lo mismo que un long play normal, gracias a lo cual un servidor lo adquirió cuando, quinceañero un tanto pelado como estaba y antes de tener tocadiscos, lidiaba con las cintas de casete que se enganchaban en los magnetófonos. De la importancia de aquella obra da fe, incluso para quien la desconozca, el título de la gira final planetaria que el músico inició en 2018: Farewell Yellow Brick Road. La segunda acepción de farewell (despedida) significa un adiós enfático, a pesar de que su forma nos parezca tan suave. El Gran Diccionario Oxford acude con un «¡Vaya con Dios!» entre las traducciones. Ahora bien, si la canción que daba título a aquel doble LP evocaba el abandono de la ingenuidad, el camino empedrado de losetas amarillas a lo Mago de Oz, este Farewell testifica que deja un camino tras de sí en verdad rutilante. ¿Y por qué, dirá alguno, no aguanta el bueno de Elton unos años más, al modo de Paul McCartney, octogenario, o Mick Jagger y Keith Richards, a punto de serlo? El cantante quiere pasar más tiempo con sus hijos; además, sospecho que no es exactamente lo mismo ser solista, o acompañante, con guitarra, bajo o teclado ocasional, que templar o atacar durante dos horas un piano, modulando y cambiando de registro, desde lo más melódico a lo más roquero.
Lo cierto es que en Goodbye Yellow Brick Road cabe decir que está todo Elton John, a manera de programa de intenciones: se inicia con órgano y piano (el instrumental «Funeral for a Friend») y concluye con la balada in crescendo «Harmony»; entremedias: blues, temas formales, hasta informales, y rocks tan enérgicos y contagiosos como «Saturday Night´s Alright». También, por supuesto, el dulce tributo a Marilyn, «Candle in the Wind», cuya letra fue adaptada para el funeral de Lady Di. Tampoco puede entenderse del todo la redondez de la obra sin las letras de un poeta llamado Bernie Taupin, que ha colaborado con Elton en la mayor parte de su carrera.
Ésta tuvo un progreso apoteósico desde 1972 hasta 1976. Pocos años pero intensos. Se erigió en una estrella indiscutible en una década que parecía reservada, especialmente, a los solistas de menor o mayor duración, caso de David Bowie, quien había legado su masterpiece en 1972, The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders fron Mars. De modo que la primera vez que me topé con él, allá por el 78, ya las luces de fiesta parecían menos luminosas. Recuerdo que encendí la radio y empecé a escuchar una canción ya iniciada, pero me pareció de un desarrollo, un toque, un flow, como se dice ahora, y un final tan perfectos que, sin saber de dónde ni de quién venía, me dejó estéticamente noqueado. En poco tiempo, cuando volvió a emitirla la cadena, descubrí que se titulaba «Part Time Love» y que la lanzaba un tal Elton John, alguien vestido rigurosamente de negro en la carátula del álbum A Single Man. Desconocía la particularidad de este disco: el cantante sin sus legendarias gafas y sin su no menos legendario letrista. Había dicho basta a todo eso, justo tras el éxito masivo de Don´t Go Breaking My Heart (1976), a dúo con Kiki Dee, y tres años después de su tentativa de suicidio. «Un hombre solo» era un álbum sin mayores pretensiones que las de la calidad, pero finalizaba con un instrumental memorable, «Song for Guy»: la canción para el chico, el de los recados del estudio de grabación, que enredaba por ahí con la esperanza de entrar en el mundo de la música, frustrada trágicamente por un atropello mortal en una de sus salidas. Elton compuso y le dedicó la canción más hermosa del LP, una de las sublimes de su trayectoria.
Imagínenme por un momento con acné y pretendiendo impresionar a la chica que me gustaba de segundo de bachillerato, hablándole maravillas de la versión de «Johnny B. Goode» de Chuck Berry, por el amigo Elton. Ella me echó un jarro de agua fría al contraatacar con «Message in a Bottle» de The Police. Ciertamente, en aquel 1979 de Victim of Love (no desde luego su mejor disco, un intento fallido de sumarse a la música disco ya en declive), la New Wave empezaba a enseñorearse del pop-rock, e incluso lo punk iba en retroceso. Elton, ni una cosa ni la otra, era considerado poco menos que una antigualla, alguien dedicado a fabricar meros standards, justo en un momento en que empezaba a abrirse el jugoso melón de la música de los ochenta. Así que yo llegaba tarde, pero no piensen que me arrugué. Asistí al lento reencontrarse de esa estrella entonces algo solitaria («Shooting Star», otra joya de A Single Man). Pero debía reconocer que sí, que en esos años valle expedía un standard tras otro, que cumplía con el expediente. Lo único que podía alegar es que nadie los preparaba como él. Un tipo que con once años es becado para iniciar una carrera de piano clásico en The Royal Academy of Music de Londres por sus excepcionales dotes, ya me dirán si no podía urdir una canción contagiosa y simpática con la suficiente honestidad mientras se afeitaba. No son cualquier cosa esas composiciones pegadizas, de igual modo que los finales eltonianos no son simples terminaciones; pocos han regalado unas variaciones tan irresistibles mientras el estribillo se va repitiendo hasta que se oscurece (escuchen el de Don´t Go Breaking My Heart, pongo por caso). 21 at 33 (1980) y The Fox (1981) sirvieron de lianas para mantener los avances, continuando el esquema de A Single Man. Sin embargo, en el último trabajo brillaba una pieza que hace pensar lo que hubiera podido aportar este caballero de haberse dedicado al estilo del conservatorio, pues sin duda «Carta – Etude», que iniciaba la cara b, es una majestuosa muestra de música clásica. No ha repetido el desafío, pero queda junto con la primera parte de «Tonight» (Blue Moves, 1976) y los instrumentales antedichos, o incluso el ragtime interior de «Bennie and the Jets» (1973), como clave suficiente de su excelencia en los cortes no vocales. De Jump Up! (1982) despuntan su delicioso standard a lo crooner de «Blue Eyes» y la conmovedora «Empty Garden (Hey Hey Johnny)», dedicada a su amigo John Lennon, asesinado dos años antes; hay que reconocerle la elegancia, la lealtad, de esperar ese tiempo antes de tributarle. 1983 fue el año del regreso a la radiante visibilidad de antaño, álbum en que contaba por entero con Bernie Taupin, quien había entregado espaciadas dosis en los tres vinilos previos. Ese derroche de calidad llevó por título Too Low for Zero, y contenía el célebre canto de autoafirmación «I´m Still Standing». De entonces acá, con mayor o menor periodicidad, Elton ha venido comunicando sus salvas de talento ya sin la presión del número uno, aunque lo alcanzara desde luego, y en forma de oscar, con «Can You Feel the Love Tonight», de la banda sonora de El rey león, de la Disney, en 1995.
De todas maneras, lo hasta aquí hablado pertenece a los lindes de la añadidura, de la sobreabundancia. Lo decisivo de Elton John se produjo, ya dije, entre 1972 y 1976, incluso algo antes, y es por ello que el repertorio de su gira de despedida incida significativamente en esa etapa (por lo que parece que se está viendo, o escuchando); de modo que buena forma de completar este artículo sea referirme mínimamente a algunos de esos temas. Ah, y hagan un poco de abstracción del sujeto extravagante de las gafas y las vestimentas imposibles en los años de las ventas millonarias, aunque simpaticemos con esa falta de complejo. Él mismo llegó a reconocer que, no contando con el atractivo de un Bowie o un Jagger, de algún modo tenía que llamar la atención (y tanto). Tampoco influye mucho en el resultado de su obra el testimonio de su homosexualidad en tiempos cuya confesión aún podía ser delicada para la fama, ni otros gestos de compromiso y apoyo a esta y otras causas, sin restar un ápice al valor de su ejemplo.
Lógicamente, no podían faltar en el listado de Farewell las composiciones señeras de la primera etapa; sí, la anterior a la de los disfraces, el show, las performances que explosionaban en el 72 con Don´t Shoot Me I´m Only the Piano Player, y las centellas al éxito de «Crocodile Rock» o «Daniel». Son esas obras para entendidos, plenas de sentimiento y sutileza, como «Tiny Dancer» o «Indian Sunset» (álbum Madman Across the Water, 1971), con aire de espirituales como «Border Song» (álbum Elton John, 1970) o simplemente perfectas (a juicio, por ejemplo, de Mick Jagger) como «Your Song», del mismo long play; pero también las desmedidamente vibrantes como «The Bitch is Back» (Caribou, 1974) o la citada «Saturday Night´s Alright» (Goodbye Yellow Brick Road), traca final, a veces con confetis y globos, con que suele concluir los conciertos desde hace mucho, y toda su banda estallando en una cascada de ritmo; y desde luego y sobre todo, la mítica «Rocket Man» (Honky Château, 1972), coincidente con «Space Oddity» de Bowie en la figura de un astronauta como metáfora de la soledad, al margen de que diera título a su biopic de 2019, dirigido por Dexter Fletcher e interpretado por Taron Egerton. Igualmente se incluye la melancólica «Someone Saved My Life Tonight», del semiautobiográfico Captain Fantastic and the Brown Dirt Cowboy (1975), una de sus piezas cumbre. Siento comprobar que, de momento, no aparece el doble corte final de ese disco, «We All Fall in Love Sometimes / Curtains», porque se da la circunstancia de que no sólo es mi canción favorita del álbum sino de toda la producción eltonjohniana. Considero que si el músico sólo hubiera compuesto e interpretado esa maravilla inclasificable, con acentos renacentistas, templado dolor y campanas finales acompasándose con los coros, ya tendría garantizado un lugar en la música. No es de las más conocidas, mas sin duda es de las imprescindibles. Verdad es que exige un sobreesfuerzo vocal cuando ya Elton ha cambiado su timbre de tenor por el de barítono, aunque su voz siga siendo difícil de imitar. Eso se lleva.
Recuerdo que en aquellos años complicados tras el 76, es decir, alrededor de 1980, curiosamente dos mujeres, una familiar y una amiga, me confesaron por las mismas fechas que si se acababa el mundo la canción que elegirían sería una de Elton John. No puede haber mayor elogio, me parece, pese al carácter algo pesimista del contexto. Sin llegar tan lejos, yo apuesto por la que he dicho para enseñar a un neófito del cantante de las gafas inusuales hasta dónde es capaz de llegar este creador. Elton dice farewell, pero tengo para mí que la música no le va a poner fácil la despedida. Vuelva a pisar un escenario o no, seguro que aún nos reserva alguna pieza mágica.