Opinión

El sentido común de Chesterton

TRIBUNA

José María Méndez | Miércoles 21 de diciembre de 2022

Hubo dos conversiones en Chesterton. La primera desde el escepticismo total al cristianismo. La segunda, dentro del cristianismo, hasta adherirse a la Iglesia Católica Romana en 1927. En su libro “Ortodoxia”, que apareció en 1908, habla sólo de la primera. Y con la palabra “ortodoxia” se refiere a la civilización occidental, fundamentalmente cristiana.

La primera conversión fue un lento proceso. “Yo era un pagano a los doce años (1874) y un perfecto agnóstico a los dieciseis.....(1890). Leí toda la literatura científica y escéptica de mi tiempo, al menos todo lo que encontré en inglés.” (Ortodoxia, Ed. Rialp 2022, pag. 166). Pasaron unos 30 años desde que empezó a leer con asiduidad hasta que se gestó “Ortodoxia”.

Paradójicamente, los propios enemigos del cristianismo fueron los que le condujeron a él. Lo que más le llamó la atención fue la incoherencia lógica de esas críticas. Se atacaba al cristianismo tanto por un defecto concreto como por su contrario. Nada mejor que citarle por extenso. “Este fenómeno tan curioso de estos grandes agnósticos, que provocaban dudas más profundas que las suyas, se puede ilustrar de muchas maneras.

Escogeré una. Cuando leía y releía todos los textos no cristianos o anticristianos sobre la fe, desde Huxley a Bradlaugh, en mí crecía gradualmente una lenta impresión: la impresión de que el cristianismo tenía que ser algo muy extraordinario. Porque no sólo tenía todos los vicios más llamativos, sino que, por lo visto, también era capaz de combinar vicios incompatibles.

Lo atacaban por todas partes y con razones opuestas. Tan pronto un racionalista demostraba que se excedía por el Este, otro demostraba con la misma claridad que se excedía por el Oeste. No me había recuperado del enfado por la dureza de sus aristas, cuando se me pedía que lo condenara por su blanda y suave redondez” (O.c. 168). Como él mismo apunta, es como si una persona fuese vista como demasiado gorda en un lugar y como demasiado flaca en otro.

¿Qué es lo que pasa? Caben dos respuestas. La primera es que una misma persona engorde o pierda peso de manera ostensible por el solo hecho de cambiar de un sitio a otro. La segunda, que los observadores de un sitio y otro tuvieran algún defecto en la vista y no le vieran como es en realidad. Chesterton acabó convenciéndose de que la segunda respuesta era la verdadera. “Esto me dejaba perplejo, porque las acusaciones parecían incompatibles....El cristianismo no podía ser, a la vez, tan cómodo, que sólo quisieran apuntarse los cobardes, y tan incómodo, que sólo pudieran soportarlo los tontos” (O.c. 169). “Tenía que haber un error. Y en un momento de inspiración se me pasó por la cabeza, que no podían juzgar bien la relación entre religión y felicidad quienes, según ellos mismos confesaban, no tenían ni la una ni la otra” (O.c.170).

Todo lo anterior constituye un excelente ejemplo de lo que entendemos por “sentido común”. Cabe definirlo como la lógica innata de los que nunca han abierto un libro de lógica. Probablemente ése fue el caso de Chesterton. Al menos eso se deduce de las puyas que de vez en cuando dirige a la lógica. No la había estudiado nunca en serio y tampoco le gustaba. Pero la tenía dentro. Calificamos de “analfabetos” a los que no saben leer ni escribir. Recuerdo que cuando tenía unos diez años me causaba una gran impresion topar con alguno de ellos.

Actualmente, por fortuna, han desaparecido los “analfabetos gramaticales”. Pero en cambio cada día abundan más los “albalfabetos lógicos”. Son los que saben leer y escribir, pero carecen del sentido común que caracterizaba a Chesterton. Y por supuesto, son además supinos ignorantes de la lógica. Alguien que no sepa leer y escribir puede poseer sin embargo sentido común o “instinto lógico”, por así decir. Por el contrario, alguien que lee y escribe bien puede carecer de sentido común y de todo atisbo de coherencia lógica.

Comparemos, pues, el analfabeto lógico, tan de moda en nuestros días, con el analfabeto gramatical de tiempos pasados. El analfabeto gramatical podía razonar correctamente, si tenía sentido común. Expresaba su pensamiento de forma hablada. No podía hacerlo por escrito. Pero se trataba de una deficiencia accidental. Lo decisivo era que su pensamiento era fundamentalmente correcto, de acuerdo con la lógica. No desbarraba, como el que carece de sentido común. En cambio, el analfabeto lógico, producto sobrado del actual viaje de Occidente hacia la necedaz, desbarra inevitablemente.

Su deficiencia es substancial. Detrás de la gramática, está la lógica y por eso el analfabeto gramatical con sentido común podía acertar en lo que piensa y dice, aunque no supiera ponerlo por escrito. Pero detrás de la lógica no queda sino el vacío de la idiocia. El analfabeto lógico no tiene remedio, a menos que él mismo se reconozca como tal y empiece a estudiar lógica. Vayamos más al fondo de la cuestión.

La carencia de lógica y de sentido común puede tener dos causas. La primera es material: errores en la asignación del predicado P al sujeto S en las oraciones SP. La segunda es formal: errores al combinar las oraciones SP o al recurrir a fórmulas mal escritas. Igualmente, el sentido común tiene un componente material - acertar con los P adecuados para un determinado S- y un componente formal -evitar instintivamente las contradicciones-. Así pues, hay dos tipos de analfabetos lógicos, los superlativos y los ordinarios.

El que incurre en una contradicción viola la verdad formal. Y también hay otros errores de consecuencias equivalentes a contradicciones. Son los analfabetos lógicos superlativos. Un ejemplo lo tenemos bien a mano en los diputados y senadores que han aprobado al famosa ley “sí es sí”. Querían luchar contra la violencia machista. Y el resultado ha sido que los violadores condenados con sentencia firme salen de la cárcel. Ni siquiera hace falta buscar las contradicciones en el texto de la ley. Saltan a la vista en sus consecuencias.

Tenemos como legisladores, o “padres de la patria”, a analfabetos lógicos superlativos. No cabe mayor desgracia social. Otro ejemplo lo encontramos en la famosa consigna de la Revolución de París en 1968. Quien inventara la expresión mal escrita en lógica modal “prohibido prohibir” era ciertamente un analfabeto lógico superlativo. Con todo, mucho más abundantes son los analfabetos lógicos ordinarios. Son los que hicieron sin querer un gran favor a Chesterton. No ven la realidad como es es. Con palabras de Aristóteles, dicen de lo que no es que es, o de lo que es que no es. Pero la verdad material es condición necesaria o “sine que non” para llegar a la realidad tal como es. La verdad formal complementa la suficiencia para alcanzar la verdad total o final. Definamos así los dos tipos de idiocia. Lo que dicen los analfabetos lógicos superlativos es falso en todo mundo posible.

Lo que dicen los analfabetos lógicos ordinarios es falso en al menos un mundo posible, y da la casualidad que es el nuestro. Digamos de paso que el lenguaje ordinario se formaliza habitualmente en consistencias, no en valideces lógicas. Esto sólo lo consiguen los matemáticos que buscan el máximo rigor, o los filósofos que logran formalizar algo en lógica moderna. La tan alabada “ciencia” se basa en la induccción, que es una consistencia lógica. Las verdades científicas son “de segunda clase”, por así decir. Aunque la uniformidad de la naturaleza compensa esta deficiencia y por eso los ingenieros proyectan máquinas que funcionan y los médicos recetan medicinas que curan.

Solemos designar el fallo material de aplicar erróneamente predicados P a sujetos S con la palabra “prejuicio”. Y se usa de la voz “realismo” para denotar lo contrario, o sea, ver las cosas como son y no como nos gustaría que fueran. Los analfabetos lógicos ordinarios confunden siempre la realidad con sus sentimientos, que son siempre muy apasionados o vehementes. El conflicto último se da entre sentimentalismo y racionalidad. En la medida en que los sentimientos ciegos del amor, y sobre todo del odio, se imponen sobre la imparcialidad se deforma la percepción objetiva de la realidad. No se alcanza la verdad material. Y por tanto tampoco la verfdad total o final. Por desgracia, los prejuicios ciegos se extienden en nuestra época, potenciados por múltiples y estúpidos medios de comunicación. Y quizá más aún por la degradación de la enseñanza, desde la primaria hasta las universidades.

Proliferan los analfabetos lógicos ordinarios. No debiera sorprendernos, por tanto, que muchos de ellos terminen en analfabetos lógicos superlativos, como los de la ley “sí es sí”. Quizá lo más pintoresco de todo sea que a eso lo llamen “progreso”. Y que sus fautores se adjetiven a sí mismos como “progresistas”, cuando no se trata más que del regreso más penoso hacia la barbarie y el salvajismo. Terminaré gritando “¡mueran los analfabetos lógicos!”, “¡viva el sentido común de Chesterton!”. Y con una reflexión que me tranquiliza mucho. No hay suficiente dinero en el mundo para conseguir que dos y dos dejen de ser cuatro. Por mucho poder que acumulen los analfabetos lógicos de nuestros días, al final se estrellarán contra el muro de la verdad objetiva.