Renacimiento publica el clásico de Fernande Olivier, tras años descatalogado, con sendos prólogos de Juan Manuel Bonet y Paul Léutaud, en versión de Manuel Álvarez Ortega, puro lujo para los sentidos: Picasso y sus amigos. Época azul, hambre y pobreza, 1904-1912, “la bella Fernande” una burguesita de la Escuela de Bellas Artes que empieza a masticar a los impresionistas en su trato con los lobos: “Compañera fiel de los años de miseria, no he sabido ser la de los años de prosperidad”. Modelo para el malagueño mucho tiempo acostada, por no tener dinero para comprar carbón, y hasta dos meses en casa sin salir a la calle por carecer de zapatos. La vida a mordiscos.
La Butte Montmartre era la única discoteca entre un colchón para perros y una estufa que no tiraba. Vida de artista, vida secreta, risotadas de Guillame Apollinaire y cartomancias secretas de Max Jacob. Esperanzas e ilusiones fiadas en la rue Lepic, comidas siempre a crédito bajo un marbete único: “Nunca se comía tan bien en casa de Picasso como cuando no teníamos ni un céntimo”. Trabajo, esperanzas, gorras rotas y mono de obrero de la metalurgia, un sombrerito traído de España y sobre el lienzo el reflejo vivo de dicho desamparo. Max Jacob escribe los primeros artículos sobre el malagueño, el barracón del Batteau-Lavoir es una nevera en invierno, una estufa en verano, la ropa demasiado grande y muchos cuadros sin terminar.
El trabajo, solo el trabajo condensa las ganas y las esperanzas, trabajo con ropas demasiado grandes y usadas, trabajo con hambre y frío, trabajo entre sillas de enea, caballetes de otros, colores y pinceles esparcidos por el suelo, recipientes con gasolina y cubos con aguarrás. Picasso pinta borrachos, pobres y vagabundos. Picasso pinta sobre el cuadro terminado porque no tiene dinero para cambiar de lienzo. Picasso pinta arlequines rojos con gorros de locos que pronto acaban en la colección Rouart. Picasso bebe vino y come latas de sardina que le deja a la puerta el escultor Paco Durrio: “La vida era muy dura para los artistas, porque los compradores eran raros y los marchantes, aún desconfiados, se alejaban”.
Bohemia, guasa, ironía, una colilla cogida del suelo por cada duda, y frío, mucho frío: “Los artistas volvían de noche, con mucha frecuencia borrachos, despotricando, cantando, declamando en la pequeña plaza que, por otra parte, había visto muchas veces la misma escena. Despertaban a los vecinos haciendo disparos de revólver: Picasso tenía esa manía”. Fernande, la bella Fernande era un hombre más entre Apollinaire, Utrillo, Modigliani y otras fieras salvajes: “Para evitar que le molestaran, Picasso trabajaba de noche, se acostaba al amanecer y dormía hasta primera hora de la tarde. (…) Cuando estaba rico y se iba de juerga, nunca se olvidaba, por broma demasiado fácil, de dejar sobre la mesa un dinero para el perro. (…) En invierno hacia tal frío en ese taller que el té que quedaba en el fondo de las tazas de la noche anterior aparecía helado a la mañana siguiente. Lo que no impedía en modo alguno a Picasso trabajar sin descanso”.
Animales, flores artificiales como las que tenía Cézanne, el trabajo largo, la miseria material eterna, vino negro, algo de droga, una desesperación literaria hasta ver amanecer: “Picasso había evolucionado y la época azul había dejado paso a los saltimbanquis”. El marchante Vollard, sutil y ratonil, arrampla con todo. Una vida que pronto es método: “Cuando trabajaba no abría la puerta a nadie. El silencio profundo, la tranquilidad, le ayudaban, facilitaban su inspiración. A menudo se levantaba después de las cuatro de la tarde. Veía a sus amigos. Cenaba, charlaba y, a las diez de la noche, les dejaba para ponerse a trabajar sin interrupción hasta las cinco o las seis de la madrugada”. Pronto llegan hasta los tenderos y vendedores de camas frente al Cirque Médrano a comprar obra: “¡De qué forma las miserias materiales eran atenuadas por el ingenio y la alegría!”. Vivir alerta era otro sueño.
Max Jacob, Apollinaire y otros reciben un mes a la semana, puede sobrevivirse de casa en casa a menú cerrado: entremeses, guiso de arroz y carne estofada. Se pinta en los cafés, en la calle y bajo todos los desconchados del alma hambrienta. Pronto a Picasso lo salva una portera que le empieza a explicar cómo es necesario abrir el chiringuito por las mañanitas. Los jóvenes pálidos pronto aparecen altos y distinguidos: “A Picasso le gustaban mucho los animales, y siempre les encontraba gracia. Hubiera deseado tener un gallo, una cabra, un tigre, pero se contentaba con perros y gatos, a quienes más tarde vino a hacer compañía una mona”. Los borrachos vencidos pronto duermen sobre los bancos: Picasso sigue.
Picasso y sus amigos es el texto en primera persona erizante, musical y donde la escritura es, puro rapto en su primer embrión, y completo golpe de vida en la lectura desbocada. Olivier se sabe de paso, nace el cubismo, aparecen nuevos marchantes judíos, caso de Kahnweiler, pronto el malagueño pierde cada vez menos el tiempo: “Unos buscaban la soledad que siempre necesitaron. Otros, por el contrario, se lanzaron al mundo torbellino”. Solo había un ambiente: “Todos trabajaban casi tanto como él y solo se veían por la noche. Volvía a casa muy tarde, pero recuperaba el tiempo perdido gracias a esa constancia en el trabajo que rara vez disminuía”. El mejor obrero.