Opinión

Comidas de empresa

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 21 de diciembre de 2022

Hay tipos de actos corporativos que sirven para interactuar, socializar o empatizar, salvo buen fin de la iniciativa empresarial. Quizás, y en función del tamaño de la institución, celebrar una de esas tradicionales comidas de empresa pueda resultar hasta positivo; sin embargo, cuando el ágape se hace en modo reducido es posible que sirva para lo contrario. En mi opinión, al ser pocos los comensales se corre mayor riesgo en airear los trapos sucios, en donde jefe y trabajadores se tienen más calados que Gene Kelly en la película “Cantando bajo la lluvia”. Ya saben, esos secretos de convivencia continuada más entregada a radio patio que a la índole laboral. Por el contrario si la empresa es de plantilla muy amplia, es cuando el totum revolotum se presta al salto a la fama, ya sea por lucimiento o por ridículo. Lo digo por la bonhomía de unos y las payasadas de otros.

Creo que este tipo de eventos deberían estar regulados por la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Y digo bien por aquello del mercadeo de empleados cuyas empresas dedican a exprimir a base de bonitas promesas u ofrendas que casi nunca llegan a consumarse. Es el juego de las simulaciones envueltas en papel de regalo en donde los valores del trabajador se quedan a merced del empresario. Así pues, lo que rodea a estos fastos de comer y beber a gastos pagados es el remedo del más de lo mismo.

Sabido es que las grandes empresas tienen amplios estómagos y ello se debe a que se crean pequeños reinos de taifas encargados de digerirlo todo al ritmo de lo que su cuenta de resultados tenga a bien exponer. Los objetivos cada vez son más altos, más imposibles y más exigentes para la cascada de interfectos que componen el escalafón, de tal manera que el Director General suelta el ramal para que los de abajo justifiquen el salario que perciben. Así pues, el jefe que recibe la señal galopa hacia el subjefe, éste trota hacia los empleados y éstos últimos toman las riendas a un paso cuyo aire natural es más lento, no peor, pero sí a medio gas, tal vez porque en ellos recaen mayores exigencias a la hora de sujetar la base de la pirámide.

A esta breve conjetura conviene añadir, siempre guiados por la teoría del famoso Abraham Maslow, la manera de conseguir organizar las necesidades que tenemos los seres humanos en diferentes niveles. No es otra cosa que las prioridades de cada cual; así pues, volviendo a las comidas de empresa, tan navideñas como hipócritas, nunca está de más lo importante que resulta saber nadar y guardar la ropa una vez que formas parte de la refriega entre semejantes y asistentes a idéntica manducatoria.

Llegados a este punto los movimientos del personal no se hacen esperar y como piezas imantadas se van formando corrillos alrededor de las altas jerarquías, lo que significa que hay líneas rojas que conviene no traspasar a menos que al súper jefe le llame la atención tu nueva corbata: -¡Bonita corbata, Lazcano!- Y uno responde por aquello de la educación: -¡Gracias, señor Carrizal!- A partir de ahí poco más en relación a lo de interactuar. La comida se sucede entre risas enlatadas y gestos de procacidad de cobistas y patricios que le quitan la caspa de los hombros al Director General, que acto seguido suelta el discurso de marras:

“Nuestro Consejero Delegado les envía a todos su mejor felicitación y me ha encomendado igualmente que les trasmita la enhorabuena por su esfuerzo y dedicación. Les anuncio que un año más hemos cumplido con los objetivos, de tal manera que para el siguiente ejercicio nuestras exigencias han de ser aún más elevadas porque para nuestra empresa no hay nada imposible. Feliz Navidad para todos y para sus damnificadas familias que también sufren la ausencia de ustedes por la enorme cantidad de horas que dedican. No en vano pasamos más tiempo en el trabajo que en nuestra casa. Brindemos por Lucifer, S.A., la empresa de todos”.

Hasta aquí todo más o menos normal mientras el Director General abandona el evento y tras él la rehala con su boato y pompa. A partir de ahí, quedan los vientos alisios para quienes entregados a la bebida, al chiste y al desmadre, se desinhiben de la cortesía y el recato hacia las intimidades porque las dulces confesiones suelen producirse al final de los festejos.

Lo que hay que hacer para no escribir de política. En fin, todo lo que quiero para Navidad son ustedes. Merry Christmas.