Opinión

Una vela encendida por Europa

TRIBUNA

Ignacio Moreno Gozálvez | Viernes 23 de diciembre de 2022

Lo cuenta a propósito de sus recuerdos de infancia centrados en unas calles y una estatua en Moscú una de las mejores y más desgraciadas poetisas que ha dado la literatura rusa. Marina Tsevietáieva evoca así su primera visión del poeta muerto en un duelo: “La nieve, las varas negras de los arbustos, dos personas negras que arrastran a una tercera -de las axilas hacia un trineo - y otro, uno más, de espaldas que se va. Al que llevan es Pushkin…”. Tsevietáieva, que al decir de Nadezhda enseñó a Osip Mandelstam a amar, se llevó a sí misma. Sólo Nadezhda, la esposa de Mandelstam, al que también llevaron, quedó -de los tres- para contarlo.

Eliminar, confinar, desterrar, silenciar a lo mejor. ¿Cuánto se ha malogrado, cuántos hombres y mujeres de valía -temerosos de lo que se les viene encima- han dejado Rusia desde que Putin decidió invadir a la nación hermana sin reparar en el daño que causaba? Fracasada la esperanza que alentó la Perestroika, hay quienes piensan que con la guerra de Ucrania Europa pierde a Rusia. En realidad, es Rusia la que se pierde a sí misma. Porque Rusia -sería un error ignorarlo- es Europa.

No se trata únicamente de que su contribución al alumbramiento de la identidad europea haya sido notable. Una parte considerable de su territorio está en el continente. Como el resto de las naciones europeas, es hija de Atenas y Jerusalén -más de esta última. Sus escritores, músicos, artistas, palpitan en nuestro imaginario… Rusia, aunque bicéfala, es Europa. Pero algo lastra su relación con Europa como el peso de un complejo no resuelto. ¿Qué es lo que fatalmente la aparta una y otra vez de esa parte esencial de su propio ser?

Al caracterizar al hombre ruso en el obituario que dedica a su amigo Joseph Roth, Stefan Zweig coloca, junto a la piedad profunda, el instinto de autodestrucción. La capacidad de sacrificio, la notable resistencia ante el sufrimiento mostrada por los rusos a lo largo de su historia sólo se iguala con su indiferencia ante el dolor propio y ajeno.

Tal vez la extensión explique esta compleja naturaleza. Si la geografía modela el carácter de los pueblos, la singularidad de Rusia es su inmensidad. Si arde una parte del bosque, siempre quedará otra sin quemar. Rusia no parece estar segura de cuáles son sus fronteras. Su vastedad, al tiempo que la protege, la condena. Se ensimisma tanto en su grandeza que, sin prestar atención a lo mucho que posee, siente ansiedad por crecer aún más, mientras deja con demasiada frecuencia su propia tierra sin labrar.

Junto a la extensión, el idealismo. La proclama del final del Alexander Nevski de Eisenstein -a Rusia se la puede seducir, pero no conquistar por la espada- recorre la historia de una nación capaz de cambiar más deprisa que ninguna otra, acaso porque, como observó Dostoievski, en ningún lugar del mundo el tiempo transcurre tan rápido como en Rusia. El idealismo ruso -la primacía de las ideas, la capacidad de asumir los constructos mentales- es sorprendente. En su silencio nevado la vida se construye de una manera abstracta como si se escribiera sobre un papel en blanco. La ortodoxia, tan centrada en la contemplación de la belleza como atributo divino, tan propensa a evadirse de la realidad terrenal, lo alimenta. Cuando Pedro el Grande quedó seducido por Europa, Rusia se modernizó y europeizó por decreto. Casi de la noche a la mañana los boyardos pasaron a hablar francés, aunque sus corazones siguieran hablando ruso. En ningún lugar del mundo triunfó el comunismo tan rápida y drásticamente como en Rusia. La Perestroika supuso otra transformación radical. ¿Qué otra nación cambia de esa manera acelerada?

Pocos tratados sintetizan ese hecho germinal en la historia rusa que fue la invasión mongola tan bien como Andréi Rublev, la película del finalmente emigrado Andréi Tarkovski. Sin embargo, en esta gran obra late una mentira. La campana que visita el zar es falsa. Las del siglo XIV eran más pequeñas y tenían la forma de esa flor -kolokol- que da nombre a la palabra campana en ruso. El gusto por lo desmesurado surgió después. Y cundió. La desproporcionada estatua de once metros de Vladímir I de Kiev instalada frente al Kremlin en 2016 como un ominoso presagio de las intenciones futuras del régimen respecto a Ucrania es sólo un epítome de esta tendencia.

Ensimismamiento y desmesura. Autocracia, ortodoxia y nacionalidad, la tríada que definió la doctrina ideológica imperial del zar Nicolas I. Claves, junto a tantas cosas nobles y bellas, de la idiosincrasia, de la esencia rusa.

Cada país es producto de su geografía y de su historia, y posee su singularidad. España -una nación tildada en el pasado de diferente que guarda más de un paralelismo con Rusia- también la posee. La singularidad es buena, enriquece, siempre y cuando no impida la pacífica convivencia con uno mismo y con el vecino.

En lo más crudo del invierno, en un momento en que el fin de la guerra de Putin contra Ucrania no parece cercano, cuando los europeos que apostaron por no vivir de espaldas a Rusia han visto defraudadas sus esperanzas, encendamos una vela por un futuro de paz y convivencia en Europa más brillante.

Uno de los personajes de Chéjov cifraba la felicidad para dentro de doscientos, trescientos, mil años. Ojalá no haya que esperar tanto.