Opinión

Los ultramarinos, la Navidad y el héroe

TRIBUNA

Alfredo Arias | Sábado 24 de diciembre de 2022

Caminaba una noche por las calles del casco viejo de Madrid con una amiga a la que quiero convencer de que es un personaje de cuento, aunque no se deja. Repasábamos el empedrado de Amnistía, lugar fundamental de su relato, cuando cansada de mis ditirambos, justo al doblar por Santa Clara, despistó mi atención y señaló un letrero. Sus ojos se encendieron como farolillos. Los míos también, pero como pobres bombillas de esas de antes, de 25 w. Y todo porque leímos en elegante molde algo desvencijado, que a mí se me antojó modernista, una mágica palabra: ULTRAMAR.

Complicado fechar el día en que se abrió ese negocio de ultramarinos. ¿Lo conoció Larra, que lo tendría prácticamente frente al balcón?, ¿sufrió el luto del 98?, ¿entraría Gómez de la Serna a comprarse un real de altramuces?... Tengo ganas de acercarme una mañana y descubrir si escucho algún ruido tras sus paredes, o si es sólo un barco varado del naufragio de dos siglos. Hay cosas dulcemente melancólicas en una ciudad: cadáveres como ese que nadie retira, entre el valor y el respeto, y quedan como figuras de cera del museo del pasado.

Pero ya digo, mi amiga y yo nos sonreíamos. ULTRAMAR colaba su cálido aceite. Palabra que nos parecía inefable y ajena a su referente, nos trasladaba de improviso a nuestra infancia (¡y a la infancia de los románticos!). Ultramar no nos denotaba «lo que viene de más allá del mar» sino «lo que viene de más allá de muchos años», cuando su nombre nos era aún tan familiar, el carbonero subía leña para el fogón, la abuela batía mahonesa con su almirez de madera, y no nos alcanzaban neologismos como hipermercado.

Ultramarinos, nombre de esa clase de comercios donde se despachaban productos traídos de las provincias allende los mares, junto con alimentos básicos (lema fósil que adquirió la tienda de barrio a pie de acera), a mi amiga y a mí nos seguía pareciendo una palabra azul, con sabor a sal y talco de aventura, justo cuando su uso desaparece. Se nos cruzaba Galdós con ella; nos hizo que un título medieval, La Fazienda de Ultramar, guía de peregrinos a Tierra Santa, del primer cuarto del XIII (es decir, nada que ver), fuese de nuestros favoritos.

Confieso que, personalmente, me había hecho un incondicional de los ultramarinos por otra razón, algo que hace extender mi sonrisa casi hasta la tristeza. Empecemos con que en mi barrio batallaban tiempo atrás dos tiendas de ese tipo, en liza con las cadenas de supermercados. Una, en el interior de un mercado tradicional, sigue en pie y parece un armario empotrado rebosante de género de toda guisa (bacalao seco, botes de tomates, dulces, harina...) que amenaza con expulsar cualquier día a su ágil propietario por encima de los clientes. La otra anidaba cerca de mi calle, y aunque todo el mundo la conocía como «el Ultramarinos», soportaba un letrero que tampoco era manco, y quedó durante años como otro lindo tatuaje anacrónico: MANTEQUERIA (ya que se veían más latas de cerveza o caldo en polvo que lácteos). Yo le debo mucho a aquella tienda, cuyos dependientes, sobrios, sanos y cortados como los jamones, se pasaban el día mofándose de las mutuas desgracias futbolísticas. Por encima de todo ello, que distraía la cola, les debía el informarme de que llegaba la Navidad. A mí no me conmovía tanto que pinchasen lucecitas en la Puerta del Sol o en el resto de las arterias importantes; no, señor. Hasta que no brotaban en sus escaparates las coquetas cestas cubiertas con paños de recuadros rojos y blancos, hasta el tope de nueces, orejones, hojaldrinas, piñones o fruta escarchada, no me sentía convocado. Aquello ya olía a Navidad.

Cristiana o paganamente la fiesta supone la celebración de un renacimiento, y para mí, como para muchos otros, la idea baja y vuelve de muy adentro, tripas incluidas. ¿Por qué estos alimentos simples, salidos de la propia tierra, sin apenas manufactura, de repente ganan tanto protagonismo y se convierten en el gasto de más que soporta nuestro hígado? ¿Por qué empieza a dominar lo vasto, lo cereálico, lo térreo (¿no es arena o tierra dulce que se nos deshace el mantecado o el turrón?) sin que nuestra dieta lo exija?

Quizá se deba a la sugestión, apenas consciente, de que con cada fin de año declinamos nosotros también. Así, nos hinchamos de alegría artificial para saltar nuevamente al vacío; y nos sentimos como esas momias egipcias preparadas para renacer, rodeadas de adornos familiares y alimentos. Nos sobrealimentamos para poder responder a ese vacío de lo nuevo, siquiera con la continuidad de la digestión de un estómago excesivo. Los doce nudos del cordón umbilical que nos une a una ilusión gastada, nos sueltan de repente; y los condimentos sobrados y superfluos nos sujetan a la inercia y a la tierra.

También pienso en una razón más subterránea. Como se sabe, el formalista Vladimir Propp ha estudiado detenidamente las relaciones entre el cuento folclórico y el rito iniciático de las tribus. En él, todo joven, para llegar a hombre, debía de ser devorado por la gran fiera o espíritu de los bosques; es decir, reabsorbido por la tierra, nacido otro de nuevo. El folclore reproduce el símbolo de ese nuevo estado térreo e intrauterino en imágenes como la fijación del héroe a la estufa del hogar durante un largo período. En nuestra época, uno de los cuentistas alemanes más celebrados, Otfried Preussler, recuperó esa escala mítica en Las aventuras de Vania el forzudo (1968), cruzada con otros signos referenciales grecolatinos y bíblicos. En efecto, el tránsito de un campesino a héroe poderosísimo que devendrá zar lo favorece la estancia del personaje, inmóvil, sobre la repisa de una chimenea, con el único alimento de siete sacos de pipas durante siete años. En nosotros, el corte mítico anual ha hecho que nuestro inconsciente colectivo busque un símbolo y un tránsito, afortunadamente, más breves; duran unos días, a lo más unas horas. Nos cargamos también de alimentos primarios que aparentemente no nos hacen falta, pero que psicológicamente actúan como reservas. El calor del hogar, de la familia, de los amigos facilita finalmente el paso. Pero el problema es que nuestros adornos son efímeros, nuestro rito apenas lo creemos, y notamos por un momento la carne y la mirada frías, de nuevo solos, uno por uno delante del tiempo; morituri que queremos renacer enseguida, despertados por los gritos de la rutina escandalosa y ya sin la certeza de que vayamos para héroes.

Mas, descuiden, éstas son sólo notas declinantes del final de la canción del año. Lo mejor está por llegar y a la vuelta de la última hoja del mes. Confiemos como lo hacen los niños, ahora que es más que ningún otro su tiempo y su fiesta. O intentémoslo. Por de pronto, les deseo, sincera y cordialmente, que pasen unas felices fiestas.