Después de 10 meses de la invasión de Ucrania, Putin se ha mostrado dispuesto a negociar “una solución” al conflicto, mientras prosigue con su criminal ofensiva como el ataque a Jersón el día de Nochebuena que ha provocado decenas de muertos civiles. Como es obvio, nadie cree que el dictador del Kremlin tenga intención de llegar a un acuerdo con Kiev que no pase por mantener el control de los territorios ocupados. Mientras, el Ejército ruso prosigue con su sangrienta ofensiva causando decenas de miles de muertos, de crímenes de guerra, de destrucción de ciudades enteras, de dolor y de tragedia.
Porque Putin se siente acorralado. El paseo militar con el que pensaba invadir Ucrania en una semana se ha convertido en una sangrienta guerra que parece eternizarse. El Ejército de Kiev no solo resiste. Está recuperando buena parte del territorio perdido gracias a su coraje y al suministro de armas de Occidente. Estados Unidos, la OTAN, la UE y las democracias de todo el mundo tienen que asumir que las sanciones económicas de poco sirven mientras Europa siga pagando diariamente miles de millones para abastecerse de petróleo y gas. Sin olvidar la soterrada ayuda de China. El gigante asiático, parapetado tras su Gran Muralla, disfruta contemplando la decadencia de Occidente.
Solo la salida de Putin del poder puede parar la guerra. El sátrapa ruso mantiene su poder absoluto. Y si consideramos que se trata de un psicópata saltan todas las alarmas por el riesgo de que emprenda un ataque nuclear. El riesgo es máximo. Porque, antes de reconocer su derrota, está dispuesto a morir matando.