Dice en uno de sus poemas huérfanos de libro propio ―Travesía de la noche, de 1983―, pero no extraviado dado que puede encontrarse en una antología: ‘Borra las huellas, ocúltase en el bosque,/ en él se pierde.’
Leídos después del que toca comentar, y subrayando la diferencia de años de publicación, resulta profético descubrir en esos versos el caldo de cultivo que originó la suma de breves que compone Emboscaduras y resistencias.
Su autor ha tomado la iniciativa que escribió hace décadas y ha puesto rumbo al interior, virando fuera de encierros obligatorios y forzosos, aunque a ratos se tema que vuelvan. Un estado de repliegue, pero uno que resulta necesario y es movido por reflexionar eso que, hollywoodiensemente, conocemos como ‘el otoño de la vida’. No nos equivoquemos. No habla de un retiro azucarado, sino de sentir verdaderamente una edad en la que toca irse apartando en un sentido a medias figurado y literal. A ratos más gesto literario, otros consecuencia de lo que nos ha tocado vivir recientemente y realmente ha sido un cambio a tener en cuenta, del mismo modo que el ramaje muda su color diciéndote esto pasa, esto se irá, tú también, pronto o tarde, no lo sabe, ni tú, algún día.
Ya en sus últimos libros, Sánchez-Ostiz ha ido indagando en el apartamiento y la resignación que ello causa, en el rebusque de la experiencia, de la memoria literaria y la propia a la hora de la creación, en los efectos que provocan cuando se sienta a trabajar. Una etapa, podría decirse, de puertas para adentro.O puertas cerradas, pero no caeré en ese dramatismo o tenebrosidad en el que sus textos sí a veces ―nada en contra, pues es consciente de su libertad, muy fructífera― porque terminan desbrozándose a sí mismos; porque el estado de la tristeza, si se alarga, se vuelve el quevedesco es cansado y pierde sentido seguir estirándolo. Toca salir al paseo, a gozar las nuevas trochas y repasar las conocidas.
Ese paseo, sea un Berézina o un intento de hallar esos claros tan esquivos como reveladores, es al que invita Emboscaduras y resistencias. Agrupados los breves ―forma en la que Sánchez-Ostiz se desenvuelve con reconocible maestría― en distintos capítulos de títulos sugerentes, ahonda cada uno en la premisa que le toque: el viaje de otoño; la cuestión del solitario, si continúa o deja de serlo si se reuniera con otros; las misantropías, las molestias del trato humano… Soliloqueos, como le gusta llamarlos. Prosas que son lo que nos devuelve el espejo.El reflejo que hemos de aguantar al mirarlo o el del paisaje que empieza frente a nosotros o en nosotros mismos. En su caso, el bosque baztanés, refugio y extensión de sus fobias, agrados y demás cascotes recogidos a lo largo de la vida: ‘Eres libresco y hablas del bosque de páginas en el que, por fortuna, te mueves de ordinario, intentas compartirlas con tus lectores, eso es todo.’
Como buen solitario que no termina de curarse, lo hace acompañado de constantes nombres que han pasado, o escrito de, iguales padecimientos. De María Zambrano y sus Claros, tan iluminadores como incomprensibles, a Lezama Lima; de odas al silencio de los muros en VladimírHolan a poemas de D.H. Lawrence, y así entre otros más habituales en sus acudidas literarias: Céline, Benet, Whistler, Cunqueiro, Cavafis, Trakl. Como siempre, riqueza en las citas traídas y capacidad hilandera al construir así su tapiz de acuerdos y contraindicaciones.
Podrá creer quien habla y dicta estas piezas, algunas alumbradoras y otras demasiado regodeadas en el miedo, que su tiempo se ha perdido y, al no reconocerse ―o no quererlo― en el que le toca como presente, no había más remedio que ocultarse en lo umbrío con sus heridas de jabalí viejo y aguardar sin contribuir al ruido generalizado y cochambroso. Sí, está en su derecho. Pero el humor vagabundo que practica le salva cuando menos lo espera. Le impide hundirse en pozas de negrura a las que es muy fácil asomarse y caer. Y con todo, escribe. ‘Yo me salvé escribiendo’, el nombre de uno de los capítulos. Se reconcilia y disfruta. En su vida, y de regalo para quien desee leerle, el ‘humor vagabundo pues, unos días con el viento del entusiasmo y la alegría en las velas, y otros con la melancólica incredulidad o con ese canguelo que Rabelais se quitaba con vino, el famoso Je mouille, je humette, je boy, et tout de paour de mourir […].’ Bebo, me mojo, me empapo y todo por miedo a morir.
No necesitamos mucho más, aparte de libros de esta índole, para empezar la marcha o seguirla, ‘a pesar de los pesares, por su causa tal vez.’