Opinión

En medio de la grieta otro título ecuménico para la Argentina

TRIBUNA

Roberto Alifano | Jueves 29 de diciembre de 2022

Nadie podrá acusarme de nacionalismo, pero me atrevo a decir que la primacía argentina en los diversos deportes mundiales es indiscutible. En lo físico es obra de varias causas; quizá la primera es la cruza de razas en las que se mezclan la sangre española e italiana y de otras regiones europeas con la sangre indígena sudamericana. También nos lleva a otra indudable convicción en la que coincidieron dos de nuestros más afamados escritores: Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato; ambos sostenían que el argentino individualmente sobresale, pero cuando le toca agruparse las disidencias prevalecen sobre las coincidencias (alguien observó con buen ojo que cuando cinco argentinos se juntan la resultante pueden ser cinco diversas internas; en un artículo esclarecedor titulado “Nuestro pobre individualismo”, Borges abunda sobre este tema).

El fútbol argentino también se estructura desde esta condición de valores individuales sobresalientes, aunque en el caso actual la discreción de Lionel Messi, la máxima figura, parece superar el prejuicio. Sin egocentrismo ni alharaca, el grupo ordenado de jugadores, muy bien dirigidos por Lionel Scaloni, un técnico que ya hace historia, ha conquistado la Copa Mundial del deporte más convocante y representativo, con futbolistas humildes que lo único que aspiraban era lograr esa proeza, además de celebrar con su pueblo y más íntimamente tomando mate en su familia.

En el fútbol de lo que se trata es de reducir el azar, y así lo hizo el plantel y, sea como fuere y casi como entusiastamente puede conjeturarse, la Selección Argentina, que no tiene en sus filas protagonistas con presencia en el país, ya que todos militan en clubes del exterior, ha obtenido merecidamente -como en 1978 y en 1986- el título ecuménico.

Si hacemos historia de los Mundiales de Fútbol, vemos que la primera final, disputada por la Argentina, se dio en el Uruguay, en 1930, ante el equipo local. En esa oportunidad, se fue al entretiempo con ventaja de 2-1, pero Uruguay remontó el partido, lo dio vuelta y concluyó ganando por 4-2. Por supuesto, para obtener ese resultado hay una razón que se pone en tela de juicio. Los locales ejercieron una maleva forma de apriete sobre los jugadores argentinos. Luis Monti, uno de los baluartes del equipo argentino, que fue maestro mío en los campeonatos Evita, allá por la década del ’50, contaba que apenas concluido el primer tiempo del partido, fueron amenazados por la policía y un grupo de matones: “Pierden este partido o de lo contrario ninguno sale vivo del estadio”, fue el ultimátum. Y así, para salvar el pellejo, los argentino debieron ir a menos y resignarse a la compadrada oriental.

Otra situación tan memorable como la referida -también contada por don Luis Monti- se vivió en Italia cuando estaba gobernada por el dictador Benito Mussolini, a quien no le gustaba el fútbol, pero cuando le propusieron que su país se hiciera cargo del torneo aceptó con gusto pues era la forma más efectiva de promocionar a su régimen. En cada partido los jugadores italianos estaban obligados a hacer el saludo fascista y cantar el himno representativo.

Llegaron a la final y, según Monti, antes de empezar el partido, el Duce bajó al vestuario para estimular a los futbolistas de su país, pero más que un estímulo las palabras de Mussolini fueron una clara amenaza. Con su habitual altanería, las manos en la cintura y pasándose el dedo índice por el cuello, impuso: ‘Cari ragazzi o vincete o sarete messi alle armi’ (“Queridos muchachos o ganan o serán pasados por las armas”); es decir, que la consigna del jefe era “vencer o morir”. Y, por supuesto, no les quedó más remedio que vencer. Agreguemos que don Luis Monti, fue uno de los primeros jugadores vendidos a un equipo italiano, y declarado ciudadano de ese país para intervenir en el Mundial (pasándose a llamar Luigi Monti). La selección argentina, que concurrió con un equipo amateur jugó en ese momento un solo partido que perdió 3-2 con Suecia y fue eliminada.

Se sucedieron demasiados campeonatos mundiales y recién en 1978, la Argentina disputó otra final jugando de local en esta ocasión y obteniendo la preciada Copa. Fue un triunfo discutido, pues aún pesa la mancha de un match con la selección peruana, que según es fama, cobrando una coima del Gobierno Militar, se dejó ganar por una goleada para permitir la clasificación. Era una época terrible para el país. Por un lado los festejos de la histórica victoria por 3-1 frente a Holanda en tiempo suplementario. Se dice también que la Argentina no podía perder. El dictador Jorge Rafael Videla fue al vestuario para estimular al equipo, no al estilo de Mussolini, claro, pero tampoco blandamente. Lo demás fueron festejos, muchas complicidades y mirar para otro lado ante el horror que vivía la ciudadanía. Los jerarcas militares, condecoraron celebratoriamente a las estrellas de nuestro fútbol, mientras secretamente se asesinaba gente.

En México 1986, la Argentina conquistó su segunda estrella mundial al derrotar a Alemania Occidental por 3-2 en la final, contando con la figura del ya consagrado ídolo Diego Armando Maradona que lideró esas estupendas jornadas con su firme personalidad.

En estos pasados días se repitieron aquellos dos triunfos anteriores; pero sucedió algo sin precedentes, ya que cinco millones de seres humanos salieron a las calles para festejar con un notable júbilo popular la obtención del preciado título. Casi sin presencia del Estado la multitud se cuidó sola y el hecho más sobresaliente es que la corporación política, una de las principales culpables de los males que sufre el país, quedó al margen. La gente acompañó a sus ídolos y los reconoció con afecto y gratitud. Ese equipo campeón no subió a los balcones de la Casa de Gobierno ni el devaluado Presidente tuvo la oportunidad de estrecharles la mano a los jugadores.

Sin duda fue un alivio para el equipo que es por sí mismo el verdadero héroe que representa a un país mal gobernado y dividido por una grieta de bastardos intereses y privilegios. Aquella memorable jornada ha sido un ejemplo, que pone en tela de juicio a un poder corporativo que ya no representa a su pueblo. Ojalá los gobernantes de turno tengan en cuenta esta lección de solidaria humildad que les mostró el fútbol.