En “Verdad y tolerancia, el cristianismo y las religiones del mundo”, el cardenal Ratzinger escribió: “Jesucristo es amor” y toda su ingente obra teológica está presidida por el sentido del amor al prójimo, al que amaba como a sí mismo.
Santiago Ramírez, tal vez el mejor teólogo español del siglo XX, me habló de Ratzinger por primera vez: “Es un teólogo joven, de asombrosa formación. Va a venir a España, no te lo pierdas, y que tampoco se lo pierda tu periódico”. Mi periódico era el ABC verdadero y Ratzinger encontró en él el eco que su obra teológica merecía y que desbordó a Karl Jaspers, a Panikkar, a Romano Guardini, a Giuseppe Sciacca, a Edward Schiller, a nuestro Elllacuría, aunque quizá no alcanzara la profundidad de Santiago Ramírez en “De hominis beatitudine”, la gran obra que el cardenal Rouco Varela, por cierto, tenía en lugar destacado de su biblioteca.
Benedicto XVI, pastor angélico, fulgor de la Cristiandad, reafirmó en su encíclica Deus caritas est la idea de que Cristo es amor. “Es la palabra, el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros”. No lo tenía fácil Benedicto XVI porque Juan Pablo II fue un Pontífice excepcional y su encíclica Sollicitudo rei socialis sigue plenamente vigente.
Pianista de calidad, Benedicto XVI destacó, aparte su profundidad teológica, por su sensibilidad artística. Músicos, cantantes, poetas, dramaturgos, pueden dar testimonio de la atención del Papa a sus manifestaciones. Aunque la gestión de la Iglesia se hace con la cabeza, y no con los pies, las dificultades de movilidad aconsejaron al Papa la retirada. Y ha fallecido rodeado del respeto universal, porque fue antes que nada un hombre bueno y además un Pontífice atento siempre a robustecer la Iglesia de los pobres.