Fue en Madrid, en un Encuentro de las Familias, donde Benedicto XVI afirmó que “la familia, fundada en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, constituye el ámbito privilegiado en el que la vida humana es acogida y protegida, desde su inicio hasta su fin natural”. Tienen los padres el derecho y la obligación fundamental de educar a sus hijos en la fe y en los valores que dignifican la existencia humana. Y es que vale la pena trabajar por la familia y el matrimonio porque vale la pena trabajar por el ser humano, el ser más precioso creado por Dios.
Algunos se empeñan en convertir al hombre en una especie de diana contra la que lanzar el dardo del antihumanismo. Un entorno de hostilidad rodea a la persona humana en esta época de angustia y quiebra de virtudes naturales. Hay afán por desarrollar proyectos de claro signo deshumanizador. Desde la ciencia hasta la política, pasando por la economía, la sociología y la cultura, se pretende crear una especie de ecosistema inhóspito para el ser humano. La ciencia ha abdicado de su principal misión: Estar al servicio de la vida humana. El aborto, la eutanasia o la utilización de embriones evidencian la deshumanización de la ciencia. En el ámbito económico también se suceden continuos ataques a valores humanistas como la justicia o la igualdad. Padecemos una globalización desordenada generadora de modernas esclavitudes como el trabajo infantil, la explotación sexual o la inmigración ilegal.
El panorama no es nada halagüeño en el ámbito de la política. La democracia está degenerando en un totalitarismo sin barbarie pero que también es nocivo y perjudicial para el ser humano. Mediante el empleo de la mentira y la sacralización de la mayoría, los Parlamentos se erigen en oráculos de verdad generando un positivismo jurídico abusivo y disolvente que restringe o limita derechos fundamentales como el derecho a la vida o a la libertad de expresión, de enseñanza y religiosa. Sin realidades trascendentes no es posible catalogar deberes ni derechos.
La ingeniería social trata de borrar las diferencias entre varón y mujer. Todo ello se enmarca en un proceso de mayor alcance: La desintegración de la familia, como célula genuina y auténtica de la sociedad. Finalmente, y lo más grave, es que se propaga todo un discurso cultural hegemónico cuya esencia es justificar la batería de agresiones que se lanzan contra el hombre. Sin duda, el ariete del relativismo es el que acomete la mayor embestida contra los cimientos que sustentan la dignidad y la libertad humanas. Se difuminan las diferencias entre los conceptos del Bien y del mal, la Verdad y la mentira. Valiéndose de un nuevo y deliberado lenguaje los medios de comunicación crean una realidad en la que el individuo es despojado de toda trascendencia y certifican la incompatibilidad entre fe y razón.
Con un panorama tan desolador para el hombre no resulta extraño que la existencia de éste sea todo un desafío. Pero Benedicto XVI siempre sostuvo que allí donde haya cristianismo habrá esperanza. Y nosotros, los cristianos, creemos que hay espacio para la esperanza. Y para el ser humano.