José María Herrera | Sábado 11 de octubre de 2008
No he querido corroborarlo porque cuando leí la noticia ya tuve que restregarme los ojos para dar crédito a lo que estaba leyendo: Adnam Oktar, un turco enemigo de la teoría de la evolución, ofrece seis billones de euros (o su equivalente en dólares) a quien le presente “un fósil de la etapa intermedia” que pruebe que el evolucionismo descansa en datos fehacientes y no en garambainas retóricas. No estoy seguro de saber qué quiere este buen señor, pero a la vista de lo que da, quizá deberíamos dejar todo lo que estamos haciendo y empezar a buscarlo. ¿Imaginan lo rápidamente que saldríamos de la maldita crisis con esa cantidad?
Seis billones de euros. Una barbaridad hasta para los huesos del eslabón perdido, del que tiempo atrás se sospechaba que daba clases en una universidad española. ¿Hay tanto dinero en el mundo o será esta cifra uno de esos números mareantes a que nos han habituado los periódicos?
Yo no se si ustedes lo han observado, pero el uso de cantidades descomunales se ha vuelto una costumbre en la prensa diaria. Hace poco leí, por ejemplo, que un camión volcó en una autopista y vertió quinientas mil toneladas de aceite. Igual de imprecisas solían ser las informaciones de los noticiarios económicos hasta que alguien explicó que el billion americano no coincide con nuestro billón. Y qué decir del socorrido recurso a los porcentajes y la estadísticas, terreno donde jamás cuadran las cuentas.
Aunque no se cuando empezó a extenderse esta costumbre, tengo la sospecha de que en ello tiene algo que ver el prestigio de la ciencia, gracias a la cual contamos ahora con una cronometría fantástica en la que las varas de medir no son el metro o el siglo, sino el evo, el año luz y las nanocifras. Contagiadas por su megalomanía aritmética, las agencias de noticias parecen dispuestas a cambiar los decrépitos adverbios de cantidad por las enésimas potencias y las montañas de ceros.
Al margen de gazapos y meteduras de pata, triste sino de todo lo que va escrito, uno tiene la sospecha de que esta pasión por la cifra mayúscula reposa en la creencia de que un número vertiginoso confiere a cualquier noticia un relieve que de otra manera no tendría. Si el camión de antes hubiera derramado litro y medio de aceite perdería todo su interés. Lo mismo ocurriría con un fósil de la semana pasada o con una estrella que sólo se hallara a cinco meses luz. Ahora bien, si el fósil se remonta a hace cuatro millones de años y la estrella está situada a veinte mil años luz, las cosas cambian por completo. Las grandes cifras parece proporcionar un plus de realidad, aunque son tan fantásticas que es difícil no considerarlas algo mítico. Se diría que hemos sustituido el ídolo y la reliquia por aberraciones cuantitativas que, pese a dejar nuestra mente en el mismo impotente lugar de siempre, suscitan la equivocada impresión de un mejor conocimiento.
La propia ciencia cultiva con frenesí este juego, otorgando a las cifras un valor que luego no tienen. Cuando un observatorio astronómico constata la presencia de una estrella situada a veinte mil años luz, la información recibida tiene poco más o menos la misma utilidad que el hallazgo de un documento en el que se anuncia el apuñalamiento de Cesar. Resulta difícil entender el entusiasmo que suscitan semejantes averiguaciones. Lo cierto es que existen investigadores que, con el pretexto de estudiar la fluctuación de las mareas, dedican años de estudio a contar el número de olas que produce el mar cada día; o con la excusa de la literatura, escriben tesis sobre el número de voces esdrújulas que hay en el Quijote. Cifras, de hecho, las hay para todo, incluida la deuda histórica de Andalucía.
La concupiscencia cuantitativa seguramente tenga algo que ver con la existencia de calculadoras. De la misma manera que a nadie se le ocurrió batir un record hasta que los relojes no pudieron ser detenidos, nadie que aprendiera a contar con los dedos sintió jamás la necesidad de ser tan asombrosamente preciso. A este tipo de morbo aritmético pertenece la afición a los porcentajes, el más inútil de los expedientes cuando se trata de comprender algo humano. Personas muy discretas creen decir algo enunciando tantos por ciento. Se trata de una práctica deleznable que algunos quisquillosos juzgamos por lo demás ofensiva, pues aunque es cierto que la mayor parte de la gente deja en nosotros la impresión de un vulgar remake de algo ya visto, insinuar a fuerza de estadísticas que nadie es la versión original de sí mismo lastima más que lindar al sur con una vergüenza o ser llamado gordo zurrapero.
La pregunta es: ¿estará en el espíritu de la época creer que la ignorancia deja de serlo cuando la ocultamos bajo el ala de una cifra inconcebible?
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