José Suárez-Inclán | Sábado 11 de octubre de 2008
“Deme una limosnita, por favor, hágame la mercé, que tiene cara de bueno.” Y era imposible resistirse. La mayoría de las veces porque la potencia de la petición –el tono de la salmodia, la insistencia, el gesto– aconsejaban la subvención para quedar liberado. La misma potencia ha tenido la vuelta a los ruedos del torero José Tomás, cuya decisión de reaparecer y de cerrar sus dramáticas temporadas en Barcelona ha sido una mercé para la marginada afición taurina catalana. Resplandecía otra vez, en la cal y el mosaico oscurecido de la Monumental, la maltrecha Mercé de Barcelona.
Volvíamos de Francia –aún El Juli flotando en el aire azul de Nîmes– contagiados por el ardor, nuevo y antiguo, de la afición francesa, y comenzó a oler a clandestinidad, a mundo marginal, casi a prohibición. En el mismo mar de la cultura antigua, en el mismo cielo, en la misma tierra de la lírica catalano-provenzal. Cuando en 2006 cundió la alarma por la posible venta de la Monumental para convertirla en próspero mercado (qué bien, la crisis) escribí que “la gran capital mediterránea, emblema de modernidad y convivencia de gentes y culturas en este país – a veces tan agreste -, ha puesto una sólida piedra en el camino de la construcción de su propia imagen y de la destrucción, en sus confines, de una de las fiestas más polémicas y apasionadas de la cultura de la baja Europa: las corridas de toros. Mientras en una amplia franja del sur francés el toreo mantiene un espacio saludable e incluso pujante, el nordeste de nuestra península parece optar por el absoluto rechazo de las corridas. Al menos desde las instituciones.” Cuando se aspira a ser la capital del mare nostrum, la sede de la Unión Euromediterránea, donde se bañan Atenas, Génova, Nápoles, Venecia, Roma, Marsella, Valencia o Málaga, y el tiempo ha dejado dibujado edificios góticos como las Atarazanas, que hace 600 años conectaba Barcelona con todo el Mediterráneo en fluido intercambio comercial y cultural, la coyuntura no puede confundirse con la identidad, porque lo universal podría devenir en provinciano.
La plaza revivió y la mercé –regalos del toreo– duró dos días. El primero nos mostró que no siempre la juventud es el valor. Aunque el plato fuerte era el segundo, Fundi –40 años– no vino sólo para abrir boca. Toreó con la potencia de lo armónico, con sabor del fuego lento, con la enjundia de lo que se ha cocinado muchas veces y ha encontrado el punto de cocción, de sal, de condimento. Un torero hecho. Cuando llevaba al cuarto como un maestro tranquilo, sin esfuerzo aparente, y cuando el animal buscó y le hizo un feo, no soltó la muleta –su alma– en los gañafones. Remataba los naturales con desmayo y, a pura ley, de frente y por derecho, tras perfilarse y marcar el tiempo obligado, hundió la espada en lo alto y la marginada afición respondió con un clamor de reconocimiento a la sabiduría de la edad. También el joven Juli hizo una faena del neoclasicismo arrebatado y ligero que honra su precoz carrera. Citar, embarcar, navegar, llegar a puerto y rematar. Según todos los cánones del arte de marear y gobernar. Un zalduendo que en la muleta de Julián hacía llorar al ganadero.
El segundo día, el plato fuerte. Estaba la plaza llena cuando sonó un pasodoble nuevo –José Tomás–que Vicente Amigo había compuesto para la ocasión. La veteranía del medio siglo de Esplá prendió la emoción en banderillas, hizo, ante el cuvillo pegajoso, gala de oficio y torería, y hasta salió adornándose con un farol que iluminó el aire en el bochorno barcelonés de las seis y cuarto. Luego “el esperado” cumplió con su destino. En su primero, lances pausados de capa, ceñidos, brindis lento, estatuarios y firmeza en la muleta: en los enganchones, en los cambios imperturbables, en las manoletinas. También trincheras hermosas. En el segundo se consumó el delirio. Como el toro recortaba y enganchaba, la verónica devino en delantal y este en media pajarera, un vuelo de capote que se serenó, quebrado y hondo, en el quite, con larga de glorioso remate. En la muleta, el relajo, en series largas y plásticas, fue corrigiendo el despegue hasta que un bello remate bajo abrió la autenticidad de naturales y la ligazón de redondos y desdenes, que eran piropos, susurros cómplices y amorosos, sin drama, entre el fervor de un público que en los ayudados altos pedía el indulto de pie, en un mar de pañuelos, mientras Tomás, ajeno a los avisos, toreaba a placer, sin orden, hasta que en tres banderazos metió al toro al corral.
Tres toreros –curiosamente madrileños– triunfaron en Barcelona sin requerir más señas que las del arte, el dominio y el valor. Las viejas virtudes universales del Mediterráneo –por la mercé de los toros– se impusieron una vez más en la vieja capital.
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