Opinión

Horizontes de misterio

TRIBUNA

David Porcel | Lunes 09 de enero de 2023

Cuando la ilusión de control y poder es el alimento de los que están al mando conviene recordar que hay cosas de las que todavía no hay explicación ni cabe destreza resolutiva que pueda con ellas. Diríamos que son cosas, o acontecimientos, que escapan al control y afán resolutivos tan abominablemente extendidos, y se presentan tan cerca de nuestras vidas que muchas veces no acertamos a verlos. Poetas, filósofos, hombres de religión se han referido a ello como lo secreto o misterioso, que poco o nada tiene que ver con lo enigmático o indescifrable. Mientras que este solo es susceptible de resolución y cabe ensayar innumerables tentativas hasta dar con la solución, el primero permanece intacto por mucho que sea el esfuerzo aproximativo. Y así, la técnica del desciframiento con la que el cientifismo moderno aborda la mayoría de cometidos no da respuesta a nuestros graves interrogantes, ¡como si lo propio del misterio fuera ser descifrado!

El hecho es que lo misterioso no demanda o está ahí para ser descifrado, sino para ser vivido, experimentado. Pero, como advertimos, se halla tan invisible y escamoteado en nuestros días que no hay atisbo de amor a lo misterioso ni religión que lo profese. Decía Buñuel que era ateo gracias a Dios. Por lo mismo, podríamos decir que negamos a Dios gracias al Misterio. En efecto, cuando decimos que «Dios no existe», lo hacemos porque creemos que no existe sobre un fondo de duda o incertidumbre, ciertamente misterioso. Y así, sobre lo incierto podemos pronunciarnos diciendo que «Dios no existe», si nos confesamos ateos, o diciendo que «Dios existe», si somos teístas. Pero en ambos casos, de una manera más o menos explícita, más o menos consciente, damos por sentado que hay algo misterioso sobre lo que vale la pena pronunciarse asumiendo una postura u otra. En el fondo, religión y ciencia son formas de decirnos que no todo lo podemos entender. Como en el viejo cuento El rey desnudo, al pronunciarnos descubrimos, aunque de manera encubierta, nuestra ignorancia inicial del asunto.

Lo misterioso es lo inexplicable, lo inverosímil. Como tan bien describe Josep Maria Esquirol en Humano, más humano, los verdaderos secretos -como el del nacimiento del universo, o el nuestro propio- no pueden ser descifrados por el lenguaje científico ni interpretados desde parámetros lógicos. ¿Qué algoritmo podría explicar el acontecimiento inicial de venir al mundo? En términos kuhnianos, diríamos que no hay paradigma posible desde el que entenderlos o asimilarlos –si lo hubiera sería, por otra parte, el fin de cualquier forma de credo o comunión-. Así lo aclara el filósofo catalán: “En cierto sentido, el misterio del nacimiento supera al de la muerte porque, cuando menos, sabemos de este último que sigue la ley conocidísima: todo humano es mortal. En cambio, ninguna ley sirve para el nacimiento. Puedes decir: todo ser humano debe morir –he aquí la ley de la muerte-. Pero no puedes decir nada parecido del nacimiento. Afirmar que todos los humanos han nacido, sólo es una constatación a posteriori. Cabe formular: «Todo el mundo muere», pero no: «Todo el mundo nace», pues esta segunda frase chirría. Todo ser humano ha nacido, eso sí. Pero no hay ley de la creación, porque ni siquiera hay una posibilidad previa sobre la que se pueda aplicar la ley.”

Si lo misterioso es lo que no admite ley ni explicación, quizá la actitud que debamos tomar respecto de él no sea la que ha llevado a Occidente a la razón instrumental con sus derivaciones tecnológicas, sino la que todavía sumerge a muchos lugares de Oriente con vidas destinadas a la veneración. Pero entiéndase bien. No se trata de condenar la irreligión, sino de dar cabida a formas religiosas que no necesariamente muestren adhesión a un contenido doctrinal específico. Por ejemplo, poniendo a nuestros hijos y alumnos ante situaciones destinadas a experiencias fundacionales como el misterio, abriéndoles al asombro y haciéndoles comprender que ni todo puede ser explicado por la ciencia ni es deseable vivir creyendo que todo se explica en términos científicos. De esta forma, quizá, en su vida adulta, permanezcan más abiertos a una comprensión de formas poéticas de expresión verdaderamente impulsoras y ennoblecedoras.

Y de nuevo podríamos volver la vista a Oriente. El antiguo maestro, como revelan tantos mitos orientales, no enseña como quien provee al pupilo con herramientas y recursos que luego le serán útiles en su andadura profesional, en el sentido de la provisión y la disciplina. Más bien, pone al discípulo en el camino de la revelación y la abundancia, hacia otro tipo de ganancia que se traducirá en actividades creadoras. Su labor, frente al que adiestra y resuelve, no es la de proveer sino la de iluminar y enseñar el camino hacia la comprensión. El maestro acomete la tarea más difícil: despertar en sus pupilos el amor por el conocimiento haciendo que se asombren de lo que el sentir común no ve. Como tan bellamente enseña Pascal Quignard en “La última lección de música”, el maestro Chang Lien ilumina el camino para que el aprendiz de música llegue a ser un verdadero músico, para lo cual primero le hace entender que la música no es aquello que Pu Ya cree: silencio, muerte, sosiego. El maestro ha comprendido que la única forma de acercarle a la música, más precisamente, de acercar la música a su corazón, es haciendo que Pu Ya viva hasta el fondo la experiencia primitiva del desamparo, abandonándolo en lo más profundo de las montañas y en lo más oscuro de la noche: "Empezó entonces a tocar la guitarra, cantando, y lloraba con dulzura. Luego lloró en el fondo de su corazón y sólo las lágrimas eran sonidos."

Sólo las lágrimas eran sonidos, porque, cuando se vive el misterio, también se aprende que en este mundo nuestro todo es posible.