Estoy seguro de que muchos de ustedes empezaron alguna vez el año nuevo de manera especialmente optimista y se comieron las uvas pensando que, por encima de todo, ése iba a ser su año. Luego... como la vida misma, puede ser que resultara un éxito o no salió como esperaba, pero tampoco tan mal, o directamente fue un fracaso y de hecho decidió dedicarse a otra cosa.
En política, que es lo que todas las semanas nos trae a estas líneas, todos apuntan a que este puede ser el año de la vicepresidenta del Gobierno y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. Como en la mayoría de los casos, en gran medida depende de ella misma, de lo que haga, de lo que decida, de sus próximos movimientos. Muchos focos, no solo los mediáticos, están puestos en ella. La expectación es máxima por saber en qué terminará (cuando arranque) su proyecto Sumar, esa plataforma a la izquierda de la izquierda del PSOE que trae en vilo, no solo a los socialistas, especialmente a Podemos y nadie sabe si a Izquierda Unida.
La formación que lidera Pablo Iglesias en la sombra (aunque no tanto en la sombra) presiona desde hace muchos meses a la ministra de las cosas del paro para que aclare sus intenciones. Los morados se sienten ninguneados, como el segundo (o tercer) plato, ignorados por un valor político que ellos mismos ensalzaron (a dedo, hay que recordar), ya que no termina de confirmar si irá con ellos en coalición a las elecciones generales.
Es lógico el cabreo de Podemos porque no saben cómo afrontar al personaje. ¿Será amiga o enemiga? ¿Compañera o rival? ¿Trabajarán juntos o quiere arrebatarles todo su electorado? Su existencia, en un partido a la baja según los sondeos, depende en gran medida de la decisión de Yolanda Díaz, que solo dice que su proyecto está volcado en contar con la participación ciudadana. ¿Sumará o les restará?
Esto también descoloca al PSOE en el Gobierno. No tanto al PSOE de verdad, que siempre tuvo a otras formaciones a su izquierda, pero a Pedro Sánchez sí le supone un problema esta incertidumbre, ya que desequilibra sus aspiraciones futuras al afectar directamente a la coalición. No solo por lo debilitado que queda su principal socio, Podemos, sino porque la propia Yolanda Díaz es, como todos saben, parte del equipo de su Ejecutivo, ministra y vicepresidenta y erosiona mucho la imagen del presidente con tantas voces discordantes en su mesa del Consejo.
Aunque desde el PSOE su portavoz Pilar Alegría apuntara con su habitual tono impostado que “la unidad dentro de los distintos partidos progresistas es positiva”, lo cierto es que con el enemigo dentro, Sánchez no sabe si seguir echando la culpa de todo al PP de Feijóo, que es la única alternativa que tienen los socialistas últimamente, o hacer algo de caso a esos trapos sucios que siempre dicen que hay que limpiar en casa y que no atiende porque está más preocupado por labrar su propia imagen personal.
Pero el problema está ahí. También es verdad que existe desde que empezara la legislatura con una coalición inédita y que se ha demostrado fallida porque cada uno ha hecho la guerra por su cuenta sin contar con lo que necesitan de verdad los españoles. El continuo afán de Podemos (metan si quieren en el saco a IU) por marcar su propio territorio frente a un PSOE dividido entre el Gobierno y el partido ha hecho muy difícil la gestión de Pedro Sánchez, casi siempre a otras cosas y a otros socios.
Así, que se pueda repetir un Gobierno de coalición va a depender en gran medida (o en toda) de la suerte que corra esa plataforma Sumar de Yolanda Díaz, esperanza para el espacio de “confluencias”, “comunes” y “mareas”, pero desastre para algunos socialistas y Podemos. ¿Cómo de decisiva será para la “progresía” reinante? ¿Sumar sumará con Podemos, restará al PSOE o se fusionará e irán de la mano? ¿Hay sitio en este proyecto para Ione Belarra e Irene Montero? ¿Cederían éstas el liderato a la vicepresidenta? ¿Prefiere ir sola? ¿Se liberará de Iglesias?
Quedan muchas preguntas por responder y muchas dudas por solventar, pero la vicepresidenta y responsable de las personas sin trabajo que no cuentan como parados, está a lo suyo, que no es otra cosa que “escuchar”. La ministra, que no se da cuenta de que cambiar el nombre a la situación de una persona que no trabaja para que no contabilice como parado es hacerse trampas al solitario, se hace de rogar. La duda es si tiene todo controlado, calculado, conoce y domina los tiempos y dará el hachazo en el momento oportuno o si, por el contrario, no actúa porque no tiene nada claro y si al final van a ganar PP y Vox por qué hacer el ridículo.
Pues Yolanda Díaz puede seguir escuchando, que mientras deshoja la margarita desespera a sus compañeros y rivales a la izquierda de la izquierda del PSOE, es decir, a la ultraizquierda, y no termina de aclarar el panorama a sus hipotéticos votantes, que pueden ver cómo se reedita en toda España el desastre que consiguió la “progresía” disgregada y descompuesta en Andalucía.