El cine español actual se encuentra de enhorabuena. Las nuevas propuestas que nos ofrece la cartelera demuestran que el séptimo arte continúa gozando de extraordinaria vitalidad. Su lenguaje se actualiza con los nuevos tiempos gracias a las distintas ópticas de quienes participan de y en él. En este sentido, buena parte de las historias más personales del cine nacional logran despertar el interés del espectador, por cuanto siguen siendo de algún modo universales. Tal vez su secreto radique en el tratamiento de asuntos esencialmente humanos, los cuales atañen a las inquietudes primordiales del individuo.
Uno de los mejores exponentes de lo aquí planteado es la ópera prima de Alauda Ruiz de Azúa, Cinco lobitos. Su virtud principal radica en haber logrado el aplauso del público y en conseguir extraordinarias críticas por parte de la crítica especializada. El éxito es por tanto doble, pues ya sabemos lo difícil que es aunar ambos sectores de la población. Los cinco años de trabajo que ha durado el desarrollo del proyecto se han visto claramente recompensados por múltiples proyecciones, premios y candidaturas. Tras su estreno en la Berlinale de 2022, obtuvo ocho premios en el Festival de Málaga y ha sido preseleccionada para los premios Óscar de este año. La historia de la película no puede ser más sencilla y, precisamente por ello, más compleja: la encrucijada de una madre primeriza ante las dificultades por compatibilizar el cuidado del bebé, su vida en pareja y familiar y los problemas derivados de todo ello. Resulta inevitable recordar aquella frase de John Lennon que afirma que la vida “es eso que pasa mientras estamos haciendo otros planes”. El azar de la existencia, la capacidad de resiliencia y la defensa de los cuidados aunados en una fórmula ganadora.
Para poner en común éstas y otras cuestiones, me cité el pasado martes 10 al mediodía con la cineasta en el madrileño Café Comercial. Allí conversamos largamente y pudimos tratar las claves principales que han hecho de Cinco lobitos y de Alauda Ruiz de Azúa la representación del cine español actual más exitoso.
“Cinco lobitos” surge de tu experiencia personal como madre. ¿Qué es lo que te llevó a basar tu primer largometraje en esta vivencia?
Supongo que fue algo que me removió mucho, haciendo que me cuestionara muchas cosas. La escritura de alguna manera intenta entender eso, abarcarlo, darle forma. Creo que fue eso lo que me llevó a embarcarme en este proyecto. Creo que cuando pasas por experiencias vitales complejas se suelen remover cosas.
La película parte de una realidad central —la de las dificultades de la pareja conformada por Amaia y Javi para hacerse cargo de su bebé— para desplegarse progresivamente en distintas realidades —las de Koldo y Begoña—, como las ramas de un tronco familiar. ¿Tu idea original partía de una historia coral o buscabas dar preferencia al personaje protagonista?
La idea original sí era hacer una película sobre la familia, sobre todo enfocada en la relación madre e hija. Eso sí estaba presente desde el principio. Además me interesaba hacerlo como una propuesta muy minimalista, centrada en los cuatro personajes y los juegos de roles. Abarcar un poco todos los matices de esos cambios en las dinámicas familiares. Fue una decisión muy creativa que tomé pronto, tratar el relato de forma muy austera y ver qué pasaba cuando metías a los cuatro personajes en una casa. Pensaba que era bonito explorar una relación madre-hija en el tiempo a través de esos eventos tan vitales e importantes, como el nacimiento de una nieta o lo que pasa luego con Begoña.
Es importante lo que dices, que se desarrolle en el escenario de la casa. Esto genera una atmósfera íntima que, progresivamente y a medida que van sucediendo las cosas, va haciéndose opresiva aunque haya historias que sucedan también en el exterior.
Todo esto tiene que ver también con el mundo de los cuidados. Es un mundo muy de puertas para adentro, muy doméstico y rutinario. Todo eso creo que genera una opresión en las personas que cuidan. Me encanta comunicar estas sensaciones, ver la intimidad de las familias. Socialmente ya sabemos que se van a comportar de una manera, pero cómo discuten de puertas para adentro creo que es más interesante y naturalista, porque vas viendo hasta el más mínimo detalle de lo que pasa en el día a día.
A pesar de que la historia posee partes amables, la sensación que da al espectador es de una dureza palpable: las relaciones de pareja, las dificultades de compatibilizar la crianza de un bebé con el trabajo, las complicaciones económicas que atraviesa la juventud actual, el tratamiento de una enfermedad grave… ¿Cuál es la reacción que buscabas en el público al construir este relato?
Yo quería que fuera un viaje emocionante y con muchas contradicciones. Me gustan las películas que me generan cierto misterio, la sensación de que yo tampoco sabría muy bien qué hacer. Que no sea tan clara la “respuesta correcta” me parece que es un viaje bonito para el espectador. Tendemos a empatizar con algún personaje y empezamos a pensar: “yo haría esto, no haría lo otro”. Cuando me sentaba a construir las escenas, pensaba que cuando se da una situación concreta en la vida real no hay una salida ideal, no tienes la respuesta correcta o estás cansado y no sabes muy bien qué hacer. Yo quería construirlo todo en torno a algo muy honesto y cotidiano, analizando los clichés que tenemos delante para intentar hacer algo a la contra de esto. Mostrar ese mundo de contradicciones donde las cosas cuestan, que a mi juicio se parece un poco más a la vida que vivimos y no tanto a las de las películas. Hay muchas entretenidas, divertidas e incluso evasivas que se construyen con personajes que tienen muchísima energía, persiguiendo un objetivo en una carrera de obstáculos. En la vida real los obstáculos son más emocionales y de otro tipo.
¿De qué forma te ha enriquecido tu experiencia previa como cortometrajista y qué influencias estéticas han influido en tu personalidad como cineasta?
En este proyecto creo que me ha ayudado llevar muchos años realizando publicidad y cortometrajes. Cuando afronté mi primer largometraje, tenía el vértigo de que se trataba de mi primera película personal y tenía que asumir una serie de riesgos personales. No obstante, en el aspecto técnico sí estaba más cómoda, porque llevo 12 años en este oficio y era una buena posición para tomar riesgos. Había una parte que sí sentía que controlaba bien. Lo otro era “saltar a la piscina” y ver qué pasaba. En el ámbito publicitario existe la costumbre de visionar muchas referencias antes de iniciar un proyecto personal, copiar códigos. En el caso de esta película me lo tomé como un proceso distinto. Era mi primer largometraje y quería que fuera un viaje en el que me encontrara a mí misma. No quería tener muchas referencias en la cabeza. En alguna ocasión sí que visualicé alguna película de Hirokazu Koreeda, pero lo hacía para buscar una sensación de algo que me gustaba, no como algo analítico. Quería escuchar la historia y ver dónde me llevaba, no imponer una estética. Empecé a pensar qué me pedía realmente. “Si quiero trabajar con los actores así, tengo que utilizar una cámara más discreta. Si estoy hablando de que la intimidad es importante, debo construirlo de esta manera”.
Eso está muy bien porque también la historia se hace orgánica, se va construyendo. No es algo que ya esté hecho de principio a fin sino que se va abriendo a distintas posibilidades.
Creo que fue una decisión muy acertada. En su momento sí me dio un poco de vértigo o de miedo, porque sabía que me habría resultado más fácil tener un parapeto formal o visual heredado de mi bagaje publicitario. En ese sentido, sabes cómo apoyarte mucho en lo técnico para hacer algo visual. Recuerdo ese miedo, la sensación de pensar que lo habría hecho así porque en el fondo me sentía insegura. Entonces decidí escuchar la historia y apostar por cosas nuevas. Era la primera vez que hacía una película e intenté asumir riesgos ahora que tenía la oportunidad.
Laia Costa realiza una extraordinaria interpretación. ¿Cómo tuvo lugar su elección como protagonista?
Cuando llega el momento del casting siempre visualizas trabajos de actores de actrices y los vas guardando en la “recámara”, en el “disco duro”. A Laia la seguía desde hace tiempo y me encantaba su trabajo. Mientras escribes el guión, empiezas a imaginar a intérpretes que podrían llevar a cabo esos papeles. Ella me venía a la mente como una intuición, aunque su elección estuviese justificada por muchos motivos. Tiene ese misterio, esa energía. Sentía muy fuerte esa intuición y me agarré mucho a ella. Después tuve mucha suerte, se alinearon los astros: a ella le interesó el guión y pudimos realizar el proyecto en las fechas acordadas.
¿Cómo ha sido la experiencia trabajando con intérpretes veteranos como Ramón Barea o Susi Sánchez?
La experiencia ha sido increíble. Como te digo, quería asumir una serie de riesgos, sobre todo en el plano actoral que para mí era quizás la parte del viaje más novedosa. Les planteé cómo quería trabajar (de una forma bastante abierta y probando cosas) y en los ensayos hicimos muchos ejercicios distintos. Fue muy bonito porque ellos estaban totalmente abiertos a trabajar así. Siento que es algo que hemos construido juntos, ver que los procesos funcionan, que pueden alimentar cosas, que está bien probar y equivocarte para averiguar otras cuestiones del personaje. Y, sobre todo, aprender que cuando se está generando un clima o un ambiente donde todos sabemos que estamos construyendo y buscando algo, aparecen muchísimas más cosas. Fue un viaje precioso el trabajo con ellos.
No me extraña. Además se les ve muy cómodos en sus papeles, muy naturales. Más allá de que ellos son unos extraordinarios intérpretes.
Cuando salieron las nominaciones, pensé: “son los cuatro actores y actrices que he dirigido y han construido esta historia conmigo”.Por último, ¿dejas espacio de improvisación al intérprete? ¿Consideras el guión como algo orgánico susceptible de cambio en su proceso de puesta en escena?
Para mí siempre fue otro riesgo que decidí asumir, que el proyecto estaba vivo. Desde la escritura a la reescritura, pasando por el rodaje y llegando al montaje. No obstante, que algo esté vivo tampoco quiere decir que esté cambiando constantemente, pero sí que no me siento atada a ello como si fueran unos grilletes. Si en algún momento siento que es más orgánico quitar una frase más sutil, si un actor o una actriz me propone probar una cosa o de repente llega un momento en que una escena fluye pero sientes que algo se desconecta un poco, improvisamos un poquito otra vía de trabajo. Se trata de sentir este proceso como algo vivo para construir los temas que ya están en el guión. Esto es verdad que da un poco de miedo. Tengo un texto que me gusta, del que estoy contenta y al que podría ceñirme y ya está, pero es verdad que siento que rodar consiste en hacer algo más con él. Un guión no es la película, es la guía o el punto de partida. Luego empieza otra película cuando empiezas el rodaje, y luego en el montaje encuentras otra película. Es un poco como ir destilando la esencia de las cosas.