Opinión

Ginés Liébana: una vida para la alegría

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Miércoles 11 de enero de 2023

Murió, dicen que la última noche del pasado año, Ginés Liébana, a los 101 años feroces, laborales, siempre divertidos. Solo tuvo un apotegma: “Nada hay más pesado que quince días de felicidad seguidos”. Así, hacia fuera, en plena melancolía fervorosa, que según Víctor Hugo es la felicidad de estar triste, no dejó de trabajar una sola hora.

Pintaba cuadros, sí, y cuando se cansaba escribía libros, y cuando volvía a aburrirse, empezaba con la paleta nuevamente. El cuadro era el cuadro: barroco, fantástico, hiperrealista, cargado, recargado, mitológico, celestial. El libro era mucho más amplio: poemarios, novelas, obras teatrales, memorias, textos sin género preciso, garabatos. Estuvo en el grupo Cántico –estudiado por Villena en su librito- y algo de todos ellos tuvo: Baena, Molina, Aumente, Bernier, López, Vicente Núñez, Pepe de Miguel. Lo dejó cuando se estaba amariconando demasiado y sólo de un paso atrás.

El ciruelo le pedía viajar, sin fondos, conocer a hembras extranjeras, brasileñas, francesas, orientales, germánicas. Fue el beat de los años cincuenta subido a trenes de mucho ruido, abohardillado en ciudades frías, perfileño, angosteño. Consumía el error de llevar a un amigo consigo, en lugar de mochila, Paco Nieva por ejemplo, y así cuando todo saltaba por los aires debido a una borrachera o algún imprevisto lío/ruido de bragas, se quedaba en la calle dos veces, sin amigo y sin pasta, peor que al principio, blanco, roto, ido, pero firme/dandy en la caída.

Por su casa/taller madrileña, como la de Nieva pero sin cortinones, pasaron varias conspiraciones, lentejas pobres y risas de Jaén, porque nunca en realidad salió de Torredonjimeno. Todo era igual que su pueblo, en grande o pequeño, según. Manejaba bastón con cabeza de plata, melena de músico, barba de bucanero o homeless, lana sin orden, camisas rotas y con los puños vueltos, como Cocteau y Nieva, el monedero muy al fondo del bolsillo, casi desaparecido. Estuve con él en una exposición en Oviedo, calle San Francisco, donde solo estábamos el bedel del banco y nosotros dos: era su risa la que llenaba el sitio.

Los malvados, maledicentes de toda laya, dicen que hacía muchos retratos a famosos, que luego los querían pero costaban un fortunón. No lo creo: me aventuro a una segunda hipótesis, en esas relaciones de sube y baja, todas con famosos, la bronca ocasional evitaba todo trato anterior, porque en su hambre solo mandaba él, a la manera ramoniana, campesina, obrera, bohemia. Era una perilla de cabra bajo el viento, los ojos quemados por el sueño imposible, siempre el sueño imposible como guía, una mujer rara o un libro/cuadro que no acaba de nacer al natural.

Lleva toda la vida pintar/escribir como un niño (Picasso) y trabajar siempre como un jardinero (Miró). Decía que escribía poemas sin adjetivos, y que peinaba los plurales, porque sino iba a parecer Mariano Rajoy por antena con la boca pantanosa: “Todosss nosotrosss somossss españolessss”. Fue un obrero que siempre llevó un bohemio dentro, por lo que iba bien amarrado, sujeto, lo suficiente para no dejarlo. Lo dejas, vino a decir, cuando te pones a “hacer dedos”, tras mucho tiempo de silencio o vacaciones, cuando te conviertes en un pintor/escritor de domingo, puro fin. El no dejarlo, sí, le hizo abstemio, pícaro, gigante. No existía la vida por un lado y la cultura/oficio por el otro.

Ese no salir de la rueca, ese no soltar el pedal, ese cuidar a la hormigonera de palabras y colores como a sí mismo, le llevaba a escribir mientras hablaba, a pintar mientras hablaba, a no soltar el calambre del ingenio, la electricidad de esta hora minutísima, siempre en lo mismo, porque si sales a por tabaco, San Se Acabó. Le gustaban los periódicos para abrigarse, para llenarse de presente sin cata excesiva, para taparse mientras dormía un rato. Dicen, no lo sé, que se casó con una sobrina, como Vargas Llosa con la tía Julia, a la que igual busca ahora desde que en Villa Meona no cuentan con él para la cena, tampoco lo sé, e igual comienzan a separar los libros de Boyer de los del Nobel, pura quita. Ginés Liébana fue un duende que solo quiso trabajar para duende desde el interior húmedo del bosque. A lo hecho no dio ninguna importancia, y vivía para el mañana, seguir empujando, un paso tras otro, nuevas libretas, nuevos óleos, nuevo trabajo bajo el sol más bello. Así llegó a la Medalla de Oro a las Bellas Artes (2005) y a la de Andalucía (2011). Le gustaba cuando las mujeres le perseguían para pegarle. Nunca nadie fue tan ducho en angeología, pero en plan erudito, y así en El libro de los Ángeles colaboran Miguel Bosé, Nacho Cano, Leopoldo Alas, Luis Racionero, Villarrubia y Rosa Perales.

“En mi arte, lo que me inspira no lo sé, lo que sé es lo que siento”, decía en su museo delirante, la casa donde los fantasmas también corrían para pegarle mientras él se bebía toda la luz de la luna y veía desnudo cómo no dejaba huellas en su devenir por el pasillo griego. Ligero de equipaje, machadiano para la vida y ni un metro más allá, para la tristeza y al mismo tiempo la melancolía, ya se dijo pero lo repito, que es la pura felicidad de estar triste. Tenía tanto oficio que podía pintar con los ojos cerrados, escribir sin papel, soñar sin cama, amar hasta el desgaste donde cada gota de sudor es otro océano. Un resistente, duro y pedernal, de los que descansan trabajando, porque el rollo es siempre la vida a pelo, sin poder escaparse, pendiente de una paliza o una deuda. Ginés Liébana: fugado de lo real y lobito feroz.