No quisiera herir los ánimos de mis lectores. Comprendo que son momentos del riguroso mea culpa por aquello de la gula navideña y el haber sacado brillo al colesterol. A esto conviene sumarle las adherencias propias de los regustos corporales así como los tradicionales retos que obligan al fustigo de los pecados capitales, ya sean éstos de carne o pescado.
Hay quien se ha subido a la cinta de correr con un inhibidor de roscones y según dicen sus propios allegados el susodicho está a punto de llegar a Ponferrada: “Vivimos en Móstoles y lo último que sabemos de él es que se subió a la cinta que tiene en su dormitorio y hasta la fecha” Entiendo que estas cosas son muy de amor propio, o sea, muy personales. Un conocido mío lleva desde 1924 con el reto de aprender maorí. Yo mismo soy un ejemplo de tenacidad sincronizada, que es una cuestión tan íntima como inconfesable, pero por ser ustedes les diré que se trata de aprender a nadar guardando sincronía con el agua para no hundirme. A mi edad no me apetece visitar las profundidades que no estén a mi alcance. Soy más de superficie.
Como buena costumbre que tengo huyo de hacer balances cuando se pasa de un año a otro; es más, tampoco leo calendarios porque cuando has leído uno los has leído todos. Los santos son siempre los mismos y los días marcados en rojo o son domingos o fiestas de guardar. Las lunas crecen y menguan como nos sucede a todos los mortales y en esas estoy para recordarles que los deseos de felicitar el año nuevo se acaba de manera oficial la madrugada del próximo sábado día 14, cosa que no viene en ningún almanaque. No se molesten en mirar, porque es la rutina impuesta por los depredadores del buen talante.
Sabemos que la especie humana está siempre a órdenes de la clase dirigente, ya saben, esa que promete pero que luego engaña. En nada modifica el cambio de año, ahora bien, si esto lo toman como una tradición que viene de lejos, pues mejor para mí porque ello avala mi teoría de no hacer balances. Activo y pasivo son la pareja perfecta para cuadrar el círculo vicioso y hacernos ver que dos más dos, aunque la leyenda urbana nos dice que suman cuatro, para la clase política el resultado es cinco si el sondeo sale de cara, o tres, si el resultado es cruz. Por eso insisto en que lo único que cambia es el calendario por aquello de vestir paredes, eso sí, cada vez con los números más grandes y con amplio espacio para apuntar las citas médicas. Qué lástima.
La joya de la corona la ponen las rebajas. Un fenómeno tan misterioso como difícil de tratar incluso para el Ministerio de Igualdad, y lo digo por la asimétrica proporción del género consumista. Por cada cien mujeres, dos son hombres escarbando entre toneladas de camisas, faldas, blusas, pantalones, zapatos, camisetas, sabanas bajeras y demás traperías, haciendo que la curiosidad por lo arcano forme una especie de desobediencia civil alrededor de abarrotados expositores como si éstos fueran yacimientos de ricos oropeles, cuando al final la presunta ganga no es más que un sustrato sometido al manoseo más vil.
Los probadores se convierten en segundas residencias para algunas, sin ánimo de ofender, quede claro. -¿Cuántas prendas lleva? –pregunta la dependienta. -Creo que unas quince. –Es que el máximo son de cuatro por persona- A partir de ahí todo el monte se vuelve orégano. Cuando el fenómeno de las compras compulsivas sobrepasa la capacidad de uno mismo, los armarios roperos experimentan extraños sucesos de personas desaparecidas por la ingente colección de chollos acumulados en el bargueño. Algunos expertos en compulsiones traperiles mantienen la teoría de que en dicho fondo de armario suelen formarse agujeros negros. No es para menos por inverosímil que esto pueda parecer.
Sin solución de continuidad llega la disfunción eréctil de la cuenta corriente merced a una sediciosa tarjeta de crédito declarada en rebeldía desde sus primeros pasos hacia el estrellato. Es la llave que abduce y seduce. Cargada de testosterona irradia sensualidad, erotismo e incluso carece de conciencia, pero no así de memoria, es lo más parecido a una ameba en celo que todo lo engulle. Insaciable de por sí este dichoso protozoario es el encargado de recordar a las entidades bancarias, al Corte Inglés y demás establecimientos con ánimo de lucro, lo que has comprado y gastado a crédito con todo lujo de detalles. La tarjeta es una canalla, va por libre y además es rencorosa. Capaz de evocar aquello que sucedió dos meses atrás sin ningún miramiento cuando pagaste que se yo de aquél entonces. Un buen amigo suele hablar muy mal de las tarjetas de crédito; dice que son espías rusos infiltrados con intención de empobrecernos y endeudarnos.
En fin, como verán nada nuevo a pesar de los esfuerzos, pero cruzar el umbral del subconsciente no es sinónimo más que de cambiar de calendario. La vida continúa.