Pedro J. Cáceres | Domingo 12 de octubre de 2008
Gallardón en estado puro. Ana Botella de “señorita bien” o “señorona altruista de mesa petitoria una vez por año”. Manolo Cobo de “¿sobresaliente?”.
Uno, dos y tres. Tres toreros en el redondel. Buen cartel; mano a mano cumpliendo la ley de paridad y un ¿sobresaliente? “hombre anuncio”. “La corrida de la indecencia”; eso sí, con “figuras anuncio” en el ruedo.
“Políticos anuncio” de los que no tienen empacho en ponerse camisetas horteras de su partido, llegada la campaña electoral, la sudadera merengue o colchonera, cuando hay que hacer un guiño a las masas futboleras.
Y en su vida cotidiana, donde el “político anuncio” subvierte los valores en claro abuso de su estatus y en vez de cobrar “el salario del miedo a la hambruna”, por hacer de anuncio, se ufana de ser “ponedor”. ¿O no son “hombres, y mujeres, anuncio”, esos pijos, y pijas – políticos de etiqueta- que exhiben el lagarto, el laurel, o el caballito en el suéter; la etiqueta de cashmir en el pulligan ,deliberadamente puesto sobre los hombros; la corbata de huella indeleble; la pluma -discretamente visible el logotipo-; el reloj, en colisión con el doble puño camisero abrochado por caro gemelo identificable; o el bolso con anagramas nítidos, como artículo de “clase “y lujo; el pañuelito al cuello, con discreta contraetiqueta emblemática?
¿Por qué, cuando adquirimos estos artículos no le quitamos el marchamo antes de embutirnos en ellos? De la misma manera que cuando D. Alberto y Doña Ana asisten a saraos populistas, lo llaman eventos sociales, posan sin pudor delante del “foto col” haciendo el caldo gordo publicitario que ellos tanto dicen detestar ¡por dignidad de las personas!
La medida de prohibir los “hombres anuncio” por parte del ayuntamiento de Madrid, y que sólo afecta a indigentes con dignidad para trabajar honradamente de lo que sea, en una ciudad donde la delincuencia galopante, como sustitutivo de procurarse un “puchero”, es el mayor anuncio, vomitable, de la situación de paro encubierta por soterrada y sumergida.
Todo aduciendo razones de dignidad humana, que no de estética, constituyendo una oda al cinismo y a la doble moral por ser un ataque frontal a la gestión de los derechos de cada uno como individuo y su dignidad en función de sus circunstancias provocadas por una administración de la peor estofa sectaria: la clasista (no existe el racismo, sí el clasismo). No es lo mismo un cuerpo oscuro con amplia faltriquera bancaria que un “negro” desembarcado clandestinamente en patera.
Clasismo.
¿No son los futbolistas millonarios “hombres anuncio”, en camiseta y calzoncillos? ¿Y los tenistas, con sus gorras, playeras sin mangas con el “nike”, pantalones “pirata” y zapatillas con denominación de origen indisimulada? ¿Y los motociclistas, y los de la fórmula 1 (en cuyos monos cohabitan más hierros que en un toro de lidia)? ¿Y los del golf –algo más sofisticados en la discreción propiciada por su condición híper adinerada-?, etc.
Después, todos, rizan el rizo fuera de su actividad, pero a eso se le llama “imagen”. Quizá los toreros sean, en el ejercicio de su profesión, el único gremio estigmatizadamente puro del mercantilismo de los “hombres anuncio”.
Algún atisbo hubo, hace años, y fue rechazado por el sector y la afición, pero por antiestético y poco coherente con un espectáculo varado en lo rancio, más que en lo tradicional.
El marketing, curiosamente, es su talón de Aquiles: tanto en su implantación en la sociedad, guste o no el espectáculo, su “existencia” –en base a su permanencia informativa de su desarrollo sin tener que esperar a la sangre de las cornadas- y en poder desencorsetar sus presupuestos dieciochescos de debe y haber (ingresos por taquilla y pagos de toros y toreros) propios de contables de visera y manguitos –por supuesto sin “galgos, podencos, o tres barras verticales, serigrafiados- en busca de los cada vez más ansiados “atípicos”.
En el anclaje en que anda la tauromaquia, producto de su endogamia, es difícil prever cualquier progreso en tal materia. Pero si fuera el caso, debería, antes, consultar con Gallardón y Botella para cumplir la ordenanza sobre “anuncios” (personas y cosas).
Sin embargo, el edil y la edila (o edilesa), quizá por corporativismo, afinidad en lo político y en lo clasista, o simplemente por desprecio para con La Fiesta no han reparado en amonestar a la Comunidad (en la pasada “encerrona” de Perera y en otos casos similares – incluidos los mano a mano-) por consentir dos “hombres anuncio” como “sobresalientes”: cuando no es que fueran suspensos, que no; ni siquiera tenían la condición de iniciados por cuanto no presentaban papeles de confirmación de alternativa. Pasó lo que pasó; y poco fue para lo que pudo pasar. Pero en cualquier caso, impasible el ademán.
La ordenanza municipal también atañe a automóviles e inmuebles, mientras estos no sean vehiculares para “hacer caja” propia, como la flota de la EMT. ¡Gran descaro!
En Las Ventas el único anuncio que se permite en su fachada es la cartelería del –o los- festejo. En su letra pequeña se lee…”y si el tiempo no lo impide”. Una falacia de obligado cumplimiento (por lo tanto susceptible, por engañosa, de intervención de la collera Gallardón-Botella) porque en plaza tan ventosa –de ahí debe proceder el nombre del coso- el mayor enemigo climatológico para el desarrollo del espectáculo es obviado consuetudinariamente. Y pasa lo que pasa; que poco es, para lo que algún día puede pasar.
En Las Ventas, en su interior, no hay “toreros anuncio” –por idiosincrasia propia, escrito quedó- ni anuncios en el inmueble. Tal situación es acotada para las corridas de toros. Todo en aras de la preservación del inmueble acorde con su catalogación.
Pero para el tenis, los conciertos y los mítines, no sólo se hace la vista gorda, si no que el poder político se constituye en cómplice interesado antes que permisivo: en los “hombres anuncio” y en la publicidad estática.
En Las Ventas no se ha suspendido ningún festejo, a pesar de condiciones más que adversas, por motivos lucrativos. En Sevilla, sin embargo, este año, se han suspendido siete, y los motivos son los mismos pero de componente contrario. En Zaragoza, y en octubre, hace veinte años que ha desaparecido la “coletilla anuncio”…¡y si el tiempo no lo impide!.
Su cubierta, muy precaria, cobra hoy más actualidad que nunca – sin tener en cuenta el cambio climático evidente- instalándose en un ejemplo de voluntad política. La crítica que se produjo en su día sobre tan vanguardista proyecto iba más en la falta de transparencia de su financiación que sobre su necesidad. El coso de La Misericordia es obra de Pignatelli (¡fue alguien en la historia de la arquitectura!) y data del año 1.764 ¡ya ha llovido!.
Los “políticos anuncio” de Madrid (Las Ventas, 1931, “un tal” Espeliú), y los “maestrantes anuncio” (Plaza de toros de Sevilla, 1881, Sánchez Aragón y San Martín – dos paisanos-) apelan a la monumentalidad histórica de los inmuebles para no abordar cualquier estudio o proyecto –tan sólo un estudio o proyecto- que garantice la celebración de los espectáculos en óptimas condiciones.
Pero no se ruborizan por instalar una carpa en los aledaños venteros con motivo de “la Davis” y otros chiringuitos similares si la ocasión es conveniente. De la misma forma que en la Maestranza, hace tiempo, se instalaron en las cornisas del sector sombra unos toldos corredizos para que “Lorenzo” no bronceara, en exceso, a los “señoritos”.
Políticos, “hombres, y mujeres, anuncio”: el cinismo clasista ¡al poder!
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