Domingo 12 de octubre de 2008
Durante estos últimos días, más de cien milicianos talibanes han perdido la vida en combates con las fuerzas internacionales de la ISAF y las fuerzas armadas afganas. Dichos combates se han llevado a cabo en la conflictiva provincia de Helmand, si es que hay alguna que no lo sea en el convulso Afganistán. Históricamente, la tierra que antaño viera nacer al orgulloso imperio mogol, ha visto también caer a potencias de toda índole, desde Alejandro Magno hasta los casacas rojas ingleses de la época colonial. Por no citar, claro, al varapalo sufrido por el ejército soviético en lo que fue su particular “Vietnam”. Precisamente aprovechando semejante coyuntura, Estados Unidos se encargó de armar y entrenar a los muyahidines, entre los que se encontraba un tal Osama Bin Laden.
Pasado el tiempo, los norteamericanos lograrían derrotar al régimen talibán, instaurando una suerte de democracia “de urgencia” y auspiciando el mandato del líder tribal Hamid Karzai. El mandatario afgano suscita más de una duda, pero lo cierto es que, a día de hoy, se presenta como la única alternativa viable ante la amenaza talibán. Sea como fuere, lo cierto es que algo parece moverse últimamente allí. Es un hecho que los talibanes han ido recuperando terreno, hasta el punto de que algunos analistas los sitúan a las mismas puertas de la capital, Kabul. Y da la impresión de que los efectivos militares acuartelados allí contemplan este avance con una mezcla de temor e impotencia. Es como si la comunidad internacional se hubiese despistado en otros menesteres –por más que ahora Irak parezca estar menos inestable-, dejando hacer a los talibanes. Y a nadie escapa que un nuevo régimen talibán desestabilizaría, si cabe aún más, una zona ya de por sí foco de tensiones, fronteriza con un Pakistán poderoso pero convulso y en la que se supone que Al Qaeda tiene uno de sus principales feudos, si no el principal. Ahora más que nunca, conviene no bajar la guardia.
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