Opinión

Suelos digitales

TRIBUNA

David Porcel | Domingo 15 de enero de 2023

En sociedades hipercontagiadas de instrumentos y juguetes tecnológicos, con cada novedad, se nos vende la idea de que los nuevos lenguajes digitales son, fundamentalmente, recursos o medios a nuestro alcance para ejercer con mayor determinación nuestra libertad natural. Siendo esta la manera de pensar, la patata caliente pasa al pasivo ciudadano que, convertido desde el inicio de partida en usuario y consumidor, debe, además de usar aquellos instrumentos, hacerlo con conocimiento y responsabilidad. Y como cantan las estadísticas, que cifran que nuestros jóvenes y adolescentes usan compulsivamente los nuevos dispositivos y plataformas casi tanto tiempo diario como el que permanecen en los centros escolares, el problema –se nos dice- es que esos novicios digitales no han aprendido todavía a usar responsablemente aquellas posibilidades que “generosamente” se les brinda para potenciar su comunicación y desarrollo. Sin embargo -y he aquí la falacia-, los nuevos lenguajes digitales dejaron de ser hace mucho instrumento para convertirse en el nuevo suelo desde el que pensar y sentir el mundo. Es así como los grandes colonos de las empresas tecnológicas van abriendo el nuevo imperio digital, sobre una tierra cada vez más desvalida, y más sola, y más huérfana, de cuerpos cada vez más invisibles y sensaciones cada vez más escondidas.

En este suelo digital, alevosamente construido por los nuevos emperadores tecnológicos y armado con todo tipo de instrumentos y recursos para ser ocupado, los nuevos habitantes –en su mayoría personas en proceso formativo más fácilmente maleables e impresionables- van haciendo suyas las nuevas experiencias, comportamientos, normas, formas de expresión y relación, conformando así el nuevo horizonte de posibilidades y necesidades del Homo digitalis contemporáneo. El digitalismo, como hace unas décadas lo fue el globalismo, es suelo desde el que vivir, basado en la conexión y apenas en el contacto, en la inmediatez y apenas en la duración, y se alimenta de quienes por él transitan. En unas líneas deliciosas, el maestro Emilio Lledó, en su libro que titula Sobre la educación, advierte así del asunto: “No quisiera caer en una crítica trivial y tantas veces repetida en ámbitos privados y personales; pero es evidente que ese imperio digital, en sus amenazantes abusos, es una enfermedad para la racionalidad y el saludable desarrollo de la inteligencia, y para la libertad no tanto de expresión, como tan machaconamente se habla en nuestros días, sino para una más importante libertad previa, para la libertad de pensar, de sentir, de experimentar, de desear, de amar. Ese hundimiento obsesivo en las pequeñas pantallas manuales, más propiamente dicho, digitales, donde los dedos, las manos dominadoras de la materia, creadoras del arte, de la cultura real, quedan convertidas en meras rozadoras, «sobadoras» de las minipantallas.”

Y es obvio que incrédulos y críticos no podemos –ni seguramente debemos- convertirnos en terroristas del suelo digital, porque ni sabríamos cómo hacerlo ni pensaríamos en la violencia como camino hacia la conquista de cualquier empeño. Sin embargo, y aquí también hablo como ciudadano de a pie, deberíamos ser y hacer a los nuestros conscientes de que el lenguaje –en cualquiera de sus formas- no es tanto instrumento, susceptible de buen o mal uso, sino apertura o cierre hacia nuevas formas de humanización. ¿O acaso podría haber ética y política, ciencia y tecnología, amistad y enemistad, sin lenguaje? Decía Parménides, en el preámbulo de la historia occidental, que el ser y el pensar son lo mismo, ¡y acertó de lleno!, pues es el caso que necesitamos ser para podernos pensar, y necesitamos del pensar para poder ser. El universo humano, ese que el lenguaje eidético va abriendo con cada palabra, configura el mundo en el que tenemos que vivir. Y en este universo, ya desde el primer balbuceo infantil, el lenguaje aparece como horizonte de ideas con las que luego hacer mundo y construirnos a nosotros mismos. Es por ello que deberíamos ser conscientes de la naturaleza del lenguaje que queremos para nosotros y los nuestros, no cayendo en la mera posición de pasivo consumista y «sobador» de pantallas, haciendo gala de nuestra libertad creadora y, lo que es más importante, sintiéndonos verdaderamente dueños de nuestro porvenir.