No cabe ninguna duda de que el humor político bien expresado forma parte de otra forma del arte, que a través del grotesco, desenmascara la hipocresía de ciertos personajes públicos indeseables, casi siempre entremezclados con la falta de ética que les es propia. El humorista, responsable de la consumación de esta singular forma de denuncia social saca a la luz los actos aberrantes mostrándolos con ironía y una sonrisa. Asunto nada fácil por otro lado, ya que esta pizca de socarronería tiende a disimular un golpe duro hacia el implicado que, de un modo vulgar, podría manifestarse como un insulto. El humorista hiere pero, al mismo tiempo que expone, consuela. La risa en este caso se adhiere al mensaje para tornarlo menos explícito y ofensivo que soportablemente ocurrente; es así como estos artistas actúan como la voz crítica de la sociedad hacia las acciones de los políticos de turno poniéndose en el lugar de la gente, comprendiendo sus problemas, interpretando sus necesidades y reflejando dichas acciones o incoherencias a través de sus creaciones. Incisivos, tratan de despertar la conciencia mostrando al público los errores e irregularidades que cometen los funcionarios públicos. El objetivo, siempre, es llegar a la verdad valiéndose de la risa y del absurdo.
Juan Carlos Colombres, a la vez que maestro del género fue uno de los padres del humor político en la Argentina y artífice indiscutido de dicha forma del arte. Para sacarle más filo a su lápiz, que usaba a la manera de escalpelo, se escudó sabiamente bajo el seudónimo de “Landrú”, siendo desde los diarios y revistas uno de los más feroces analistas políticos, temido por dictadores y políticos corruptos.
Su brillante recorrido empezó en 1945, cuando se publicó su primer dibujo en la revista Don Fulgencio, fundada y dirigida por otro maestro del género, el asombroso Lino Palacio. Un año después, en 1946, dibujó para la revista Cascabel, donde se mofaba de Juan Domingo Perón (entre las muchas caricaturas con que lo representaba se divulgó la de la pera monumental y una risotada de oreja a oreja, que, dicen, arrancó la risa del caricaturizado presidente). Pero su gran reconocimiento llegó en 1957, cuando fundó la legendaria revista Tía Vicenta, que logró una tirada de más de 50 mil ejemplares semanales, y en la que invitó a colaborar a sus colegas Quino, Garaycochea, Sábat, Oski, Basurto, Faruk y César Bruto, entre otros, batiendo el records de ventas. Tía Vicenta fue primero censurada y luego clausurada, en 1966, por el gobierno del dictador Juan Carlos Onganía; obviamente un personaje sin ningún sentido del humor. Landrú lo había caricaturizado como una morsa, siguiendo el apodo que en varios sectores se le daba.
Durante esos años fue su hermano Ignacio, reconocido artista plástico, quien pagó por los platos rotos, ya que debió exiliarse en Madrid. “Se la agarraron conmigo para vengarse de mi implacable hermanito, que era quien los mandaba al frente -decía el Colombres pintor-. Estos milicos asesinos, me hicieron pagar a mí por las humoradas de Juan Carlos. Pero no la pasé tan mal, me vine a Madrid y aquí mi carrera obtuvo, casi inmediatamente, un espacio. No estuvo mal, hoy me conocen aquí más que en la Argentina”.
Un año después, la célebre publicación apareció como suplemento semanal del diario El Mundo, que de 200 mil ejemplares aumentaba a 300 mil ese día. Para combatir la censura, que no cesaba de perseguirlo, Landrú decidió editar Tía Vicenta con otro nombre; fue así que en 1966 apareció bajo otra fachada el hebdomadario María Belén, también como suplemento del diario El Mundo. A esa publicación la siguió otra de más filoso corte. “Como soy un incorregible empecinado y un gran terco que por nada se da por vencido -recordaba el perseguido humorista-, en 1968 decidí poner la cara y sacando pecho publiqué la revista “Tío Landrú”. Curiosamente nadie se metió conmigo y, aburrido, decidí cerrarla”.
A inicios del año 1970 Colombres llegó a poseer una sección memorable en la revista Gente, donde se burlaba de la fatua sociedad argentina, en especial del “medio pelo” y de los nuevos ricos, o aquellos que pretendían aparentar un alto nivel cultural. “En esos dibujos y collages me divertía retratando a tantos imbéciles que se creen importantes en este país”, confesó tentado de risa. Sus dotes de escritor crítico y celoso observador de la realidad demolían más de un falso castillo construido de naipes. Raúl Alfonsín, el ex presidente Radical le llegó a decir en una oportunidad que le estrechó la mano: “Sabe una cosa, Landrú, una de las batallas pendientes de mi gobierno fue ganarlo para mi causa política”.
En 1971 Landrú empezó a colaborar para la revista dominical del diario La Nación con un espacio que se titulaba “Los grandes reportajes de Landrú”. Y en 1972 inició una dilatada etapa de colaboración, hasta 2008, en el diario de mayor tirada de la Argentina, Clarín. En 2014 publicó su obra cumbre ¡El que no se ríe es un maleducado!, un volumen de casi 500 páginas en formato especial que en gran parte es el compendio de sus principales creaciones y, según anunció en esa oportunidad, el cierre de su carrera creativa. Pero no fue todo, hacia fines del mismo año inició, bajo su impulso, sus actividades la Fundación Landrú, una organización sin fines de lucro creada por sus familiares para rescatar y difundir la obra del extraordinario dibujante humorista, y además con el objetivo de ayudar a los artistas del género que no la pasan bien.
Evocarlo en el centenario de su nacimiento, que se celebra este 19 de enero es no solo de gran importancia, sino también de indiscutible obligación para los argentinos. Nuestro Landrú, nuestro admirado y muy querido Juan Carlos Colombres, a quien tuve la felicidad y el honor de conocer muy de cerca, pues era, entre otras cosas, vecino de Jorge Luis Borges, y era raro el día en que salíamos con el poeta y no nos topábamos con el humorista Colombres, empecinado callejero y buen caminador de Buenos Aires; de manera que nos veíamos con mucha frecuencia para compartir ocasionalmente un café y rememorar anécdotas que, con nuestra risa, contagiábamos a los parroquianos de las mesas vecinas. Alegre, ocurrente, siempre divertido y regalando simpatía, para el artista Landrú todos los días deberían ser domingo.
Landrú también fue uno de los primeros libretistas de los programas de televisión del inmortal Tato Bores y colaboró además con otros programas de radio y televisión; a la vez que nunca dejó de publicar en las páginas del diario Clarín y a veces en La Nación, Crónica y en nuestra humilde revista Proa.
Antonio Mingote, que era uno de sus pares en España, gran amigo de Landrú, lo consideraba el más genial humorista político del mundo; otro tanto sucedía con nuestro común amigo Miguel Gila, cuya admiración por nuestro él superaba todo lo imaginable. La influencia de nuestro dibujante era internacional y acaso la referencia principal de nuestro continente.
A modo de celebración, me entero que a partir del 19 de este mes, la ciudad de Mar del Plata recibe la imperdible y valiosa exposición “Breve historia universal de Landrú”, con más de cincuenta obras originales, incluyendo mucho material inédito. La muestra itinerante se inauguró originalmente en la Biblioteca Nacional en 2018 y ahora llega al Museo Municipal de Arte Juan Carlos Castagnino, de ese balneario de la provincia de Buenos Aires.
Entre las más de cincuenta obras del humorista hay una buena cantidad de trabajos inéditos, incluyendo un cuaderno de adolescencia en el que Juan Carlos Colombres prefiguró la cosmogonía que luego se convertiría en el cuerpo central de su obra como humorista, periodista, músico y escritor. Para hacer un poco de historia, recordemos que Landrú empezó a sus 17 años, con el niño-que-aun-no-era-Landrú, abriendo su cuaderno para escribir su “Génesis novísimo”, una genial creación que reinventa la historia del mismo Universo. Esa repetitiva faceta está presente en su obra sobre la que volvió persistentemente. Hasta ahora ese trabajo sólo había aparecido una vez en la revista Status, otra maravilla del humor gráfico, que dirigía otro grande, Miguel Brascó.
Breve historia universal de Landrú ofrece, además, originales del archivo del diario Crónica, en custodia en la Biblioteca Nacional, y algunas perlitas del Archivo Presidente Arturo Frondizi, incluyendo tarjetas postales dibujadas, que Landrú le dedicó y jamás se llegaron a publicar. También ofrece un rescate amplio de textos y viñetas de la primera época del autor de Don Fulgencio, el prodigioso Lino Palacio, y a partir de allí, todos sus hitos importantes. Que no son pocos, por supuesto, porque Landrú llegó a colaborar en nada menos que doce medios a la vez.
Juan Carlos Colombres, nuestro Landrú, nació el 19 de enero de 1923 en Buenos Aires y se sumó a los más en la misma ciudad un 6 de julio de 2017. Tenía 94 muy bien aprovechados y juveniles años. Es una alegría que a un siglo de su nacimiento el humor de Landrú esté vigente, muy vigente. Los motivos, amén de su excepcional calidad, pueden rastrearse en su estilo y en su invariable originalidad.