Opinión

Hannah Arendt y el siglo XX

LA BÁMBOLA

Diego Medrano | Jueves 19 de enero de 2023

Nieva en España, país blanco, vuelve la tiña a las peluquerías entre chupitos y cachis de antimicóticos, andan a garrotazos por León debido al aborto sin saber todavía quién metió el gol, Yolanda Díaz se hace la pedicura por redes –que es la peluquería de los pies, sin tiña pero con Titanlux- y hay quien dice que eso no es comunismo (cuando la mujer con lascas nunca será mujer del todo; lo de Jorge Martínez líder de Ilegales: “Me gusta la mujer de antes, sin polla y sin barba”) mientras yo no levanto la vista del libro eléctrico, tocho de la temporada, ensayo nervioso: Hannah Arendt y el siglo XX (Paidós). Un infarto.

Dorlis Blume, Monika Boll y Raphael Gross, todos curadores, plumas brillantes del arte, editan el milagro con motivo de una gran exposición realizada en Berlín sobre la pensadora. Una veintena de artículos donde una Arendt troceada, por partes, sintética y esencial, compone el mosaico rotundo de su pensamiento, pluma, vida y sinergias hacia delante. Un pensamiento vivo, útil, ajeno a doxografía y pie de página, algo que se mueve, especialmente actual y elaborado. La base sería algo así como el “pluralismo político”: gracias al pluralismo –todavía más en estos tiempos de polaridad- se generaría el potencial de una libertad e igualdad políticas entre las personas. A partir de aquí: la era de la hegemonía total, los antisemitismos, los refugiados, Eichmann, las segregaciones raciales americanas, el sionismo, el feminismo y el movimiento estudiantil. Maravilloso.

Los hits de su pensamiento son y han sido claros: la banalidad del mal y la dominación total. En su libro Eichmann en Jerusalén acuña el marbete Un informe sobre la banalidad del mal. Algunos individuos, completamente banales, completamente anodinos, sin especial singularidad, actúan dentro del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos. Burócratas, obedientes siempre y genuflexos ante estamentos superiores, para quien las consecuencias de sus actos no significan nada, simplemente cumplen órdenes, así en determinados casos no les importa llegar a la crueldad, la tortura o la realización de maldades. Solo puede evitarse la “banalidad del mal” estando atento a ella para evitar que nazca y se reproduzca.

Respecto a la “dominación total” es el origen mismo del totalitarismo (Hitler y Stalin). Ambos, desde ideologías contrarias llegaron a lo mismo: la ejecución del terror, la manipulación de la legalidad, el crimen sin tasa ni cupo (judíos, gitanos, homosexuales, intelectuales, ricos, campesinos, etc) y, lo crucial, un entramado en los regímenes totalitarios que los separan de las tiranías anteriores o clásicas; ese entramado legal, burocrático, donde el desafío a la legalidad se produce siempre por una falsa apariencia de ésta, ese segundo concepto de “ilegalidad totalitaria” donde los Estados Totalitarios desafían el Derecho Positivo (duelo, atroz, entre mayúsculas); el engaño de hacer surgir unas leyes positivas a través de las leyes naturales históricas, pero sin que se note el cambiazo, el burle, el trile, golpe de muñeca negra.

La facultad de juzgar no es estética (Kant) sino política (Arendt). La verdad sería la actuación dentro de todas las condiciones políticas posibles. Su “pensamiento sin asideros” lleva a juzgar siempre, desde el propio venero político o histórico. Vuelta al principio: todo ser humano normal puede cometer las mayores atrocidades en un momento dado escudándose en el ayer histórico u hoy político. Incluso llegaría al “mal radical”: concepto que remite al intento por parte de los regímenes totalitarios de eliminar todo rasgo humano de los individuos. Así bajo dicho régimen se anula toda capacidad del individuo de ser espontáneo reduciéndose su obrar a la mera reacción ante diferentes estímulos. Hanna Arendt, la judía que fumaba como María Zambrano, pelo corto de soldado, dientes grandes de caballo, mucha ropa negra, carterón raído o pelado, zapatos viejos, lo único que no nos contó fue lo crucial: por qué se metió en la cama con Heidegger, nazi con boina, bigote blanco con nicotina, ojillos húmedos, pupilas sin dudas, ojillos equinos sin preguntas.