Cada verano de mi infancia, mis padres y unos amigos de ellos pasábamos unos días en los Pirineos de Navarra. Justo al concluir las fiestas de Estella, de donde era originario mi abuelo paterno. Todos los años hacíamos parada obligatoria en dos lugares muy especiales. En primer lugar, las cuevas de Zugarramurdi, espacio natural mágico donde supuestamente grupos de mujeres celebraban rituales de “brujería” allá por el s. XVII; en segundo lugar, el municipio de Vera de Bidasoa, donde Pío Baroja adquirió un caserón que bautizó como “Itzea” —palabra de origen vasco a la que todavía no se ha encontrado significado—. Ambos lugares están de algún modo simbólicamente unidos, pues Baroja nos traslada a aquellas cuevas en la época en que tenían lugar los aquelarres brujeriles a través de la narración La dama de Urtubi (1916).
En ninguno de aquellos años logramos penetrar en “Itzea”, pues se encontraba en proceso de rehabilitación. Paseábamos, eso sí, por sus alrededores, observando el poderoso perfil del edificio y viendo discurrir el río a su “vera”.
Pasaron los años y fui interesándome por las cuestiones literarias, yendo progresivamente en aumento mi interés por Baroja. Parte de culpa la tuvo mi abuelo, claro, quien a su vez fue responsable de mi interés temprano por el cine. Fue volviendo del colegio una tarde de viernes cuando me contó aquella historia épica en la que, teniendo él once años, llegaron los “peliculeros” para rodar en Estella la primera versión cinematográfica de Zalacaín el aventurero. Fue en 1929 y la dirigió Francisco Camacho. Mi abuelo —que en su casa conservaba una edición antigua de la novela, con los grabados de Ricardo Baroja— recordaba perfectamente el rodaje de algunas escenas de esta producción silente, como la de la casa en la que se alojaba Zalacaín en plena Plaza de los Fueros; o aquella otra en la que huía de los carlistas nadando por el río Ega. Para esta última escena, algunos niños estelleses lanzaron piedras al río desde el puente del Azucarero simulando balas, mientras los actores disparaban sus armas. Uno de los tiros alcanzó al por accidente al actor protagonista, Pedro Larrañaga —padre de Carlos Larrañaga y protagonista del hito del cine mudo español La aldea maldita (Florián Rey, 1930)—, que tuvo que ser operado de urgencia en Estella por el doctor Simón Blasco Salas. También recordaba que, para la escena de la persecución —en la que Zalacaín se lleva del convento de Recoletas a Catalina—, utilizaron como landó un carruaje que había en la huerta donde su madre trabajaba de guardesa y en el que él jugaba. La película fue estrenada en Estella y él acudió a visionarla, suponiendo todo un acontecimiento. El propio Baroja y su hermano Ricardo participaron en ella, el primero interpretando a Juan Egozcue, El Jabonero, lugarteniente del Cura Santa Cruz en su partida, mientras que el segundo encarnó al tío-abuelo de Zalacaín, Tellagorri. La Metro-Goldwyn-Mayer se hizo con los derechos del film y, un buen día, las copias de la película ardieron en un incendio originado en los almacenes de la productora. Por ello, actualmente se considera un film perdido.
Como Zalacaín, Itzea se convertiría en otra creación de Baroja, pues durante su reconstrucción —estaba casi en ruinas cuando la adquirió— la fue dotando de una historia hasta transformarla en casa familiar. Y es que, a pesar de tener ya un linaje propio —“Irisarri”—, Baroja afirmaba que era “Alzate”, con el que según él estaba emparentado por parte de madre —llegando, si se tiraba del hilo, hasta el mismísimo Michel de Montaigne—. Incluso se colocó un nuevo blasón familiar creado por su hermano Ricardo, según cuenta el gran cronista barojiano Miguel Sánchez-Ostiz.
La cuestión es que, con el paso de los años y aún a pesar de no estar ya Pío como morador de Itzea, los continuadores de la saga barojiana mantuvieron vivo aquel lugar y, con su habitabilidad, consiguieron convertirlo en un renovado lugar con historia. Desde su hermana Carmen, pasando por su querido sobrino e hijo de ésta y de Rafael Caro Raggio —editor de buena parte de las obras del escritor— Julio Caro Baroja, pasando por el hermano de éste, Pío Caro Baroja. Por la parte de Carmen, recibimos un libro de memorias para la posteridad que debería ser todavía más valorado de lo que ya es, pues refiere a sus vivencias y aportaciones como mujer y creadora a la Edad de Plata de la cultura española: Recuerdos de una mujer de la generación del 98, inédito hasta 1998; por el lado de Julio Caro, nos encontramos ante un polímata u hombre renacentista que desarrolló sus inquietudes intelectuales en distintos planos como la lengua, la etnología, la historia o la antropología. De ahí que fuera el encargado de preservar el mundo de su tío —real e imaginario—, principalmente en la obra Los Baroja (1972)—, así como el carácter histórico, antropológico e incluso lingüístico del País Vasco y de Navarra. Algunos de sus volúmenes publicados son auténticas perlas del saber: Las brujas y su mundo (1961), donde vuelve su interés al mundo ya referido de la brujería especificando en los casos que se “detectaron” en España; de cómo fueron juzgados por la iglesia mediante la Inquisición da también cuenta en libros como los dos volúmenes de Vidas mágicas e Inquisición (1967) o El señor inquisidor y otras vidas por oficio (1968). Uno de sus trabajos más extensos fueron los 18 volúmenes de Estudios vascos. En su interés por la historia, tradiciones, folklore y oficios de Navarra ahonda a través de La hora navarra del XVIII (1969), los tres tomos de Etnografía histórica de Navarra (1971-1972) o los cuatro de La casa en Navarra (1982).
Será aquí donde entre en juego su hermano Pío, quien desde su faceta de realizador audiovisual colaborará con Julio para la filmación de dos películas de larga duración que tenían como fin documentar el carácter etnográfico y folklórico navarro. Surgieron como encargos para el No-Do y posteriormente Televisión Española, y acabaron reuniéndose en una película de 150 minutos de duración con el título de Navarra, las cuatro estaciones. Documental etnográfico (1972). Dirigido por Pío, el guión sería de Julio. Como su propio título indica, el espectador será testigo del paso de un año entero a través de sus cuatro períodos entre el equinoccio y el solsticio. Se trata de un documento único que conserva para la posteridad una Navarra tradicional y rural ya perdida debido a la industrialización. El fin del documental será procurar demostrar cómo Navarra representa “uno de los países más enigmáticos y variados de Europa dentro de su pequeñez. Una de las tierras de la península ibérica, de España, con más carácter, por sus paisajes, por sus habitantes y por los usos y costumbres de éstos”. Y lo hará de una forma bien original: tomando “como punto de arranque” las claves del claustro gótico de la catedral de Pamplona. En ellas “se hallan representados los meses del año, cada uno por una escena, de acuerdo con un patrón medieval clásico”. Así, se tratará de dar “una visión de la vida a lo largo de las cuatro estaciones en los diversos territorios del antiguo reino”. La narrativa del film se sustenta en su narrador que, dando voz a los textos de Julio Caro Baroja, describe las imágenes filmadas. Sobre ella, también escucharemos las descripciones hechas por los distintos protagonistas de la cinta, que van explicando sus cometidos. Los “fondos musicales”, procedentes de diferentes piezas musicales tradicionales navarras —jotas, zortzikos o marchas procesionales—, son interpretados por instrumentos como el acordeón, la guitarra, el silbo o el txistu.
Así, el film se inicia con el invierno, ilustrado con música de acordeón a ritmo de zortziko. En la Navarra septentrional, de habla vasca, se vive una vida aún “muy pegada a la naturaleza". El bosque y el pasto “significan mucho en su existencia”, por lo que parte de la población “dedicará bastantes horas invernales a su trabajo en ella y con ella. Como ejemplo, la cámara filma a un molinero de Zubieta haciendo kaikus —recipiente típico vasco— con madera de abedul. En los caseríos de la zona nórdica se observa cómo se han preparado el invierno, con “el heno y el helecho recogidos” para “asegurar el pasto y la cama del ganado”. En pantalla, una mujer cuece leche con piedras candentes en un kaiku de madera y amasa tortas de maíz. La música de acordeón incorporará voces de niños que interpretarán diferentes canciones en vasco, mientras observamos la matanza del cerdo en sus distintos procesos. Ello será propio de la época de Noviembre, constituyendo en el ámbito campestre “una fiesta de buena vecindad", pues “algunas partes del animal se dedican a amigos y vecinos”. En “el extremo septentrional de Navarra, con motivo de la Nochebuena, los jóvenes de las barriadas rurales” procesionan al “Olentzero”. Ataviado “de modo grotesco”, representa” a un “carbonero bárbaro, borracho y glotón”, que ante la noticia del nacimiento de Jesús baja a los hogares cristianos”. Mientras escuchamos música de tamboril y txistu, vemos al personaje “encarnado” transitar los diversos lugares de una población a hombros de sus compañeros, que cantan coplas en su honor. Todo el ciclo festivo de la Navidad está pleno de simbolismos, como en Urdiáin, donde recogen “el agua nueva en la misma Nochevieja, la última del año, para garantizar la continuidad vital”. Desde Reyes hasta Cuaresma, “puede decirse que corre el ciclo carnavalesco”. Por él transitan personajes ataviados como el “Zanpantzar” —del francés “Saint Pansard” (San Panzudo)—, haciendo sonar sus cencerros desde los primeros tiempos de la cristiandad, “siendo objeto de grandes censuras”. Tras ellos, el acordeón ilustra con el canto al “alirón” —compuesto por Feliciano Beovide— el ambiente festivo de una troupe de “máscaras”. Los fabricantes de cencerros serán, por tanto, fundamentales para esta fiesta. Otros artesanos serán los zuequeros, cuya labor exige un complejo proceso de elaboración. El valle del Baztán, “tierra poética que da nacimiento al Bidasoa”, conserva “viejas torres de linajes medievales con pretensiones de dominio”, preservándose “en torno de alguna el fragmento de una balada terrorífica, como la relativa al señor de Ursúa, que mató recién casado a su mujer, venida de Francia”. Con la “epopeya francesa” está “ligada estrechamente el pueblo de Valcarlos” (la “val de Charles”, del emperador Carlomagno). Son famosas sus fiestas carnavalescas, destacándose “la danza de los Volantes”, toda colorido, baile y música que culmina de forma misteriosa y violenta. Y es que “el navarro pirenaico ha pensado mucho en la muerte, pues el culto a los antepasados es un elemento esencial en su interpretación de la vida cristiana”. Pero si mueren los hombres, también “mueren los símbolos”, como el “Gigante Miel Otxin”, “juzgado y condenado por las máscaras” en el Carnaval de Lantz. Se trata de “una fiesta europea adaptada: el triunfo, juicio y muerte del Carnaval”. Comienza el domingo de carnestolendas y termina el martes al anochecer. Son protagonistas “los mozos del pueblo y algún casado de buen humor”, algunos de los cuales salen del ayuntamiento la mañana del lunes. Caracterizados como “personajes misteriosos y amedrentadores”, lucen “talludos” portando “los útiles propios de herrar” y se “apostan en la casa antigua del herrero”. Después, aparecen las “máscaras alborotadoras” —entre ellas, un figurón hinchado y monstruoso (el “ciripot”) o una especie de caballo (el “zaldiko”)— y, “tras ellas, un gigante (“Miel Otxin”) al ritmo de una marcha interpretada por un silbo y un tamboril. “Baja la fantástica comitiva por la calle principal, eje del pueblo y camino de Francia”, siendo atacado durante el recorrido el “ciripot” por el “zaldiko” mientras el gigante sigue bailando indiferente. En un punto, “las máscaras se echan sobre el caballo y lo sujetan”, ejerciendo los herradores ejercen “su menester”. El martes de carnaval se repite idéntica acción pero, a la tarde, el gigante “Miel Otxin” se convierte en la figura principal”, recorriendo el pueblo bailando para ser “apresado, juzgado y condenado por misteriosos delitos”. En un momento dado, “intenta huir al monte” sin éxito. Alguien “que espera al acecho, le dispara dos tiros y el gigante cae abatido”. Otras máscaras se abalanzan sobre él y lo destrozan. Con “sus pobres entrañas se hace una gran hoguera” y alrededor de ella “se baila un baile largo de aspecto extraño, ceremonial” y “algunos hombres mayores, enardecidos, se incorporan a él”.
El segundo capítulo del film se encuentra protagonizado por la primavera, cuando “el trabajo en los campos es constante”. Como ejemplo, los labradores de San Martín de Unx “layan sus tierras con el apero típico, la laya”. La labranza se contrapone a las fiestas populares de la estación, especialmente religiosas. En su forma de vivirlas, “siempre gravita de modo decisivo la fe medieval”. La austera Semana Santa sucede en poblaciones como Villafranca, donde se lleva a cabo la tradicional custodia del sepulcro de Cristo —los “dormidos de Villafranca”—; algunos hombres del pueblo, ataviados como soldados romanos con la cara cubierta por un velo enlutado, vigilan performáticamente la talla de un Cristo hasta “caer en profundo sopor mientras desaparece el cuerpo yacente del crucificado”. En las procesiones de Corella aparecen figuras bíblicas “de un barroquismo comparable al de algunas andaluzas”. Además de los pasos procesionales, se observan a pertinentes con la cara cubierta para su anonimato, portando cruces a los hombros y cadenas mientras caminan descalzos. Las “peregrinaciones de carácter penitencial o expiatorio” también se suceden en localidades como Ujué. Una gran comitiva desfilará por el campo al son de cantos piadosos. También la de “los cofrades de los doce apóstoles” en marcha nocturna desde Tafalla al dar las doce campanadas, iluminados por faroles, rumbo a un santuario. La música ambiental, interpretada por una banda de música, se trata de una versión de la Marcha Fúnebre chopiniana entonada por las voces temblorosas e incluso desafinadas de trompetas cuyo compás queda marcado por un tambor, dando a los actos un aire lúgubre. También habrá otras celebraciones tradicionales más coloridas y menos patéticas, como el “volatín” de Tudela —“monigote del sábado de Gloria que representa a Judas” y que, expuesto en el balcón de la Plaza Mayor, fuma un petardo que le explota para, después, comenzar a dar vueltas en un palo de madera al son de música de una jota de rondalla— o la “bajada del ángel” —en la que, el domingo de Resurrección, un niño disfrazado de ángel, “desde las alturas, baja descubrir la faz enlutada de la virgen”. En la propia villa de Vera, se celebra la festividad del Corpus. La de la Cruz de Mayo tendrá un gran significado agrícola, al igual que el ambiente de la romería de Nuestra Señora de Codés, “como de escena de comedia campesina de Lope de Vega o Tirso”. Por San Marcos, comienza el tiempo de los pastores; grupos familiares de la zona del Roncal fabrican quesos con la leche de sus ovejas, tal y como lo hacían sus antepasados. Por su parte, los alfareros de Lumbier, cuyo gremio ha ido desapareciendo, trabajan el barro. Además de las industrias sedentarias, también va desapareciendo la fabricación y transporte de almadías —balsas de troncos de madera cuya función era la de transportar las propias maderas de los bosques a las serrerías a través de los ríos.
El verano es “la época de los grandes trabajos en el campo, de la recolección”. Las antiguas representaciones de los meses “ya lo acreditaban”. En junio se siegan los prados para luego secar la hierba. Así, podemos ver en las Malloas a hombres atarse —con el peligro que ello conlleva— para ascender grandes pendientes, santiguándose antes de iniciar el trabajo. Desaparecen poco a poco las formas tradicionales de hacer la trilla. En la montaña, la vaca va dejando de ser animal de trabajo en general y, con ello, quienes se dedicaban a herrarlas. Aún quedan quienes fabrican albarcas con piel de vaca, así como esparteros y cordeleros “que trabajaban al aire libre a lo largo de los recintos amurallados”, o las viejas hilanderas. Y con las artes y oficios, se van también los viejos deportes y, con ellos, los pelotaris. Las “casas y sus elementos también se transforman”. Los tejados de madera, los graneros sobre pilotes, los antiguos hórreos y otras muestras de arquitectura de origen medieval. También la naturaleza sufre cambios, como la selva de Irati, que cuenta con un pantano como muestra de “la actividad del hombre moderno”. La “violenta” modernización o los éxodos son algunas de las razones de la desaparición de usos y tradiciones. Sin embargo, en lugares como Ochagavía prevalecen celebraciones como la dura subida al santuario de Nuestra Señora de Muskilda. También están los rituales ancestrales, como el de la noche de San Juan —”una de las más misteriosas y poéticas del año”, ya “referida en los antiguos ritos solsticiales”. En Lobera de Onsella, esa noche se realiza el viejo rito médico de “pasar a las personas herniadas entre dos trozos de roble que luego se unen. Si el roble no muere, el enfermo cura”. Pocos días después, el 7 de julio, se celebra la festividad del patrono de Pamplona. Además de esta ciudad, otros lugares celebran los sanfermines, como en Lesaka, donde los jóvenes bailan sobre los pretiles del río Onín. En las montañas roncalesas, se celebra el “Tributo de las tres vacas”, que simboliza “un pacto de buena vecindad en el uso de pastos fronterizos”. Estella se presenta como una de las más tradicionales “viejas ciudades navarras o capitales de las merindades antiguas”. Todavía quedan celebraciones como los encierros, las procesiones y desfiles donde los gigantes y cabezudos sirven de símbolo festivo que custodian y preceden a las autoridades. En la “vieja capital agrícola”, es también famoso el Baile de la Era, “baile de fin de trabajo durante la cosecha”. También los “mozos cantan como cosa muy suya Bajo la Doble Águila, una marcha militar alemana muy de moda en la época del Kaiser Guillermo II”.
El otoño “es la estación del color”. La vegetación “toma colores cálidos” y “sorprendentes”, producidos por “cultivos tradicionales en sus campos fértiles”. Las casas de Lodosa, por ejemplo, lucen fachadas enrojecidas por las ristras de pimientos. Nos encontramos en “tierras de regadíos antiquísimos”, que se inician con los romanos y se perfeccionan con los reyes de Navarra, llegando hasta el s. XIX. Una imagen distinta del trabajo agrícola tradicional la ofrecen los frailes del Monasterio de La Oliva, en plena vendimia. Como en la Edad Media, les vemos “alternar la tarea material cotidiana con el rezo y el culto”. Cerca de dicho monasterio, “familias de pueblos enteros tendrán que rendir la máxima energía recogiendo uva o haciendo vinos de distintos tipos”. Dicho lazo familiar va siendo sustituido por los establecimientos de las cooperativas. Antes, cada propietario “hacía sus vinos sin mezclar la uva de una parcela con la de otra”. Las “calidades en la producción pequeña eran muy atendidas. Hoy, la industria es distinta”. Quedaron de los tiempos antiguos, sin embargo, las técnicas de los odreros y boteros, de los fabricantes de cueros “que ponían las pieles del ganado al servicio de la industria binaria”. En otoño también, a partir del día de San Miguel, se verá cómo de los Pirineos bajan hacia el sur los ganados trashumantes, “a los que se abrirán los pastos de la Bardena”, quedando en el sur “los pastores hasta la primavera, añorando los montañeses sus casas, tierras, mujeres y novias”. San Miguel es el protector de los pastores y los guerreros. En conjunto, “protege a los fieles en su lucha perpetua con el demonio”. Arcángel y diablo son “los actores principales en las viejas psicostasis”. También es patrón de comunidades agrícolas como la de Cortes, donde se ha conservado “un dance característico”: un “paloteado”, un “trenzado con su parte de loa”, donde “el diablo queda, como siempre, derrotado”. En la zona vasca de Navarra, el otoño se presenta con otros rasgos. Las fiestas y tareas son otras también. Seguirá el hombre del caserío alternando tareas caseras y campestres. Alguno se distingue por pequeñas especialidades, como el que fabrica mangos de hachas y collares en Oitz. Es la época de la recolección de las castañas, de la fabricación de sidra, de la del carbón para el invierno. Los leñadores y carboneros destacarán con su tarea. En el ámbito deportivo, utilizarán los aizcolaris el hacha como instrumento para sus apuestas, compitiendo navarros contra guipuzcoanos en plazas de distintos lugares. Un casero de vera realiza sidra con un lagar antiguo de madera —”el último, acaso, que queda montado en el término”—. Como supervivencia, queda la caza de palomas con redes en las palomeras de Txalan.
El film concluye con una reflexión en torno a la desaparición y transformación de las formas de vida cotidianas, que son las que al fin y al cabo caracterizan con su idiosincrasia a los pueblos navarros: “Todo pasa en el mundo. No sólo desaparecen los hombres formando generaciones, también se van las costumbres, los ritos, las creencias, se transforman las técnicas —no sabemos si para bien o para mal—”. Con el fin del otoño volverá el invierno y así sucesivamente, en un bucle infinito, aunque esas repeticiones —que en las distintas estaciones tienen lugar— cambien de apariencia.
El Gobierno de Navarra publicó la película por primera vez para formato doméstico en VHS en 1994, mientras que en 2004 tuvo una segunda edición también en DVD. Fue a través de su primera edición como pude ver por primera vez el film, impresionándome hondamente. De esta forma, culminaron los hermanos Caro Baroja su amor por Navarra de la manera más completa y brillante posible: divulgando mediante el formato audiovisual el legado etnográfico de esta región española, dejando esta película como testimonio histórico irrepetible para las generaciones venideras.