Me sumo muy gustoso al reconocimiento de la figura de Javier Rey en el momento triste de su desaparición, en un acto que han preparado sus colegas y amigos médicos hace unas fechas en el Ateneo de Madrid, y en el que he participado. Merece ser recordado por su compromiso inflexible con la Sanidad Pública, con su Servicio Nacional de Salud, cuyos problemas conocía como nadie. Yo diría que no tenía otra idea en su cabeza ni otro motivo de reflexión: era un estudioso incansable. No había estadística o análisis, nacional o extranjero, que el no conociese y utilizase en su propio trabajo. Era muy difícil sorprenderlo, aduciendo una contribución sobre el estudio del estado de la sanidad española que ignorase. Añádase que la significación de este material resultaba especialmente de utilidad cuando quien lo analizaba era alguien de la experiencia de Javier, y su dominio del Sistema Nacional de Salud desde los puestos que había desempeñado, especialmente como secretario del Consejo Interterritorial.
Esto era lo primero que llamaba la atención de Javier Rey: la seriedad con que acometía su tarea de reflexión sobre la Sanidad Española. La segunda nota era su defensa de la Sanidad Pública en la que creía firmemente y a la que defendía no solo con constancia incansable sino con absoluta independencia. Había algo de quijotesco en su figura: emprendiéndola a mandobles contra todos los enemigos de aquella: servicios sanitarios privados, grupos farmaceúticos de presión, dirigentes públicos dispuestos a utilizar las puertas giratorias con la medicina privada… Pienso, si este idealismo irreductible, y que resulta admirable para mí, no denota un trazo ignaciano de su primera educación, a la que aludía Jesús Ruiz Huerta en una intervención inmediatamente anterior a la mía en la sesión del Ateneo.
Partía de la asunción en serio del derecho a la salud de todos los ciudadanos que había de garantizarse en nuestro Estado Social y Democrático de Derecho, en términos de sustancial igualdad. En ello eran capitales las prestaciones del Servicio Nacional de Salud que debían ser objeto de una reconsideración en un sentido modernizador y acorde con los planteamientos próximos a la descentralización federalizada de nuestro sistema autonómico. No le cabían dudas sobre las bases constitucionales del derecho a la salud, ligado de modo más obvio que otros a la misma dignidad de la persona como condición de vida irrenunciable, y por ello reclamaba un reconocimiento de la fundamentalidad de la prestación sanitaria más explicito y mejor protegido en la propia Norma Máxima. Javier insistía en lo inapropiado de la afirmación de que las competencias sobre sanidad se encuentra transferidas y que por tanto el Estado central no tiene al respecto capacidad alguna de intervención. La política sanitaria forma parte de la política general del Estado que corresponde al Gobierno. El Estado es responsable de asegurar el disfrute del derecho a la salud o asistencia sanitaria en términos de igualdad y expresamente le corresponde, además del establecimiento de la legislación básica, la coordinación en la materia, que es un tipo de colaboración en la que el Estado central asume un rol de primacía o dirección. Por ello Javier subrayaba lo intolerable de las situaciones en las que sufrían la igualdad o la coordinación.
Esta seriedad de planteamientos encontraba en Javier un valedor de gran eficacia en sus cualidades personales. Era difícil sustraerse a su invitación a trabajar con él, dada su amabilidad y cordialidad extremas. Javier mimaba a sus colaboradores, dedicándoles una atención cortés y atenta. Siempre tenía tiempo para charlar por teléfono: conocía tus observaciones a un borrador que él te había podido mandar; y estaba dispuesto con generosidad a incorporar tus críticas o matices en los documentos que preparaba. Afectuosamente te podía hablar de sus vacaciones donostiarras, contándote que había comprado algún libro tuyo en Lagun la librería de María Teresa Castell e Ignacio Latierro; o preguntarte por algún episodio de salud familiar, donde su consejo médico era bien apreciado…
Yo conocí a Javier Rey hace unos años, cuando dirigía el Laboratorio de Ideas de la Fundación Alternativas Juan Manuel Eguiagaray. En el 2006 preparamos un dossier sobre el derecho a la salud. Al cabo de algún tiempo, ya durante la pandemia, volvimos a colaborar juntos en el estudio de la situación del Sistema Nacional de Salud, pensando en la reforma de la Ley de Sanidad. Sintonizábamos a las nueve de la noche en reuniones on line. No me perdía ninguna. Era un gusto coincidir con personas de la experiencia y categoría de los convocados por Javier, entre ellos, si se me permite la singularización, Pedro Sabando y Ramon Gálvez: me sentía enormemente privilegiado porque ese colegio tan ilustre y a la vez tan crítico, tan independiente, me acogiese, siquiera fuese marginalmente, Que hacía un jurista entre tanto médico, en las reuniones que se convertían, con el paso de los días y las angustias de la pandemia, en conversaciones de verdaderos amigos.
Recordaré siempre a Javier con gratitud y enorme afecto.