Opinión

Las calles de Madrid

TRIBUNA

Luis Bravo | Jueves 02 de febrero de 2023

Las crónicas saldrían mejor cuanto más desapego se les notase, pero se acaba rechazando esa distancia. De los tiempos pasados, uno acaba haciendo pamplinas con las que justificarse una falta de rigor a la hora de comentarlos. Es algo implícito en el carácter: vence la pereza, se va cayendo lentamente en las preferencias y visiones sesgadas, y pueden ganar encanto y añadir soltura a recuentos alargados. Se prefiere entonces el vagar en vez de continuar por lo señalizado. No escapamos a la necesidad de aventura, invocada según Carlos Pujol en ese olor que mezcla el frío y la resina quemada, que también vuelve triste.

Las calles que más han sido transitadas a lo largo de nuestra vida, o quedaron por algún evento que las fijó inmarcesiblemente, recogen en sus nombres y ubicaciones una especie de tea que alumbra y hacemos alumbrar a capricho, sin prestar atención a las consecuencias, según lo contenida o desbordada que esté la sensibilidad de uno. Siempre hay un resquicio por el que se cuela lo emocionante de ese bajar por la avenida camino del río, sin reparar en qué rumbo va a ser el que defina esa tarde. ¿A dónde te lleva la conversación que se enmaraña porque los pasos saben el recorrido aunque la sensación vaya por libre y te asombres por el lugar de destino? Si es que lo hay, por supuesto.

Podemos pronunciar unas y otras con desprecio irónico acordándonos de quienes vivían en ellas porque han dejado de importarnos. Demasiadas idas y venidas, suponemos. Están las que enunciamos con respeto por contar un sufrimiento que se grabó. Las que conservan ese temblor nervioso donde ocurrió un beso, una caricia, un pedir algo más de rato juntos para no olvidarse, exageración de enamorado. A mano derecha, meses de temperaturas heladas. A mano izquierda, los geranios en la balconada y el aroma de esparto que, todavía, no ha sido identificado su origen en los sucesivos junios. Un verdadero hecho significativo es que en esa esquina nos estén esperando.

Hoy nos podemos preguntar si las conocemos. Las descripciones y enumeraciones no hacen literatura, pueden pensar algunos, porque están al alcance de cualquiera, no tienen esa resonancia que sólo unos pocos son capaces de otorgar. Sentimos la aprensión de atrever a fiarnos de la memoria. Éramos los únicos que las recorríamos, pensaremos. Los entusiasmos se antojan risibles porque también pasan. Nos gustaría apuntar los detalles de esos parques y esos bares en los que eran posibles tales entusiasmos, en ambos, pero que después de transitados nos devolvían a las calles como un descanso de tantas ensoñaciones que ausentan. Ha sido su cometido, su compromiso con nosotros: ellas nos permiten seguir buscando.