Opinión

Último adiós a Manuel Linares

TRIBUNA

Carlos Díaz | Viernes 03 de febrero de 2023

Hemos dado el último adiós a José Manuel Alonso, a quien tuve la fortuna de conocer en la penúltima etapa de su vida, toda ella dedicada al Movimiento Cultural Cristiano. Un día se presentó en casa para decirme como si tal cosa que me adhiriese a esa su formación, convencido como lo estaba de que en ella podría sembrar mejor. Su gigantesca fuerza de convicción le había llevado a pedírmelo sin límites con evangélica sencillez no argumentativa, casi franciscana. Quienes lo conocieron desde siempre saben y tienen mucho más que decir sobre este ángel.

Nos conocíamos desde hacía mucho tiempo y poco a poco nos hicimos amigos. Le ayudé a estudiar Filosofía por las tardes en mi casa, a la que llegaba como un párvulo agradecido, y su férrea fuerza de voluntad dio frutos ubérrimos. Con tesón inenarrable, no sólo se licenció en esta carrera de filósofo, sino también en psicología, en ciencias políticas y en otra que en este momento no recuerdo, una tras otra, sin prisa y sin tregua. Luego acudía puntualísimamente cada mañana a la universidad sentándose en el banco primero de la clase ante los asombrados profesores a quienes no podía pasar desapercibida su ansia de saber y su generosa entrega. El testimonio de este indeclinable aprendiz, su tesonero empeño por dar de sí hasta la extenuación, y la alegría que le proporcionaba pasar de lo desconocido a lo conocido para darlo a conocer, me fascinaba. Qué lujo de amor al saber para serse, y del serse para regalarse.

Mientras tanto, con este notable jugador de ajedrez hacíamos miles de kilómetros en su camioneta cargada con nuestros libros, ya lloviese, tronase, o nevase; aun recuerdo aquella gran nevada por el norte de España yendo a la rueda de las rodadas abiertas a duras penas por los camiones. Día y noche al volante con José Manuel, a quien yo cariñosamente denominaba mi escudero, aunque era él quien abría caminos como verdadero caballero andante.

¿Cómo expresar hasta qué punto destacaba su sobriedad militante? Una noche tomamos posada en un hotel de carretera de dos estrellas, y nada más abrir la puerta me dijo: “¿Tú siempre vas a sitios tan lujosos”? Luego, al acostarnos, me enseñó a orar al Cristo de la buena muerte. Y al día siguiente, vivos, de nuevo a trabajar con alegría, tanta que en una ocasión llegamos a la cita en Bilbao en lugar de San Sebastián, hacia donde orientamos el rumbo para retroceder inmediatamente y llegar desde allí a la hora en punto con el auditorio rebosante. Qué felicidad.

Era la época en que vendíamos después de cada charla doscientos o trescientos libros, y aún más ocasionalmente. Desde antes de ser amigos, yo siempre recuerdo a José Manuel en zapatillas de andar por casa pasando frío y soledad al pie de nuestros puestos callejeros, un verdadero hombre a un puesto pegado y al mismo tiempo un testigo de Cristo. Militante entregado hasta la muerte, de él no cabía espesar veleidosidad, defección, ni abandono.

En cierta ocasión un médico amigo de La Rioja, miembro del Instituto Mounier, nada más verle llegar y descargar las cajas de libros del camión, le preguntó: “¿Eres espondilítico?” Ante su respuesta afirmativa le preguntó si no le dolían tamaños esfuerzos, a lo que él respondió como si no pasara nada: “Yo no siento dolor cuando lo pongo en las manos de Cristo”. Desde luego jamás le oí quejarse, pero todo sufrimiento integrado en Cristo –como decía Mounier- perdía para él su desesperación, su misma fealdad.

A veces causábamos la admiración (o mejor, hacíamos el ridículo) ante los cobradores cuando pagábamos el peaje de las autopistas, pues su enfermedad le impedía girar el cuello hacia la izquierda, lo que a mí me obligaba a hacer de Cirano de Bergerac respondíendo desde el asiento de copiloto, que estaba a la derecha.

Ante algunas dificultades nos las teníamos tiesas, y no faltaban los percances, como el de aquella ocasión en que se nos vino abajo cuan largo era el tubo de escape, pero nos apañamos con mi cinturón para sujetarlo hasta el primer taller de La Carolina, la patria chica de Raphael. Mi maestro de vida compañero era un todo terreno, a las duras y a las maduras. ¿Y qué decir de él mientras trabajaba en el local de Solitec, donde bajo la maestría de Alfonso Gago había aprendido a implantar excelentes audífonos para gente pobre, un local sórdido carente de ascensor y sobrante de elevados escalones que había que subir cargando como mulo pesadísimas cajas de libros, con las que nuestro campeón se atrevía, aun reconviniéndole? No, mejor nada decir.

Valgan estos breves recuerdos de una vida luminosa de esposo enamorado y de padre desvelado. Me gustaría decir, por mor de brevedad, que José Manuel Linares era un poeta de la vida. La poesía es un ejercicio de alteridad que busca diseñar cercanías lejanas y lejanías cercanas, una mota de polvo, una simple mota de polvo traída y llevada de acá para allá incesantemente por el viento y que, en su modestia, quisiera tener una más grande sustantividad. La mota de polvo es una metáfora de lo absoluto imposible, la gota que en el mar culmina. Lo pequeño está hecho para lo absoluto, porque en lo pequeño late lo absoluto, y para esto decir es necesaria mucha fe, y en consecuencia mucha voluntad de creer.

La frustración de la mota de polvo no está en no ser más que una simple mota de polvo, pues a pesar de ello quiere ser cuidada, abarcada, abrazada, sostenida, infinitizada por lo que para ella significa lo infinito. Incluso lo finito de la mota de polvo es infinito, pero la relación de lo finito abierto a lo infinito -en última determinación- necesita descansar.

No puede haber un poeta que no sea místico, ni a la inversa: ¿cómo puede ser tan afortunada una mota de polvo que se siente abrazada por el infinito-Dios? La mota de polvo se siente agradecida porque su propio existir, por pequeño e irrelevante que parezca, siente la caricia hipotética del absoluto que la inhabita, que la trasciende, que la funda, en la cual se mueve en la esperanza de gozar del absoluto en que se mueve: un asombroso asombro.

José Manuel leyó en el ser más allá de lo que es, en el terreno de lo meta/cósmico. Incluso el tiempo, por extenso que sea, tuvo que demorarse en él para atravesar la realidad finita, como las manos. Y lo asombroso es que ¡algún día!, en algún momento ajeno al tiempo aunque temporal, las manos temblorosas alcanzarán esa eternidad para volverla temblorosa. Ese día glorioso ha llegado para José Manuel, esa anticipación, esa prolepsis de la muerte que hay en la vida y de la vida que hay en la muerte. Más que un mensaje poético es toda una alegoría escatológica, la intuición elpídica de la esperanza que todo lo puede. Si esto es así, entonces es un egoísta quien no se reconoce en lo que el infinito demanda.

Debo confesar que esta capacidad de dar gracias a la vida cuando se anticipa la muerte la he sentido desde el día en que te conocí, hermano José Manuel, por eso me encanta en este orden de cosas recordar ahora aquella Danksagung escrita ya a la caída de su tarde en 1958 por Martin Buber: “Cuanto más viejo se hace uno, tanto más crece en él la inclinación a agradecer. Ante todo, agradecimiento hacia arriba. Ahora, más de lo que nunca hubiera sido posible anteriormente, la vida se recibe como un don gratuito, y cada hora que se vive se recibe como un regalo sorprendente, con las manos extendidas en agradecimiento. Después, agradecimiento una y otra vez a cada uno de los prójimos, aunque ellos no hayan hecho nada particular por uno. ¿Por qué, pues? Porque, cuando me encontró, me encontró realmente; porque abrió los ojos y no me confundió con ningún otro; porque abrió sus orejas y aceptó confiadamente lo que yo le decía; y porque abrió aquello a lo que realmente uno se dirigía: el corazón que estaba cerrado... Las gracias que aquí doy a todos no las doy a una totalidad, sino a cada uno en particular”(1). Sin esa antropología, poca buena teología relacional cabe, y por supuesto ninguna poesía.

(1). Buber, M: Nachlese. Otra Danksagung la escribe este humanista sabio en 1963 con ocasión de su 85 aniversario.