Escapó de un bostezo de hambre, la mirada de fiera sin el blanco en los ojos, el frío en las axilas, el coño por delante, la vida a mordiscos, la vida a saltos, el fuego dentro muy secreto. El flamenco se escribe con faltas ortográficas, si naces en la calle da lo mismo hacerlo en Jerez de la Frontera que en New York, su legado sigue vivo en Tangana y Rosalía, decidió no sentarse en una lágrima a ver la vida pasar, como sus comadres, sino engrasar los tobillos para echar a correr como quien huye del fuego, esa misma llama extendida entre los matorrales por medio mundo gracias a su fábula.
Antes de recibir a la parca con 72 años (1995) se lo dijo a Jesús Quintero quitándose el clavel reventón del pico de la oreja: “Se puede hacer de todo en la vida: te das una rayita un día, y no pasa nada; te fumas un porro, y no pasa nada; te puedes emborrachar un día con vino tinto, y no pasa nada. Todo se puede hacer en la vida… con método. Y, después, tres días tranquilo bebiendo agua mineral y comiéndote un pucherito muy bueno con una pringá”. El método lo toma de El Lerele, su primer éxito en los años cuarenta, sin público no hay jurdós ni bisni ni manteca colorá. Así recombina la tradición en una tradición o dramaturgia de pasarse mucho la mano abierta por la cara como si fuera una araña, cola de cocodrilo y empeine, bicho que al levantarse asusta, taconeo inesperado, nuevo, otro, tan vivo.
Nunca fue gitana, el abuelo Manuel si acaso, calé y vendedor de aceite. La vitola –gitana de la etnia perseguida- le vino bien a la hora de ser esa flor que el viento mueve mejor, sus manos dos palomas y la mirada toda de azabache y fiera tras los barrotes, sin el blanco alrededor. Fue puta (Ay salero, salero, salero/ con el coño se gana el dinero) por culpa de Adolfo Arenzana, empresario y anticuario, Manolo Caracol mediante, las cincuenta mil pelas pedidas a sus padres para instalarse en Madrid en la retina, bala eterna y única en el vacío tambor de la pipa. Todo con Manolo Caracol acabó en festivo azumbre de hostias mutuas, insultos con mucha saliva y vena reventona, mala baba gritona, peor amanecer juntos. Fue un Pedro Luis de Gálvez que pedía por las casas como el otro lo hizo para enterrar a su bebé en una caja de zapatos: “Soy viuda y necesito dinero para enterrar a mi padre”. Caían juardós.
Años 40, aterrizaje resbaladizo. Años 50, despegue a ráfagas. A partir de los 60, éxito internacional. Seiscientas coplas memorizó La Faraona sin saber leer ni escribir, a tenazón, comiéndose el papel con los ojos y los dedos. “Las cualidades que debe tener un cantaor de flamenco son: primero gustarle el vino, gustarle las mujeres con locura, gustarle los toros, gustarle las peleas de gallos ingleses… y luego cantar con el alma y el corazón”, por ahí iban los consejos de Caracol. Llegó El Pescaílla y lo hizo la paz, el arte lento, y la boda a las seis de la mañana y de tapadillo, porque había lazos familiares que la ley caló no tolera. Años 60, el Olympia de París con George Brassens y el New York pegajoso que tituló a toda página: “Ni canta ni baila pero no se la pierdan”. Lola internacional sin despegarse a los chiquillos de la falda, la niña Lolita jugando con los saleros por las mesas: “Es que mi niña no puede ver er durse. Lo que le gusta es la sal”. Er durse ya era la riqueza.
Le tiró la noche, la ruleta como una pasión de vida, salía con los amigos de su hijo Antonio y no pedía reservados en los sitios: “Pa eso, pa estar escondía, no me arreglo, coño”. Fue internacional y un mar entero de libertad. “¿Quién no se ha dao un pipazo con una buena amiga?”, dijo, por antena, cuando alguna alimaña trepadora insinuó su bisexualidad. Fue un turbión sin ninguna prisa por olvidar y que enseñó y vendió acento en medio mundo. El escenario, lleno entero con sus arabescos, hacía que sobrase gente por todos los bordes. Ella y solo ella: noche y día, sol y luna. “En casa, imitando a Pastora Imperio, me armaba un escenario yo sola, y si no me aplaudían me tiraba al suelo llorando”, explicaba sin trabucarse. Nervio, duende, agua nerviosa, pronto Madrid le quedó pequeño, dio el salto a México antes de lo gordo (Francia, Estados Unidos). Allí Carcho Peralta, 1952, Sala Capri, la bautiza: La Faraona. Sabor a Quintero, León y Quiroga, mucho porrón de medio litro para secar los labios. Sabor a Rafael de León, mucho porrón para dejar de sudar arriba.
Al verde limón, Pepe Banderas, La Sebastiana, La niña de fuego… ya es un río que pasa y el aplauso no detiene ni paraliza. Julio Iglesias, Rocío Jurado, Raphael, Mundial del 82 en Barcelona, Exposición Universal en Sevilla del 90, todos arrodillados a su personal zambra, el mogollón rendido a un árbol de manos y brazos que parecen ir sueltos sobre las tablas. Le pregunta Balbín por antena sobre la muerte: “Quiero que me la metan en la caja”, todos reían para añadir ella que la bata de cola y no el ciruelo. Juergas con Raúl del Pozo, guionista de alguno de sus programas, y viajes de vuelta del Casino de Torrelodones, autobús de los canis, sin una pela, mientras la gañanía en ambos era otra orla –piedra en el centro del estanque- que les ocupaba la cara entera para luego bajar por vía líquida al tacto, vidrio mediante. Lola Flores: pies calientes, axilas frías, la vida en los tobillos, tan al quite y enterá, siempre un ojo abierto sin sueño.
Pena, penita, pena; Limosna de amores; Maria Belén; A tu vera; Guapa de Cádiz. Decía Villalón que le gustaban las cantaoras que se quitaban las bragas a patadas. Un incendio nuestro. Un clásico inmortal. Un antidepresivo sin ful. Magia y acento.