Opinión

La pacificación en Ucrania

TRIBUNA

José Luis Martínez López-Muñiz | Domingo 05 de febrero de 2023

Un repaso a la trágica historia de Ucrania, aunque no sea más que en el poco más de un siglo transcurrido desde los sucesos de la primera guerra mundial que le acabarían abriendo el camino para su configuración como Estado soberano, impulsa aún más a acabar cuanto antes con la guerra que actualmente le asola y resolver de forma estable una conflictividad interna que no ha dejado de manifestarse gravemente a lo largo del tiempo.

No cabe olvidar las importantes diferencias de todo tipo que la Historia ha ido decantando entre las zonas occidental y oriental del gran territorio con el que Ucrania se independizó de la Unión Soviética en 1991, y que se había visto acrecido precisamente por las decisiones adoptadas en los años 50 del pasado siglo por Kruschov, uno de los dos más importantes ucranianos que dirigieron la Unión Soviética desde 1953 a 1983 (el otro fue, precisamente, su sucesor Brézhnev) y que traspasó principalmente nada menos que toda la península de Crimea de Rusia a Ucrania.

Tras el final de la era soviética, la agría confrontación volvió a recrudecerse más netamente a la llegada al poder del netamente rusófilo Víktor Yanukóvich en 2004, con la llamada “revolución naranja” de los pro Unión Europea de Yushchenko y Yulia Timoshenko, y se acrecentó en 2013 con el “Euromaidán” contra el de nuevo Presidente Yanukóvich. Cuando cae éste, en 2014 hay serias colisiones militares en la disputada zona este del Dombás y llega a proclamarse una República independiente de Lugansk y luego otra de Donetsk, al tiempo que Crimea vuelve a pasar de hecho a la Federación Rusa, aunque ni Ucrania ni las potencias occidentales reconozcan tales quiebras de su territorio oficial.

Tras años de tensiones, la invasión bélica en gran escala de Ucrania que ha llevado a cabo Rusia desde finales de enero de 2022, con toda la catastrófica guerra que desde entonces allí se mantiene, está comportando gravísimas pérdidas humanas y cuantiosos daños de todo tipo, con conocidas repercusiones negativas en Europa y en todo el mundo, y con un resquebrajamiento muy preocupante de la paz en el mundo, con amenazas muy serias de una escalada de efectos incalculables.

La actuación de Rusia, violando sin empacho las más básicas reglas del Derecho internacional, no puede, en modo alguno excusarse. Pero tanto la propia Ucrania como los países de la Unión Europea y de la OTAN –estas dos organizaciones, sobre todo, y Estados Unidos- no pueden considerarse ajenas a toda responsabilidad, aun de muy diverso orden, pues pudieron y debieron actuar con más prudencia e inteligencia para haber tratado, con realismo, de evitar llegar a la agravación del conflicto y a la guerra. No debió desatenderse la evidencia de la compleja composición de un Estado como el ucraniano de tan reciente constitución histórica. Debieron valorarse las reales posibilidades de convivencia en un mismo Estado de unas poblaciones tan distintas en una zona que ha sido y es frontera cultural entre la Europa heredera del Imperio romano de occidente y la que lo es del Imperio romano oriental, vinculadas afectivamente, las del oeste, a Letonia, Polonia, Hungría y –menos- Rumania, y las del este, netamente a Rusia. Son siglos de historia compleja, de sentimientos y de recuerdos, también de sangrientas confrontaciones. Ha sido insensato ignorarlo y no tratar de proporcionar al conjunto una organización política adecuada, que pueda garantizar razonablemente la paz, la justicia y el bienestar, favoreciendo también las relaciones entre el Oeste –o el Centro-Oeste- de Europa con el Este, que tienen muchísimo en común, pero que a la vez son tan distintos, sin olvidar la trascendencia de la tan peculiar realidad euroasiática de la Federación Rusa. Lo que alguna vez fueron denominados dos pulmones de Europa deben respirar en armonía, pero no tienen por qué unirse en un único pulmón, pretensión seguramente quimérica, además de innecesaria.

Ucrania requiere una solución cuanto antes, que, como es obvio, requerirá la colaboración de Rusia, de la Unión Europea y de la OTAN –también del Consejo de Europa y de la OSCE-, pero que solamente podrá basarse en una apreciación realista y sensata de los propios gobernantes ucranianos acerca de las posibilidades históricas del Estado ucraniano, que los otros Estados y las mencionadas organizaciones internacionales deberían propiciar. Aceptar por parte de todos que Crimea y algunos de los territorios del este, contiguos a Rusia, cuya vinculación con esta es compartida muy mayoritariamente, pasen a integrarse en la Federación Rusa, puede ser una cesión imprescindible, aunque habrá que acotar bien el cambio de fronteras y comprometerse en su mantenimiento en una gran Conferencia internacional sobre Europa oriental, sin que su trazado haya de atenerse necesariamente a lo ilegalmente invadido por Rusia. El mismo acuerdo debería reconocer a la vez, como se viene proponiendo, el pleno reconocimiento a Ucrania de su soberanía y de su consiguiente derecho a decidir si se incorpora o no a organizaciones como la OTAN o la Unión Europea. Ningún derecho podría argüir Rusia en contra de esto: nunca estuvo legitimada para invocarlo, pero menos lo estaría aún, si sabe expresarse así, en el terreno fáctico y político, a partir de las generosas cesiones que habría de aceptar la actual Ucrania para permitir que sus territorios con poblaciones más marcadamente rusas o pro-rusas quedasen integrados en la Federación Rusa.

Es urgente poner fin a la actual guerra en Ucrania y que este gran país, debidamente conformado, firmemente asentado sobre el anchuroso y fértil curso del Dniéper hasta el Mar Negro y las amplias extensiones a su oeste hasta sus fronteras con Polonia, Eslovaquia, Hungría y el norte de Rumania, sin merma injustificada de su territorio al este de ese eje, recupere la paz y el orden, y pueda reconstruirse y reencontrar su porvenir, que puede ser ciertamente venturoso.