Opinión

Encerrarse para contar

TRIBUNA

Luis Bravo | Miércoles 08 de febrero de 2023

El viaje alrededor de uno mismo no es algo que vaya a producir cambios. No podemos dotarlo de épica porque nadie espera que lo hagamos. La tragedia o comedia que lleve su realización no generará el interés que inconscientemente creemos es capaz de suscitar. Renunciando a lo y los demás, alguien con intenciones literarias sólo quiere explicarse mejor su realidad y su participación en ella. Con la toma de esas medidas, uno se encierra para contar, o mejor, reconocer la capacidad de amor por aquellos que forman parte de su existencia.

La necesidad de estos fortines improvisados no es un tema que pille desprevenido en las formas de potenciar la creatividad artística. Son la herencia de las torres de marfil, muy atenuada su intención romántica, pues este siglo poca desconexión verdadera favorece.

El protagonista de la novela Esos días a finales de aquel año, de Álvaro Llamas, elige las fechas navideñas para su alto en el camino. Un gesto irónico que marca el tono de los capítulos, que permite ir sabiendo, además de la circunstancia inicial que le lleva a ese repliegue ―del que entra y sale―, su porqué y el de sus amigos y conocidos. Todos, en algún momento de sus vidas, notaron ese bache que les llevó a pensar en qué situación se encontraban, y la transformación que debían meditar. La mezcla de experiencias con los conocimientos culturales irá apoyando las narraciones que se cruzan en los días que el protagonista repasa viejas amistades, sensaciones presentes, características de tal o cual trato humano, el peso de las costumbres y uno mismo en las propias. Una voluntad proustiana que, para ser su primera novela, se mantiene con intensidad. No obstante, como primera novela, cuenta con los atributos fallidos que se precien, porque una obra que supone el peldaño inicial debe crujir al paso (con el uso de una adjetivación excesiva) y apostar por una empinada ambición (el intermedio, fallido, que impide el desarrollo creciente de las inquietudes) que puede provocar tanta fascinación como rechazo.

Para uno, esta novela ha sido, principalmente, un homenaje a las conversaciones que tenemos. El poder de las palabras, de las más simples a las más intrincadas, unido al énfasis y al lugar en que son pronunciadas, por caracteres más esnobs o más coloquiales, se ocupa de conducirnos por ese paseo en el que la soledad y la amistad hacen por demostrarse un trato cordial. La precariedad laboral y sentimental nos arrasa. El arte se vuelve bálsamo y justificación de las rarezas y aciertos de los que somos capaces. Identificarse es complicado, pero quizá no sea su intención. Reconforta igualmente, como muchas veces se repite, esa lluvia impenitente afuera, haciendo de nuestros deseos gozos.