Opinión

La ficción como autoconocimiento: Lo extraño que hay en mí, de Marian Salgado

CRÍTICA LITERARIA

Javier Mateo Hidalgo | Jueves 09 de febrero de 2023

“No importa lo lejos que viajes, nunca podrás alejarte de ti mismo”. Estas palabras del escritor Hiraku Murakami describen magistralmente la necesidad de dedicar tiempo a la introspección, observando la propia conciencia y estados de ánimo para comprender nuestra naturaleza personal y sus razones. Algo que parece evidente y que, sin embargo, no resulta nada sencillo. Muchas personas temen quedarse solas e inactivas, pues no pueden soportar la idea de enfrentarse consigo mismas. Lo más difícil, como diría Carl Gustav Jung, es asumir esa dualidad que habita en nosotros. La parte luminosa y la parte de sombras.

Quien escribe es consciente de la imposibilidad de desligar lo escrito de la propia identidad, pues en los textos siempre se vierten pedazos de uno mismo. No existe la ficción pura como tal, siempre está “contaminada” de trozos de verdad en la que inevitablemente debemos apoyarnos para construir mundos nuevos.

Marian Salgado lo sabe muy bien. Nos dio muestras de ello en su primer libro, un verdadero ejercicio de valentía literaria. Porque hay que ser muy valiente para hacer inventario del pasado, desempolvar aquellos muebles que hemos escondido en habitaciones cerradas y cubierto con sábanas para no verlos. Y es que hay partes en la memoria que necesariamente debemos cubrir o velar para seguir adelante. Sólo cuando nos encontramos preparados —porque el tiempo también ejerce una tarea sanadora—, podemos sacar la llave que abre esa puerta y atrevernos a introducirla en la cerradura que abrirá las temibles cajas de Pandora vitales. Marian ha vivido mucho y muy intensamente en buena parte de los años que han ido conformando su identidad. Muchas veces, a su pesar. En La hija del periodista nos narró los episodios fundamentales de su infancia. O, mejor dicho, “no infancia”, pues su entorno no le permitiría ser niña, obligándola a “interpretar el papel de adulta” antes de tiempo. Algo paradójico, pues fue siendo actriz como salió adelante en su primera época. Dichos años se conformaron de muchas obligaciones y pocas “devociones”. Ella tuvo que ser la madre de su madre, responsabilizarse de trabajar para obtener el propio sustento. Por eso, siempre tuvo miedo de tener miedo: miedo a quedarse sin dinero y no poder sobrevivir. Fue actriz a su pesar, casi por imposición, pero nunca dejó traslucir este sentimiento interior. Sólo al poder hablar sobre él en su ópera prima literaria, mucha gente que la conocía supo, al fin, que su vida se encontraba surcada de estas sombras que parecía no cargar a sus espaldas. Esta “exorcización” —nunca mejor dicho (estamos hablando de la voz en castellano de Linda Blair en El exorcista (William Friedkin, 1975) y de la protagonista de La endemoniada (Amando de Ossorio, 1975)— de sus miedos, de su pasado, le permitió poder superarlos y contemplarlos sin temor. Luego llegaría su segundo libro, este sobre relatos, que en cierta forma se comprenden mejor conociendo su propia vida, reflejada en el primero. Como decíamos, la ficción siempre se encuentra acompañada de la propia biografía de quien la escribe. Por eso cada vez nos cuesta más separar la obra de quien la ha creado —en algunas ocasiones, de manera desaforada—.

Lo extraño que hay en mí se presentó por primera vez en Madrid, en la librería Sin Tarima, el pasado sábado 4 de febrero, en la cinematográfica Calle Magdalena —sede de la Filmoteca Española—. El acto tuvo lugar en el sótano del establecimiento, las “catacumbas galdosianas” a las que se refirió el presentador y corrector del libro, Santiago Alonso. Primorosamente editado por Applehead Team —editorial de cabecera de la autora—, este volumen contiene una colección de historias que brotan del interior de Marian, ampliando esa acción de conocerse un poco más a sí misma iniciada con el anterior libro autobiográfico. Nos encontramos por tanto con una nueva demostración de autenticidad literaria, que dota a esta escritura de una impronta auténtica y transparente.

Las ficciones de Salgado son verdaderas perlas imaginativas que surgen de dos elementos fundamentales que todo escritor debería reunir: la observación y el amplio bagaje que aporta la lectura. En ambos casos Marian destaca como persona inquieta y curiosa —que no “cotilla” como puntualizó en la presentación—. Las prisas de la vida actual muchas veces impiden algo que debería ser fundamental: sacar el microscopio para deleitarse con los más nimios detalles que nos rodean, aprendiendo del mundo y de la vida en su conjunto. En su nueva vida en La Horcajada, Marian dejó a un lado esas prisas de la capital para sumergirse en la quietud y tranquilidad de la vida en el campo. Otra muestra más de su valentía. El tercer elemento que habla de ella —y muy bien— es esa capacidad para reconocer lo que otras personas no se atreverían de sí mismas. Ella dice que esa actitud de seguir siempre adelante, a pesar del áspero mundo —que diría el poeta Ángel González—, es otra forma de cobardía. El no abandonar evitando regodearse en los cenagales que nos siguen detrás nuestro. La soledad la ha hecho todavía más fuerte y ello le ha permitido enfrentarse a esas partes “extrañas” que la habitan, convirtiéndolas en cuentos.

Las páginas de Lo extraño que hay en mí se encuentran plagadas de sortilegios, muchos de los cuales amplían e incluso reinventan el concepto de “realismo mágico”: a caballo entre la fábula y el cuento tradicional, en ellos lo irreal se hace tangible y casi verídico, maridando la belleza de lo sobrenatural con lo dramático y terrible, fuerzas poderosas presentes en la naturaleza que tejen el destino inevitable de las cosas. La muerte, muchas veces presente, puede asociarse al temor, al miedo que ha acompañado a Marian en su visión de un mundo que, desde pequeña, se le hizo hostil. Ella misma ya desde la adolescencia ideó historias extraordinarias que en parte publicó para ganarse el sustento y en parte destruyó, por miedo a que pudieran esclavizarla como modo de subsistencia. El miedo a acabar detestando lo que amaba y le servía de válvula de escape. Así, muchas de ellas volvieron después en el presente y confirmaron historias de jóvenes ángeles, perros amedrentadores, pájaros capaces de anidar dentro de nosotros, llamadas telefónicas inesperadas y apremiantes, envíos esperanzados de cartas que se desconoce si llegarán a destino, escritores que salen a la calle buscando la inspiración, monólogos que encierran en sí una historia, niños que habitan mundos distópicos y que sufren los reveses de una dura e injusta infancia —con los ribetes autobiográficos que podemos intuir—, mujeres y hombres capaces de marcar los ritmos de la naturaleza o incapaces de detenerla, con los estragos que infringe a la memoria. Estas y otras invenciones que quedaron fuera —como Las manchas, que leyó en la misma presentación de viva voz, dejándonos a los asistentes impresionados (relato que, seguro, acabará recuperándose en un futuro libro)— pueblan las vidas vividas y no vividas pero intuidas de esta autora tan insólita como esperanzadora. Porque la literatura genuina puede y debe seguir viviendo mientras haya escritoras y lectoras como ella que la defiendan. Resistirá siempre que, como dijo a modo de coda final, haya quienes la valoren, recuerden y revivan, igual que hicieron los supervivientes bradburianos de su querida Farenheit 451.