Opinión

Claroscuro de la Edad Media

TRIBUNA

Miquel Escudero | Sábado 11 de febrero de 2023

Está convenido que la Edad Media de la humanidad se desglose en tres etapas: la Alta -la más alejada de nosotros y la más larga- que va del siglo V hasta acabar el X; la Plena, del siglo XI al XIII; y, por último, la Baja que abarca los siglos XIV y XV. Entre los objetivos de la historia está el interés por saber y comprender cómo vivió la gente del pasado su presente, su propia vida. No solamente su modo de vestir y comer, de divertirse y organizar la educación y la atención sanitaria, sino también el modo como interpretaban su lenguaje corporal.

Acercarse a esas realidades se trata de una tarea fascinante, en especial cuando la integramos con la conciencia que podamos alcanzar de nuestro propio existir. Un libro atractivo me ha permitido una cierta aproximación a la sociedad inglesa del siglo XIV. Se trata de la Guía para viajar en el tiempo a la Inglaterra Medieval (Capitán Swing), de Ian Mortimer.

Entre los años 1348 y 1349, la peste negra provocó la pérdida de entre el 30 y el 40 por ciento de la población británica. Antes de esas fechas, la lepra era la dolencia más pavorosa. Así, por ejemplo, en 1346 el rey Eduardo III expulsó de Londres a todos los leprosos, eran muertos vivientes. Afirma Mortimer que “si alguna vez te proponen ir a vivir a una época pasada, antes de aceptar harías bien en ponderar los problemas que podrían surgir en caso de que cayeras enfermo”. La peste puso al descubierto una ineficacia atroz. Era muy poco probable que el médico encargado de una población pequeña o de un hospital tuviese estudios universitarios. La mayoría se basaban en las informaciones contenidas en manuales burdos y elementales que se entretenían, por ejemplo, en la trayectoria de los planetas o en los eclipses de sol y de luna.

Hacia 1377, sólo el 14 por ciento de los ingleses vivía en ciudades, sin parques ni jardines, donde había cuatro veces más alfabetizados que en las zonas rurales. Sin sistema de alcantarillado, las ciudades eran hediondas y abundaban las ratas. Para esa fecha, Londres tenía unos 40.000 habitantes, pero urbes como Brujas, Gante, París, Roma o Venecia pasaban de 50.000 almas. Aquellos hombres y mujeres tenían por término medio 17 años de experiencia menos que los de hoy día.

Mortimer nos habla de la gama de ropas que usaban las gentes del lugar y las restricciones impuestas al atuendo a causa del rango social; de las casadas se esperaba que usaran toca en público, y que las damas distinguidas llevasen cabello largo, pero oculto. Se describen comercios y mercados, tabernas y posadas, con el condimento de sus platos y las diferentes medidas de las cosas y del tiempo, galones y fanegas. La presencia de ardillas rojas y la escasez de lobos, reliquias y peregrinajes, había peajes para los caminos y se procedía a lecturas colectivas. Los juegos populares eran importantes, una modalidad del fútbol fue prohibida por ser ruidosa, por echar a perder las cosechas y por distraer a la gente de ejercitar el tiro al arco.

En un mundo compuesto por distintos señores feudales y sus villanos, entre las ordenanzas estaba la de no ordeñar vacas en la calle mayor, ni jugar a los dados o a los bolos, ni tirar inmundicias en las calles. Mortimer advierte de lo inapropiado de considerar la limpieza de la cocina medieval según los criterios actuales. Para aquellas fechas, Geoffrey Chaucer escribió los célebres Cuentos de Canterbury (24 relatos, la mayoría en verso). La catedral de Canterbury, donde fue asesinado su arzobispo Thomas Becket por orden del rey Enrique II, el año 1170, era un lugar preferente de peregrinación.

El sistema de justicia local no dejaba de imputar a alguien tras un delito cometido, y los errores judiciales casi siempre los pagaban los forasteros. En términos legales, señala Ian Mortimer, el hombre tenía derecho a pegar a su esposa, pero ella podía acusarle de maltrato ante un tribunal eclesiástico y conseguir que los jueces obligasen al esposo a corregirse. En cambio, ningún hombre –dice- podía plantear pleito a su mujer por esta causa, pues ninguna corte judicial simpatizaría con un varón que se confesase enclenque e incapaz de defenderse de su esposa. Si un hombre emprendía acciones legales contra su mujer por adulterio, debía reconocerse cornudo y quedaba así en ridículo. Si una pareja se entregaba al bandidaje y eran apresados, sólo él subiría al patíbulo. La esposa podía alegar que obedecía órdenes.

El célebre médico Galeno vivió entre los siglos I y II de nuestra era, y aún resonaba en la Edad Media. Así, su idea de que las mujeres sólo se quedaban embarazadas si alcanzaban el orgasmo. Quienes deseaban prole se empleaban a fondo. Pero de ese disparate se inferían otros más graves: si de una violación no podía resultar un embarazo, que la mujer quedase preñada suponía placer y consentimiento.