Opinión

Jardines de invierno

TRIBUNA

Luis Bravo | Lunes 13 de febrero de 2023

Siempre han tenido ese aire de cautela. Como no pueden ser disfrutados más que a finales o principios de año con el esplendor que merecen demostrar, han adoptado ese recato que se da en quienes entienden deben ser sigilosos, aparecer cuando se les reclame: sabrán estar llegada la hora sin fallo alguno en el cometido.

Son jardines de provincia que el visitante no atiende por coincidir con los meses desapacibles. Los que sí pueden por vivir en el mismo sitio o quienes se encuentran con ellos, son doblemente afortunados. Unos, por tener el privilegio de asistir a su deterioro y adaptación y progresiva recuperación del letargo. Otros, por inesperada novedad que les surge al paso. Ambos, ‘donde el solo pensar nos llena de pesares’ que diría Keats, renovarán los votos de sorpresa que les permite tal descubrimiento.

Uno ha tenido la suerte de pasearse por varios en distintos lugares del país y del vecino portugués. Todos coinciden en su proximidad, y puede que dependencia, de antiguos castillos, monasterios, hospicios. El nombre que se les otorgó eslabona el pasado con el ahora en el que escuchamos esos oficios perdidos, esos títulos nobiliarios que tienen más pátina que lustre o las cualidades que allí se pensaba podían sanar a quien merodease por sus senderos.

Es fácil, si se tiene una mente propensa a las fantasías, sugestionarse de los detalles que los componen. La repartición de flores y parterres denota cuidados y medidas que quieren arrancar el aplauso. Pero lo que estos prefieren es adecuarte el rincón donde permanecer callado, donde puedas ir a pensar por el mero gusto de contradecirte y pensar, o no, en la nada, en la tuya, con los pocos sonidos que eso requiere, porque ya los pájaros y la atmósfera creada harán el resto, mejor que uno, que se olvida del descanso del que debe valerse y se pone a contar lo que lo hace posible.

Sugestionarse de los detalles como mejor pasatiempo. El banco de piedra en el que se arremolina la pelambre del árbol. Una fuente llena de ovas, sobre sus aguas flotando varias naranjas. Ramas que se han desentendido de la poda y el corsé que el jardinero les apretó. La gravilla en las escaleras y veredas que se descuida porque muchos son los que las han recorrido. Los carteles informativos comidos de óxido. Algún capricho decadente con forma de pavo real. Plantas trepadoras que se espesen como las celosías. Lo que se toca en el dolor.

Son poca cosa. Al sentirse observados ganarán el puesto de ir callados tras de ti. Y esa compañía de mirar, un tanto oscura pero soñadora, dejará algo aunque no sea recordado.