Opinión

La invención de la radio y la nueva era cultural

TRIBUNA

Antonio Robles Ortega | Lunes 13 de febrero de 2023

Más allá del debate nominalista sobre la atribución y derechos de patente del inventor de la radio, trascendiendo la eterna discusión sobre el porvenir de la radio en su pugna por las nuevas formas de transmisión del sonido y de la imagen, podemos desplazar el interés de nuestra reflexión al modo en que la radio y los restantes medios de comunicación masiva han ido configurando un nuevo paradigma cultural desde finales del siglo XIX. Porque coincidiendo en el tiempo con la aparición de primera Compañía de Radio creada por Marconi, cuando ya hacía décadas que existía el telégrafo y más de diez años desde la invención del teléfono por cable, el día 28 de diciembre de 1895 los hermanos Lumière celebraron, en el Salón Indien del Gran Café situado en el número 14 del boulevard des Capucines de París, la primera proyección pública de imágenes en movimiento. Con ella puede considerarse que nació el nuevo espectáculo de masas, el nuevo arte. Más tarde vendría la televisión y después Internet.

Con todo su poder de transmisión de la información, de normalización y entretenimiento, también con su fuerza de manipulación en tanto que espectáculo de masas, con su enorme fuerza expresiva para mostrar, en su calidad de arte, lo posible, lo imaginario profundo, el cine , la radio y la televisión, más tarde también internet, se han levantado sobre la complejidad técnica del dominio de las leyes de la física de la imagen y el sonido, han venido a ser el paradigma de la nueva cultura mediática, esa vía de unión que invade cada vez más espacio entre la vieja cultura humanística, predominante desde la antigüedad clásica a través de la Edad Media y, por otra parte, la nueva cultura tecnocientítifica que adquiere su hegemonía en Occidente a partir del Renacimiento. El siglo XX fue en gran medida, y el XXI lo va siendo más aún a medida que avanza, el siglo de la comunicación audiovisual, el siglo de esa ambivalente forma de comunicación que nació con Tesla y Marconi con las ondas sonoras, que manifestó su potencial en el campo de la imagen aquella tarde parisina en que los hermanos Lumière convirtieron en espectáculo las imágenes del cinematógrafo.

Se impone, a partir de estos hechos, desencadenar todo un proceso de reflexión crítica sobre el significado de las transformaciones culturales que se han producido desde entonces, el modo en que las grandes quiebras del curso de la historia han sido reflejadas y también reelaboradas por las emisiones de radio, por los documentos cinematográficos y el resto de los medios audiovisuales, así como la forma, en fin, mediante la cual la propia historia del cine, la radio, la televisión y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han repensado la propia historia y han prefigurado su incierto porvenir, en lo que con toda propiedad podemos considerar como una nueva era cultural.

La nueva cultura mediática debería conservar, no obstante, las virtudes de las viejas culturas entre las que se abre paso y evitar al mismo tiempo sus defectos. No sería despreciable, por citar una de sus variables constitutivas, asumir el legado de la cultura científica de la modernidad cuando pone su acento en la exigencia del pluralismo. En efecto, el progreso del conocimiento se basa en el juego competitivo y, al mismo tiempo amistoso, de teorías enfrentadas, en expresión de Karl Popper, abiertas a la intercomunicación pluralista y fecunda. Frente a la conveniencia de la diversificación y el pluralismo, la cultura mediática, ya sea en la producción cinematográfica, en la emisión televisiva y radiofónica, ya sea en la que discurre sobre las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, tiende con demasiada frecuencia lamentablemente a la estandarización, al anonimato del emisor o autor de los mensajes así como a la homogeneidad de los contenidos, por la servidumbre debida a las leyes del mercado, que la terminan convirtiendo en mera industria cultural. El antídoto es nuevamente la pluralidad de las fuentes, de cuyo contraste y enfrentamiento surge la quiebra de la manipulación mediática, al igual que ocurre con el progreso de la ciencia, basado en el juego competitivo y amistoso de teorías científicas rivales.

En todo caso, cualquier intento de manipulación de la cultura mediática, utilizando las posibilidades que abre su servidumbre tecno-científica e industrial, su dependencia de las fuentes de financiación, tiene no obstante que enfrentarse a la originalidad del sujeto y a su capacidad de rebeldía frente a la estandarización e incluso frente a la imposición autoritaria de quien ejerce el control de la emisión de los mensajes. Un sujeto creador e indomable que puede reaparecer, con toda su vida y su libertad, como algo nuevo e inesperado, en cada película o documental, en cada emisión radiofónica, en cada programa televisado, dando lugar, contra todo pronóstico, a una disrupción de la acción o de la secuencia esperada. En el día de la radio por la paz, brindemos especialmente, de manera entusiasta y agradecida, por esos héroes y heroínas de la comunicación que rinden tributo cada día a su vocación de verdad en los escenarios de terror bélico o sísmico que asolan a la humanidad en Ucrania, Siria o Turquía, y levantemos con ellos nuestra copa por la paz.