Opinión

Perplejidades

TRIBUNA

David Porcel | Miércoles 15 de febrero de 2023

Por medio de Youtube damos con la interesante charla que el profesor Fernando Castro Flórez dedica a ilustrar el celebrado discurso que el escritor David Foster Wallace impartió a estudiantes universitarios en la ceremonia de graduación de la Universidad de Keyton en el año 2005 –recogida en el libro Esto es agua-. En el video se plantea de manera clara y contundente la doble intención de Wallace: por un lado, la de advertir a los jóvenes contra doctrinas moralizantes y murmullos alienantes; por otro, la de decirse a sí mismo que sigue valiendo la pena luchar contra la Nada. Y así, lo importante es desoír para volver a oír, y ser lo bastante consciente y estar lo bastante despierto como para elegir a qué prestar atención y qué sentido dar a la vida: “Si no podéis o no queréis llevar a cabo esa clase de lecciones en vuestra vida adulta, vais a estar jodidos del todo”.

La vida humana –se ha dicho muchas veces- es vacío, abismo, arrojo, como un pez despojado de su agua y teniendo que nadar entre cristales. Sin saber por qué ni para qué, uno se encuentra con que tiene que existir, y ocupar un tiempo, y un espacio, y atender a su cuerpo y al de los cercanos. La vida –la de cada cual- es una venida que no siempre es bienvenida. Pero es ahí, precisamente, en esa perplejidad inicial y absoluta, en los momentos en los que la luz se vuelve misteriosa y la oscuridad deja de asustar, cuando aparece el primer sobresalto infantil del «qué coño hago yo aquí». No nos asombramos de lo primero que vemos, sino que nos vemos asombrados ante la perplejidad de tener que habérnoslas con el mundo y los otros. Y entonces la vida se abre paso a la vida humana, con sus desvaríos, extravíos y formas de vida, la mayoría repetitivas y ahogadas, y alguna que otra, como la del pez que permanece atento a su reflejo, algo más liberada de la monotonía y el ruido acostumbrados.

Echando la vista atrás, y ahora que la historia de la filosofía volverá a tener más presencia en los niveles de enseñanza media, advertimos que la filosofía, junto a la religión y el mito, se ha afanado en construir caminos a peces para que no se sientan tan perdidos. Y es que en la perplejidad no podemos aguardar mucho tiempo, el mismo que nos lleva a apoyar el pie una vez es levantado. Desde los albores del esplendor ateniense con sus éticas de vida buena, que tanto aconsejaban vivir con prudencia y equilibrio, pasando por las éticas categóricas del deber que continúan apelando a un presunto sentido cívico común con el que sostener el edificio por donde han de circular los canales vitales, hasta las propuestas actuales de la vocación, que ven en la vida una llamada interior que hay que saber escuchar, la filosofía ha trazado e invitado a caminar poniendo los cimientos necesarios para que el camino pueda soportar el tránsito de vidas y generaciones enteras. ¿Pero es caminando el camino de otros como hay que vivir?

Por ejemplo, las nuevas éticas de la vocación, que con tanto afán nos prometen que hay destino dentro que cumplir, no son sino otro camino construido desde la perplejidad inicial. ¿O no es la vocación un peldaño para no tener que mirar al abismo? Se nos dice, desde las filosofías erotizantes de la voz interior, que la vida es llamada, proyecto, cumplimiento, y que nuestra tarea primordial es saberla escuchar para cumplirla. Y así -pensaron los peces que no pensaron- seguiremos tirando y caminando, sin riesgo a perdernos ni a que nos pierdan. Pero la vocación, como la virtud y la vida buena, es otro artificio –postizo y precario- con el que el hombre que no quiere pensar puede contar para empezar a caminar. Confiándose a ese camino, el hombre afortunado vivirá creyendo que lo ha hecho bien si, por casualidades de la vida, ha experimentado la satisfacción suficiente para creer que verdaderamente ha conquistado esa llamada interior. Mientras, los malogrados, errabundos y frustrados –los aquejados de sistema-, se darán de bruces por no haber sabido encontrar su raíl en el camino vocacional. Sin embargo –dirían Wallace y su pez-, lo que no saben los unos y los otros es que han vivido la vida de otros, y que la opción más fácil había sido, precisamente, no apearse del camino para ver si verdaderamente era este el que ellos querían recorrer.