Opinión

De senectute o los sabores de una digna vejez

TRIBUNA

Roberto Alifano | Sábado 18 de febrero de 2023

En la mitología griega, el humanamente encorvado y reflexivo Geras era la personificación de la vejez, tenido como compañero y preludio inevitable de Tánatos, la muerte. Sin considerarla como un castigo, sino como algo natural, estos antiguos impulsores de la belleza física y la perfección estética, veían en la ancianidad una forma de nuestra decadencia impuesta por los drásticos dioses. Con esta percepción de la existencia y de la valoración de las formas artísticas, no es difícil imaginar lo que suponía ser anciano en dicha sociedad, sobre todo porque el poder de decisión era cosa de gente joven; Alejandro Magno, aún no cumplido sus 30 años, ya dominaba todo el mundo civilizado. Sin embargo, las leyes de Atenas dejaban bien en claro la importancia del respeto a los padres y la consideración hacia sus habidas experiencias, que imponían ver en la ancianidad una épica de la sabiduría, teniendo en cuenta, eso sí, la decadencia física por la pérdida de energía, la tendencia al aislamiento y el común y progresivo deterioro.

En una época como la nuestra, donde la ciencia nos ha prolongado menos la vida que la vejez, ¿qué sucede con aquellos valores ancestrales? Hay quienes sostienen que quizá no nos apaciguamos anímicamente porque envejecemos y siempre queda un resto de vitalidad o, quizá nos pesan los años porque asumimos que los hemos cumplido e inapelablemente el tiempo se ha instalado en nosotros. Quizá este prejuicio es lo que hace que nos dobleguemos ante ciertos achaques propios de la edad vivida. El muy intrépido Pablo Picasso desafió alguna vez con estas palabras: “Cuando me dicen que no podré hacer algo por ser viejo, voy y lo hago”. A su vez, el filósofo Georges Santayana pudo escribir con entusiasta convicción “Nunca he sido tan feliz como ahora que soy viejo. El encanto que hallo en esta etapa de mi vida, surge de haber aprendido a existir en el presente, y por tanto en la eternidad. Esto significa alcanzar una juventud perpetua, ya que nada puede ser más nuevo que cada día que amanece”.

Según la circunstancia, en lo intelectual, la vejez no deja de ser otra posible etapa para experimentar y aprender, y tal vez (¿por qué no?), para cumplir con algunas vocaciones postergadas que contengan deseos desafiantes. No se envejece cuando se arruga la piel, sino cuando nos arrugamos por dentro, cuando se descartan sueños y esperanzas, conjeturó en una reciente entrevista la célebre e inteligente actriz Sophia Loren, añejo símbolo de la belleza del sur de Italia.

Mucho, sin duda demasiado, se ha escrito sobre la vejez. Pero, sin duda, el libro titulado De senectute, que Marco Tulio Cicerón le dedica sigue siendo recomendable para esta ineludible etapa de la vida. Según nos cuenta el célebre orador y político, el año 45 (a. de C), fue pésimo para él; había cumplido los 60, muchísimos años para esa época, y a pesar de ser un prodigio de la naturaleza humana, estaba solo y desalentado. Se acababa de separar de su esposa, con la que llevaba casado poco más de treinta años, y la muerte de su amada hija Tulia lo había sumido en el desconsuelo. Para colmo, cuando el emperador Julio César cruzó el Rubicón, conduciendo a la República hacia la guerra civil, él había perdido su rol central al frente de la clase política romana. Apoyar la dictadura de César era impensable para el demócrata Cicerón; de modo que, tras oponerse inicialmente al dictador, terminó aceptando un perdón humillante que lo llevó a retirarse a su casa de campo, donde permanecería hasta su muerte, alejado de Roma, anciano y, desde su propio punto de vista, inútil en muchos aspectos.

Sin embargo, Cicerón tomó la decisión de no entregarse. En lugar de darse al alcohol o incurrir en el suicidio, como su amigo Catón el Joven, optó por volcarse hacia la escritura con más ahínco que nunca. De joven había estudiado con avidez la filosofía griega y deseaba dejar su huella en el mundo literario, explicando las ideas que había descubierto en Platón, Aristóteles y otros grandes pensadores. Cicerón siempre sintió una inclinación natural hacia los conceptos estoicos de virtud, orden y divina providencia, y se oponía a las doctrinas del epicureísmo, que consideraba limitadas y autoindulgentes.

Empezó entonces a sumar apuntes y en un espacio de tiempo sorprendentemente corto, trabajando desde temprano en la mañana hasta altas horas de la noche, produjo una serie de tratados sobre el gobierno, la ética, la educación, la religión, la amistad y la obligación moral. Justo antes del asesinato de Julio César en los idus de marzo del año 44 (a. de C.), Cicerón concluía su breve tratado sobre la vejez que, como ya señalamos, tituló De senectute.

En el mundo antiguo, tanto como en el moderno, la existencia humana podía ser breve, pero es un error suponer que en la sociedad griega o romana había necesariamente poca esperanza de vida. A pesar de que en esa época la longevidad era difícil de medir y la mortalidad infantil era muy alta, superar los treinta años no era fácil; sin embargo, una vez alcanzada la edad adulta, había buenas posibilidades de llegar a los sesenta, los setenta e incluso más.

Antes, algunos filósofos habían ofrecido testimonio sobre la última etapa de la vida desde distintos puntos de vista. Algunos idealizaron a los ancianos como iluminados portadores de la sabiduría; eso sí, sin dejarlos de tachar como quisquillosos, tediosos e insoportables. Las quejas de la poeta Safo de Mitilene (también conocida como Safo de Lesbos) por la pérdida de la juventud son quizás las más llamativas, como demuestra un fragmento recientemente descubierto, en el que dice que “la piel que ayer fue suave está marchita y el pelo que fue negro, encanecido -y prosigue-. El corazón me pesa y las rodillas, que ligeras danzaban como ciervos, el peso de este cuerpo hoy no soportan. Es vano lamentar estos pesares: no puede el ser humano a la edad provecta escapar a esta horrible sensación”.

Cicerón, por su parte, quería ir más allá de la mera resignación para ofrecer una imagen más amplia y positiva de la vejez; más amplia y, sin duda, más estimulante. Reconociendo sus evidentes limitaciones, empieza en su tratado por demostrar que los últimos años de la existencia pueden ser una oportunidad para el crecimiento y la plenitud al final de una vida bien vivida. Por eso, en este diálogo ficticio el portavoz de su pensamiento será Catón el Viejo, un ciudadano prominente del siglo anterior al que siempre había admirado. En esta breve conversación con Lelio y Escipión, dos jóvenes amigos, Catón muestra que la vejez puede ser la mejor etapa de la vida para los que se esfuerzan por vivir con sabiduría. Discrepa así de los críticos pesimistas que la consideran una triste época de inactividad, enfermedad, pérdida de los apetitos sensuales y miedo paralizante por la cercanía de la muerte. Aunque el propio Cicerón se burla más de una vez de ciertos quisquillosos ancianos en el texto, afirma sin ambages que la vejez es una etapa de la vida que no hay que temer sino disfrutar al máximo.

Las lecciones de este breve tratado son muchas y muy valiosas, y bien vale la pena releerlas. Algunas de las más importantes de resaltar son las siguientes: Una buena vejez forma parte de una buena cultura, empieza en la juventud y afirma valores que hacen que los últimos años de la existencia sean felices y productivos. La moderación, la sabiduría, la claridad de pensamiento, el disfrute de la vida, son hábitos que debemos imponernos desde jóvenes, pues así no desaparecerán en la edad provecta. Los años no vuelven felices a los jóvenes desgraciados; sino todo lo contrario.

Nuestra existencia, quién no lo sabe, es una sucesión de etapas. La naturaleza ha dispuesto la vida humana de modo que disfrutemos de unas cosas cuando somos jóvenes y de otras cuando somos viejos. De nada sirve aferrarse a los placeres de la juventud cuando el momento ha pasado. El que luche contra la naturaleza será vencido por ella, que es implacable. Por consiguiente, lo sabio y prudente es adaptarse a ella. Los ancianos tienen mucho que enseñar a los jóvenes. Gran parte de la sabiduría genuina solo se adquiere por medio de la experiencia. Para los mayores debe ser un placer y una obligación transmitir lo aprendido a los jóvenes dispuestos a escuchar. En contrapartida, estos también tienen mucho que ofrecerles, por ejemplo, el placer de su alegre compañía.

Si bien la vejez no implica necesariamente una vida sedentaria, hay que aceptar ciertas limitaciones. Un anciano de ochenta años no le va a ganar a un veinteañero en una carrera; pero, dentro de las restricciones que nos impone el cuerpo, aún es posible mantenerse activo físicamente. Además, son muchas las actividades que no precisan fuerza física y que se pueden realizar, desde el estudio o la escritura, por ejemplo, hasta aportar consejo y sabiduría a la comunidad en la que se vive. Para don Marco Tulio la mente es un músculo que nunca hay que dejar de ejercitar. Esto hace que el protagonista del diálogo se inicie en el estudio de la literatura griega en su vejez y haga un meticuloso examen de conciencia diario antes de irse a dormir cada noche. El ejercicio de la mente es fundamental a medida que envejecemos.

Los ancianos deben estar dispuestos a defenderse. O, en palabras del maestro, “solo son dignos de respeto los ancianos que se defienden de sí mismos, protegen sus derechos, no se doblegan ante nadie y gobiernan lo suyo hasta su último aliento”. La conclusión es que “el final de la vida no tiene por qué ser una época de pasividad”. O de entrega, que es más o menos lo mismo.

En fin, como diría el sabio español don Benito Pérez Galdós, “cultiva tu huerto que lo demás se da por añadidura”. Así pues, el célebre romano dedica un largo capítulo a los placeres de la agricultura. La lección que de allí se extrae es muy valiosa: encontrar una actividad que proporcione gozo verdadero también es fundamental para la felicidad de los ancianos. El plantar patatas o el cuidado del jardín no apasionan a todo el mundo, pero no viene mal dedicar un tiempo a lo que nos de placer. A pelearla entonces y que lo bueno siga siendo posible.

Tampoco se debe temer a la inapelable y común muerte. Para Cicerón ese definitivo instante marca el fin de la conciencia humana o el principio de la vida eterna según la fe o la falta de ella. Sea o no verdad, la vida es como una obra de teatro. Un buen actor sabe cuándo abandonar la escena. Aferrarse desesperadamente a un acto que se acerca a su fin es tan inútil como insensato. Desde la Edad Media, son muchos quienes han encontrado inspiración y deleite en este breve tratado, que os invito a leer.

Otro sabio, acaso el moderno de los clásicos, don Michel de Montaigne afirmó que Cicerón le había dado el deseo de envejecer. John Adams, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, se complacía releyendo el diálogo con frecuencia durante sus últimos años y Benjamín Franklin quedó tan impresionado por la obra que la hizo traducir para ser publicada en Philadelphia hacia fines del siglo XVIII, lo que la convierte en una de las primeras obras clásicas publicadas en Estados Unidos. El mundo de hoy, obsesionado con la eterna juventud, necesita más que nunca de la sabiduría del eterno Cicerón.