Sucedió en Turín, un 3 de enero de 1889. Friedrich Nietzsche había salido de su casa, rumbo al centro de la ciudad. Por el camino, se encontró una escena que le sobrecogió, en la que un cochero maltrataba con su látigo a un caballo que, exhausto, se negaba a continuar la marcha. Sin dudarlo, el filósofo recriminó su actitud a aquel hombre y se acercó al equino, que había caído desplomado. Tras abrazar su cuello, rompió a llorar. Al parecer, musitó al oído del animal unas palabras imperceptibles para, después, quedar inconsciente. Su mente nunca volvió a ser la misma, iniciando su descenso a los infiernos de la demencia. Diez años sin hablar, hasta su muerte. Más allá de quienes encuentran en este episodio el inicio de su desequilibrio mental, otras voces sugieren que lo que hizo fue pedir perdón al cuadrúpedo en nombre de la humanidad, recriminando su injusto trato para con él. Sin ir más lejos, el checo Milán Kundera retoma este episodio en su celebérrima novela Nesnesitelná lehkost bytí (“La insoportable levedad del ser”, 1984), donde podemos leer: “Esto sucedió [...] cuando Nietzsche se había alejado ya de la gente. Dicho de otro modo: fue precisamente entonces cuando apareció su enfermedad mental. Pero precisamente por eso me parece que su gesto tiene un sentido más amplio. Nietzsche fue a pedirle disculpas al caballo por Descartes. Su locura (es decir, su ruptura con la humanidad) empieza en el momento en que llora por el caballo”. 27 años después, los cineastas húngaros Béla Tarr y Ágnes Hranitzky realizan la película A Torinói ló (“El caballo de Turín”, 2011), que se inspira libremente en este episodio histórico, relatando la vida de este caballo, el cochero y su hija. ¡Cómo no recordar, entonces, la historia fílmica bressoniana de Au hasard Balthazar (“Al azar, Baltasar”, Robert Bresson, 1966), donde otro animal de cuatro patas es condenado por el ser humano a un destino doloroso! La figura del animal se convierte, por tanto, en objeto de meditación, de reflexión en torno a la condición humana. Nos hace pensar, “humanizándose” el animal y “animalizándose” el humano, por así decirlo. El cine cumple aquí, como vemos, una función no tanto aleccionadora como reflexiva, volviendo activo al espectador, manteniéndole vivo y partícipe de cuanto ve.
Otro caballo, el que Tarkovski empleó en su inmortal Andrei Rubliov —casualmente realizada en el mismo año que la de Bresson—, presenta de nuevo un escenario metafórico para el público. Aparece en un plano que, como bien explica Gustavo Fontán en su ensayo La casa del cineasta: un caballo con el lomo sobre la tierra (2019), escapa a la “lógica narrativa”. En él, un caballo “está con las patas hacia arriba, rascándose el lomo contra la tierra”. Se trata de un plano que “se desliga de la acción de la secuencia e irrumpe poderosamente en ese final”. Es una imagen que “está por fuera del devenir de los hechos”, inscribiéndose “en la estructura como una anomalía; pertenece a ella pero la extraña”. Un caballo que “nos mira” e “interroga”, surgiendo “ante nosotros con el poder de las revelaciones: no de las sentencias, sino de los interrogantes”. Es un acto poético, como la presencia pura del animal ya lo es también en sí; su irracionalidad conforma la imagen y ésta “nos mira”, rasgando “en un instante nuestro saber sobre el mundo”. Tarkovski sabía mucho de ello, así nos lo hizo saber en su poderoso texto Esculpir en el tiempo (1985). No en vano era hijo del poeta Arseni Aleksándrovich Tarkovski. Su lírica le impregnó y acompañó en su modo de ver el mundo y de representarlo. Porque el cine aúna a las otras artes que le preceden, incluída la literatura.
Tal vez sea igualmente la imagen del caballo, por contra de las que hemos visto, emblema de la libertad. Cuando obedece a su naturaleza sin cortapisas y galopa, a imagen del caballo “cuatralbo”, “jinete del pueblo” descrito por Rafael Alberti en su poema, porque la tierra es suya. Un caballo que en su pureza podemos imaginar de color blanco, doblegando ese color inmaculado al figurar ante un fondo del mismo color, en un recuerdo inevitable al pictórico blanco sobre blanco malevichiano. La escritura, por contra, será negro sobre blanco, pero poseerá idéntica fuerza y libertad que la de ese caballo, como muy sabiamente nos ha demostrado Cris Sánchez Botella —o, como firma, “Crista S. B.— en su reciente libro Poemas para un Viaje. Editado por Círculo Rojo, es toda una declaración de intenciones de poesía, cine y de las demás artes, incluyendo la pintura o la fotografía. Su diseño —realizado expresamente por su autora— lo convierte en un auténtico libro de artista. Por él desfilan imágenes fotográficas y dibujísticas que, del mismo modo que la del caballo de Tarkovski, nos miran y nos preguntan, cohabitando con poemas, ensayos, citas y pedazos reflexivos.
En el inicio del texto ideado en torno a este libro para la revista Ángulo muerto MMXXI, Joaquín Albaicín nos trae una reflexión de Antón Chéjov que viene muy al caso: “el escritor no debe contar la vida tal como esta es ni tampoco como él crea que debería ser, sino como su alma la contempla en sus sueños”. Albaicín amplía esta mirada “a todo actor o figurante del teatro del mundo”. En este contexto sitúa a Sánchez Botella, a la que define como “mujer tanto de plató como de letras, además de espíritu” —o eso sugieren sus redes sociales— suspirante siempre por las auras paseantes por el mundo onírico”. No tengo ninguna duda de que así es. Si algo bueno tienen las redes sociales bien utilizadas es la oportunidad que brindan para conocer a personas interesantes que, de otra manera, habría resultado complicado descubrir. Así, estas plataformas han conseguido que, en mi camino, aparezcan personalidades extraordinarias como la propia Sánchez Botella o el también citado Albaicín. Y, claro, la experiencia que ello me ha dado me permite confirmar este retrato o descripción sobre la poeta realizado por Joaquín. Cabe decir que, más allá del escenario virtual, estas redes permiten que tengan lugar los encuentros físicos, como así me sucedió con Cris, a la que he conocí en persona y de la que aseguro que su cercanía y calidez es idéntica a la que generosamente entrega en conversaciones con ordenadores o móviles de por medio. Nuestra amistad, ya extensa en el tiempo, me hizo partícipe del proceso creativo de este trabajo. Tanto incluso, que ella misma me pidió un texto sobre poética y cine y un dibujo —un retrato, nada más y nada menos, que de Manuel Gutiérrez Aragón (quien también me honra con su amistad)—, propuesta a la que rápidamente accedí. Ahora, me siento muy afortunado de formar parte de este camino literario como “compañero de viaje” de la escritora.
La poderosa llama de la ilusión y el entusiasmo palpita en Cris Sánchez Botella, a través de sus palabras sueltas en el aire o atrapadas en sus textos. Poemas que, como ella indica como su apunte biográfico, ha escrito a lo largo de toda su vida: “Desde muy joven, me han acompañado mis cuadernos de poesía. He escrito siempre, en todos los momentos de mi vida, ejerciera la profesión que ejerciera. De ahí nacen estos poemas, de mis viajes vitales”. Como dice Miguel Ángel Gómez en el prólogo, se trata de “necesitar la poesía día a día”, hablando con ella de “cosas mundanas y extrahumanas de forma meditabunda y temblorosa”. Un pulso que se siente ya en la niñez, cuando la persona sensible lleva aparejada inevitablemente una mirada diferente hacia las cosas que le hace gozar pero también sufrir. “Es conocido que los niños enfermizos desarrollan mucho la imaginación”, dice Sánchez botella refiriéndose a sí misma. Esta hará de compañera en la soledad del individuo solitario e incomprendido —triste y paradójicamente debido a su sensibilidad— y, a su vez, la imaginación se verá vertida para los demás en forma de textos líricos. Esa poética será —en palabras de la autora— a su vez compañera: “un animal fiel, un potro nocturno que relincha palabras”. Su maleta se encontrará provista de todas aquellas presencias que se ha ido encontrando en el viaje –físicas, humanas, presentes, ausentes, siempre vivas—. podremos ver su contenido en numerosas ocasiones, descrito de forma magistral. Dejémonos llevar por esta invitación al sueño, dispuesta para toda persona que “espera con deseo” y “no hiere el paisaje”.